India

El cielo y el infierno en Amritsar

Abandonamos pronto el hotel para comprar el billete de tren de nuestro destino de mañana. Después, con el plan ya fijado, nos alojamos en otro hotel en el centro de la ciudad, cerca del Templo Dorado. Este hotel es mas humilde que el anterior, pero ya hemos decidido que según progresase el viaje irí­amos conteniendo el gasto y bajando de categorí­a.

El trayecto desde la estacion al centro es solo un kilómetro a traves del centro de la ciudad. Es pronto y ya aprieta el calor. No hay palabras para describir el centro de Amritsar, mugriento se queda corto. El olor a detritus lo invade todo. Las basuras se acumulan, las alcantarillas son acequias que fluyen descubiertas. Perros sarnosos se pelean por las calles. Gente paupérrima pide limosna o simplemente deja pasar el tiempo. Leprosos, mutilados, niños abandonados llenan las calles. Los establecimientos de comida son repugnantes.

Nos acomodamos y salimos a visitar el Templo, a solo 5 minutos.

El templo es un universo aparte dentro de la ciudad. Acoge a miles de peregrinos diariamente en su recinto de color blanco inmaculado, con el templo dorado propiamente dicho en el centro. Un joven sikh me pregunta si necesito algo o tengo alguna duda. Todo esta perfectamente organizado según la proverbial eficiencia Sikh. Nos descalzamos y nos cubrimos la cabeza. Antes de entrar hay que lavarse los pies y las manos.

No hay mas occidentales que nosotros y llamamos mucho la atención, sobre todo Cristina que tiene la piel mas blanca. Recorremos el recinto hasta la pasarela que conduce al templo, en el centro del estanque. Alli los fieles compran un plato con una especie de masa de pan, y con el en mano se dirigen al templo. A la entrada unos senores recogen los platos y vierten la masa de pan en grandes cuencos que se llevan de nuevo a la entrada. Mas tarde veremos como los fieles comulgan al salir de esos grandes cuencos en los que se han juntado las ofrendas de todos ellos. Suponemos que es un rito de comunión comunitaria si se me permite la redundancia. Los Sikhs hacen mucho hincapié en la igualdad de las personas como vereis.

Entramos en el templo, alli unos sacerdotes leen continuamente las escrituras de los 10 gurus sikhs, que se oyen en altavoces por todo el recinto. Los fieles se arrodillan y dejan sus donativos en forma de lluvia de billetes. Un sacerdote no cesa de recogerlos a paladas y usa la pala para introducirlos por una ranura en una gran urna. Son los fondos con los que se financia el Templo. Nadie permanece mucho tiempo para dejar paso a los que llegan, y se realiza un recorrido por las diversas estancias del templo que rodean la estancia central. Algunas personas sentadas siguen los salmos leyendo un libro. Salimos de nuevo por la pasarela y presenciamos el rito de la comunión a la salida.

El calor aprieta y nos refugiamos en los soportales de un lateral junto con muchas personas que descansan o se echan la siesta. Nuestras cámaras llaman mucho la atención y las usamos para trabar contacto. Hacemos fotos a la gente y luego se las enseñamos, lo que les maravilla. La mayorí­a son muy majos, todos ellos son peregrinos que han venido de otras partes de la India, en muchos casos de pueblecitos en los que solo han visto a occidentales en la TV, de ahi la expectación que creamos. Poco a poco la gente se nos va acercando a curiosear y preguntarnos cosas, como de donde somos o si estamos casados, decimos que si. Y el matrimonio fue por amor o concertado? Ahí­ nos han pillado. Hacemos muchas fotos y nos lo pasamos en grande con la gente que desborda calidez.

Cada vez hay mas gente y la cosa se va un poco de madre hasta que un sacerdote alarmado por la distracción impí­a nos dispersa con grandes ademanes.

Salimos del templo y visitamos el solar donde se produjo la matanza a manos de los ingleses que se retrata en la pelí­cula Gandhi. En ella mas de 2.000 indios fueron asesinados a tiros por manifestarse pací­ficamente contra una ley inglesa que permití­a la cárcel sin juicio para los indios, y que fue uno de los detonantes del movimiento por la independencia. Ahora el solar es un fresco jardí­n consagrado a la memoria de los muertos. El jardí­n es junto con el tempo, un oasis en medio de la pestilente ciudad de Amritsar. Nos refugiamos a la sombra porque el calor es sofocante, hace mas de 45 grados y cada bocanada es como respirar en un horno. Congeniamos con una familia de peregrinos.

Volvemos al hotel a descansar y reponer fuerzas mientras se pasa la tarde y refresca un poco para volver al templo al atardecer.

De nuevo en el templo nos sentamos junto al estanque mientras se pone el sol tras el Templo Dorado. Nos hacemos unas fotos con el edificio de fondo y una voz nos dice 'No den la espalda al templo'. Es un joven sikh cuya familia esta sentada junto a nosotros y que a pesar de la reprimenda nos sonrí­e. Nos hace muchas preguntas y nos cuenta cosas, hace voluntariado en el templo durante una semana y viene de la provincia de Haryana. Su prima, muy simpática también nos hace preguntas. Tienen menos de 18 anos y nos cuentan que su ilusión es ir a Europa y Australia. Les invito a venir a España y les doy mi dirección.

Están entusiasmados con nosotros y nosotros con ellos. Me enseñan a decir 'eres muy bonita' en hindu y se sonrojan cuando se lo digo a Cristina, a ella le enseñan a decir y 'tu también'. De repente cesan los cánticos y el chaval nos indica que tenemos que levantarnos y rezar juntando las manos, lo que simulamos hacer. Tras los rezos volvemos a sentarnos y seguimos charlando. Nos hacen prometer que si volvemos a la India les visitaremos en su ciudad. Nos despedimos y vemos otra parte del templo.

Al salir vienen a vernos nuestros amigos y nos presentan a sus madres, que son hermanas. Muy carinosos, nos hacen volver a prometerles que les visitaremos si volvemos a la India. Que majos!

Al volver al hotel vemos a una anciana senora, pobre de solemnidad, que duerme en un somier en la calle frente a unos sucisimos banos publicos y junto a un desbordado y pestilente contenedor de basura. La hemos visto cocinar dentro del bano y se hace cargo de tres ninos muy pequenos, vestidos con harapos, que duermen con ella en la en el somier. No pueden ser sus hijos, parece que se haya hecho cargo de ellos. Cristina le da 500 rupias, que la senora sorprendida agradece juntando las manos.

Damos una vuelta por la ciudad y cenamos una pizza y un arroz con fideos en un sitio medio correcto. Convenimos en que la ciudad es horrible, un infierno. A mi me duele la cabeza de una forma que no me ha dolido nunca y sospecho que es por la terrible contaminación De repente se va la luz en toda la ciudad y solo quedan los faros de los vehiculos como unica iluminación. Volvemos al hotel deseando salir cuanto antes de la ciudad. Intentamos dormir pero Cristina no deja de acordarse de la senora y los ninos.

Delhi - Amritsar

La falta de tiempo y de infraestructura me obligan a reducir la ambición de este blog. Los dí­as escritos se acumulan en mi ordenador sin que pueda publicarlos. No cejo en mi empeño de todas formas.

Nos levantamos tarde y desayunamos estupendamente en la terraza, después dedicamos el tiempo a recorrer el barrio: New Rajinder Najar. Que es bastante apanado y esta habitado por indios de clase media. Con sus luces y sus sombras resulta bastante agradable y esta lleno de ardillas.

Salimos a la avenida principal y vemos un grupo de gente que monta revuelo en la calle. Un grupo de Sikhs reparte comida en el barrio. Han montado una cocina improvisada y reparten garbanzos y pan en platitos de usar y tirar hechos con hojas de árbol prensadas. Gente de toda condición, hace cola para recibir su ración. Cuando nos ven, uno de ellos nos ofrece, entusiasta, dos platos. Dudamos un poco, y aceptamos. Esta bastante bueno a pesar del aspecto. La gente nos mira con curiosidad y sonrí­e. Me acerco a uno de los Sikhs y le pregunto sobre esto. Me cuenta que lo hacen dos veces por año. Los Sikhs creen en la igualdad de todas las personas y reparten comida para simbolizar igualdad, solidaridad y humildad. Les encanta vernos comer ya que nuestra diferencia hace mas relevante su ofrecimiento. Tengo que decir también que son muy majos. Me caen bien los Sikhs. Nos ofrecen el segundo plato, una curry con arroz, pero declinamos la oferta, no hay tanta hambre.

Volvemos a la pensión y recogemos las cosas. Tenemos que ir a la estación de New Delhi para tomar un tren con destino a Amritsar, la ciudad sagrada de los Sikhs.

La estación de New Delhi es hedionda. Nos cuesta un poco encontrar nuestro vagón, pero lo hacemos con la ayuda de una amabilí­sima joven que nos acompaña. Viajamos en clase EC (Executive Class) de la que solo hay un vagón, el resto es de clase Air Conditioned. Subimos al vagón con los ricos y adivinen... Están todos gordos, gordí­simos: Ellos, ellas y sus retoños. Definitivamente el estatus en la India se mide por el diámetro de la barriga. Uno de nuestros obesos acompañantes ha subido al vagón acompañado de un militar que le llevaba el maletí­n, y que se ha bajado antes de partir. Privilegios de alto funcionario, se dirí­a.

Las nuestras panzas crecen también, ya que durante el trayecto de seis horas nos sirven tres veces la comida, con la posibilidad de elegir menú. Cristina duerme y yo aprovecho para escribir sobre los últimos dí­as. Aunque viajamos en la clase mas alta, el vagón no esta todo lo limpio que seria deseable.

Llegamos a Amritsar donde somos recogidos por el taxi del hotel, que se encuentra en las afueras de la ciudad. Un hotel simplemente correcto en el que no funciona Internet, con lo que hoy tampoco puedo actualizar el blog, y nos cuesta dormir por el ruido.

Visita al Taj Majal

Ummm... solo hemos dormido unas tres horas y nos levantamos muy pronto para hacer las maletas y dejar el hotel. Hemos reservado un coche con conductor para llevarnos a Agra, a unos 200km de Delhi, donde se encuentra el Taj Mahal, visita obligada de cualquier turista. A Cristina le hace mas ilusión que a mi. Yo preferirí­a salir zumbando hacia el norte cuanto antes para escapar del calor agobiante de las tierras bajas.

Nada mas salir pasamos junto al moderno templo de la fe Baha’hi, religión que me suena vagamente. Esta inspirado en la opera de Sydney y tiene la forma de una flor de loto abriéndose. Al parecer, atrae a millones de peregrinos de todo el mundo.

Avanzamos muy despacio por la autoví­a al abandonar Delhi. Los suburbios y el atasco se prolongan durante unos 30 kilometros. Junto al asfalto proliferan pequeños establecimientos que venden de todo, o hacen reparaciones. Mucha gente va en bicicleta o camina por el arcén a esta hora de la mañana. Las calles que desembocan en la autoví­a son inmundas, llenas de basura y grandes charcos.

Tardamos en abandonar las zonas comerciales/industriales y salimos a zonas agrarias. El relieve es absolutamente plano y los campos están salpicados de numerosos árboles. El color verde domina la vista. Cultivos de arroz se alternan con canales, plantaciones de caña y pequeños pueblos, cada uno con su montón de basura y su charca. En la distancia se observan las chimeneas de los hornos de carbón en los que se cuece el ladrillo, que luego se transporta en tractores, burros o camellos.

La ví­a del tren transcurre paralela a la carretera y soporta numeroso trafico. El conductor para en un motel con la esperanza de que gastemos algo y llevarse una comisión. Preferimos quedarnos fuera para hacer unas fotos y damos unas rupias a unos niños, que corren a llevar el premio a sus mayores, agricultores. Convenimos en que la gente del campo se ve mucho mas saludable que la de la ciudad.

Otra vez en marcha, nuestra velocidad rara vez supera los 60 km hora. La autopista esta llena de vacas, borricos, camellos, carros, motocarros, autobuses y camiones marca TATA. La gente cruza por todas partes y los vehí­culos se incorporan sin mirar. De cuando en cuando, encontramos una moto o un camión que viene en dirección contraria. Gracias a la baja velocidad y al uso masivo de la bocina, todos los agentes implicados se sortean unos a otros de forma orgánica.

Llegamos a Agra, el conductor nos deja en un parking barriobajero, donde tengo que visitar el excusado. Puaj! Puaj! No he toreado en peores plazas, pero salgo airoso. Los coches no están autorizados a pasar de este punto, y hay que optar por un carro o un rickshaw a pedales, optamos por este ultimo y nos conduce y pedalea un hombre muy flaco y pobre. Muy majo también. Nos deja en la puerta de entrada al complejo del Taj y se queda esperándonos.

Sacamos la entrada al precio para extranjeros de 750 rupias (unos 13 euros) por barba, 20 veces lo que pagan los ciudadanos indios. Aquí­ extranjero es sinónimo de persona con recursos a quien explotar. Mal enfoque, si quieren que vengan más.

Se nos adjunta un guí­a que nos lo va a explicar todo. En la entrada hay unos jardines rodeados de las estancias porticadas en las que pernoctaban los viajeros de la época originaria del Taj. Después una puerta monumental coronada por 22 cúpulas, en referencia a los 22 años que tardo en construirse. Tras ella se abren los jardines que conducen al Taj, nos hacemos las tí­picas fotos. No hay mucha gente debido al calor, la mayorí­a son familias indias.

Nos acercamos. La belleza del Taj es abrumadora cuando se contempla en vivo. Monumental y delicado a la vez, de una blancura prí­stina, perfecto. Las inscripciones y motivos florales que cubren la superficie de mármol no son pinturas, sino incrustaciones de ónice, lapislázuli y jade. Las elaboradas rejas del interior están talladas de una pieza en enormes losas de mármol. Se comprende que considere una de las 7 maravillas del mundo y hace que esta visita se convierta en unos de los mejores momentos del viaje. Cristina y yo nos sentamos en un banco a la sombra frente al Taj hacemos fotos y disfrutamos de la vista.

Dejamos el Taj a traves de los suburbios de Agra.

Después del Taj visitamos la fortaleza de Agra, a unos 10 km, no esperamos mucho después del precedente, sin embargo esta masiva fortaleza que fue capital del imperio mongol en la India también merece la pena. Pasamos un par de horas deambulando por las estancias de la corte y vemos a los operarios en sus labores de restauración.

Disfruto tanto del dí­a, que soporto el calor sin rechistar, pero Lorenzo se despacha a gusto y al final se me impone. Volvamos!

Volvemos a Delhi, lo que nos toma cuatro horas de viaje por la ajetreada autoví­a.

Nos registramos a la pensión en la que nos albergamos por esta noche. Muy cuca, atendida por una damita hindú que nos prepara una cena vegetariana. Un templito hindú en la puerta vigila nuestro sueño.

Delhi a fondo

Hoy hemos pasado gran parte de la mañana planeando nuestros próximos pasos. Hemos tomado un taxi con la intención de ir a Connaught place, sin embargo a medio camino, le pedimos al taxista que nos deje en India Gate, un paseo ajardinado creado por los ingleses a la imagen de los existentes en Londres.

Nos internamos por una calle arbolada en la que gente paupérrima ofrece dátiles a los automovilistas mientras sus niños duermen en la acera sobre cartones. La escena nos conmueve. En la misma calle encontramos la fortificada sede de uno de los principales partidos politicos indios.

Llegando a la zona comercial de Janpath y Connaught Place encontramos hoy si abiertos numerosos comercios que venden desde ropa a antigí¼edades. Los comerciantes nos salen al paso y encontramos alguna cosa de interés, pero no compramos nada porque tendrí­amos que llevarlo a cuestas todo el viaje. El acoso se incrementa y nos rodea una nube de moscones. Estamos desarrollando una cierta tolerancia hacia el asunto y somos corteses en nuestras negativas.

Una vez en Connaught place me tienden una de las trampas de las que habí­amos sido advertidos. Al pasar por un concurrido paso subterráneo un limpiador de zapatos me sale al paso y me dice 'your shoes, sir, are dirty', bajo la vista y encuentro un alucinante ejemplo de deposito fecal. Me vuelvo y esta vez si que me cabreo de verdad, poniendo en fuga al coprofilo/timador. Es de las pocas veces que me han logrado cabrear de verdad. Luego apaño el asunto con plantas y hierbas del parque.

El episodio me ha encendido y eso combinado con los cuarenta y muchos grados de temperatura me hacen alcanzar mi punto de fusión. Buscamos un lugar fresco donde beber algo. Un francés asentado en Delhi que ocupa una mesa adyacente nos recomienda tomar una cerveza determinada. Esta muy rica y contiene poca parafina, dice. Así­ que pido una de esas mientras Cristina me mira raro. Que pasa? Cristina habí­a entendido que el francés me la recomendaba por tener pocos parásitos. Una vez recuperado el equilibrio térmico proseguimos el paseo con dirección a los bazares cercanos a la estación de ferrocarril de New Delhi.

Entramos en el bazar por la calle principal que esta llena de comercios, puestos de comida, hoteles baratos, talleres... por ella deambulan paseantes, carros motos y por primera vez vemos las famosas vacas sagradas. El lugar, que rezuma actividad, apesta. Las aguas fecales discurren en superficie y la basura junto con las cacas de las vacas fermentan con las altas temperaturas sin que nadie la recoja. Entre todo esto, los comerciantes venden, y la gente trabaja, come y ve pasar la vida.

Caminamos, entre la gente con la boca cerrada y respirando por la nariz para no ingerir el polvo que se levanta al paso de los vehí­culos y que seguro contiene toda clase de miasmas. Por primera vez en el viaje vemos aquí­ a bastantes chavales y chavalas occidentales de tipo jipi con rastas. Se les ve integrados, hablando con los lugareños y almorzando en los puestos de comida. Esto nos impacta profundamente. Nos interrogamos sobre por que un chaval de Oklahoma, Manchester o Logroño puede encontrarse a gusto en un lugar como este, especulamos algunas razones, ninguna buena.

Cuando llegamos al final de la calle ya no nos queda ninguna gana de seguir explorando el bazar. Prueba superada, bonus points si no nos da una conjuntivitis o algo peor.

Tomamos un auto rickshaw y le pedimos que nos lleve a la Hama Mashid, la gran mezquita situada en el corazón de Old Delhi. Por el camino, nuestro conductor y su ángel de la guarda se emplean a fondo para sortear los enjambres de conductores irresponsables. La calle de acceso a la mezquita nos obsequia con la visión de las mas repugnantes carnicerí­as y pescaderí­as que he visto en mi vida. Esto supera todas mis referencias. No hay fotos porque serian bastante desagradables.

En la entrada de la mezquita hay un control de policí­a con arcos detectores de metales y a Cristina le revisan el bolso. Existe temor a atentados de extremistas hindúes, que se dan de vez en cuando. Nos descalzamos, dejamos las botas en la entrada y accedemos al gran patio de la mezquita que tiene capacidad para albergar 25.000 fieles. El patio esta lleno de familias, la mayorí­a de las mujeres llevan el pelo ligeramente cubierto, aunque se ven unas pocas chiies cubiertas de arriba abajo por un negro chador.

Cristina espera en el patio y yo me adentro en el interior de la mezquita, allí­ solo hay hombres con aspecto de santidad, es decir, con grandes barbas blancas, leyendo el Coran o simplemente durmiendo la siesta. La visita a la mezquita merece la pena.

Recuperamos nuestras botas previo pago de unas rupias y salimos. Inmediatamente somos abordados de nuevo por los moscones y decidimos tomar un auto rickshaw inmediatamente con destino a nuestro hotel.

El humilde vehiculo, conducido por un señor flaquito y con barba blanca, se pelea los 15 kilómetros que nos separan del hotel. El vetusto cacharro se para y se cala lo menos veinte veces por el camino, y finalmente llegamos un tanto exhaustos al hotel. Inmediatamente nos duchamos y nos frotamos con Scotch Brite y Mister Proper cada centí­metro de piel y cabello. Las botas son también convenientemente higienizadas. No queremos souvenirs.

Cenamos en el restaurante del hotel, amenizado por un grupito de músicos. Mientras esperamos nos invitan a ver las cocinas, que usan hornos de carbón para cocinar (tandoor). Tres hornos a tres temperaturas diferentes según la necesidad. Nos enseñan como se cuece el pan en menos de un minuto en el horno a 500 grados y nos llevamos nuestro pan a la mesa. Cristina, que es tan panera esta entusiasmada. Cenamos de maravilla mientras fuera descarga el monzón, refrescando el ambiente.

Con los Sikhs en el Templo Dorado de Amritsar

Delhi un poco mas a fondo

Escasea el tiempo para escribir, asi que mientras tanto subo unas fotos.














Toma de contacto con Delhi

Despertamos tarde entre las suaves almohadas y las sabanas de hilo. Me encuentro un poco abotargado. Será el jet lag, o las pastillas de la malaria que me están afectando. Nos vestimos y bajamos a desayunar. El buffet, y yo he visto muchos, es impresionante. Las opciones son una mezcla entre desayuno ingles y comida india, mucha fruta y bollerí­a. De entre las numerosas opciones escojo... todo. Con el plato hasta arriba me pego un festí­n. Hay que tomar fuerzas para lo que nos pueda esperar. Hoy es dí­a de toma de contacto.

Tomamos un taxi a Connaught Place, el centro de Nueva Delhi, según la diseñaron los ingleses. Una serie de calles circulares concéntricas con portales de columnas, abarrotados de comercios. Primer timo del dí­a, nuestro taxista nos intenta enchufar en una agencia de viajes, del las que la guí­a recomienda esquivar: dan comisión al taxista y timan al turista. Le decimos que nos lleve un poco mas allá y que nos espere.

El calor aprieta y uno de cada dos indios nos pregunta si queremos ir a una agencia de viajes, tres de cada cuatro nos preguntan si necesitamos algo. Bastantes hombres lanzan miradas indiscretas a la anatomí­a de Cristina. Niños pequeños se ponen a nuestra altura para pedirnos dinero. Los rickshaws se paran con intención de ofrecernos sus servicios. Con nuestra pinta de guiris con mochila y planito en mano somos un blanco evidente. Es domingo y hay poca gente además de nosotros en esta zona, decidimos abandonarla enseguida. Cristina nos saca preguntando direcciones a las mujeres, que nos resultan mas de fiar.

Encontramos a nuestro paciente taxista y le pedimos que nos lleve a Vieja Delhi, a unos 3 km. Nos dice que los taxis no pueden entrar en el barrio y que es una zona mala para que vayamos andando. Para en la entrada del barrio, nos contrata un rickshaw a pedales y nos espera aparcado en una calle.

Empujados por fuerza humana nos adentramos en Vieja Delhi, que en realidad fue fundada solo dos siglos antes que la nueva. La suciedad y el desorden es muy notable. Inicialmente me vienen recuerdos de los peores barrios de la habana, poco mas tarde veo que es bastante peor. Todo esta muy sucio y destartalado, la pobreza de mucha gente es mas que evidente. Las calles están dominadas por carros y vehí­culos de dos o tres ruedas a los sumo. El rickshaw a pedales es el vehiculo preferido del barrio.

Hace bastantes mas de 40 grados y el hombre que pedalea el rickshaw con nosotros a cuestas me da pena, le digo que paremos a descansar unos minutos, cosa que acepta sudoroso. Según la guí­a, los hombres que pedalean los rickshaws son de lo mas humilde de Delhi. Sin embargo, comparados con la gente tan pobre que se ve por estas calles, o con los niños abandonados, parecen ciudadanos de clase media. Los habitantes de Delhi, que en su mayorí­a no viajan en avión, no están gordos, sino bastante flacos, y comparados con nuestros compañeros del vuelo de ayer.

Recorremos arriba y abajo la calle de Chawni Chowk, la arteria central de Vieja Delhi, llena de comercios en los bajos de viejos edificios vetustos enmarañados de cables y tapizados de carteles. Todo bañado por un sol de justicia que se nos clava en la piel. Son las cuatro de la tarde.

El cielo de Delhi esta poblado de grandes aves oscuras que parecen águilas, y yo me fundo del calor. Mi piel adopta un tono carmesí­ poco natural. Llevo un sombrerito para evitar que mi frente se ase con los rayos del sol, sin embargo, con el puesto las ideas se me cuecen. Sudo a chorros. Mi termómetro personal se acerca a la lí­nea roja de no retorno. Cristina, a la que el calor no afecta porque es de teflón, decide que mas vale un novio de Logroño vivo que un diez millones de habitantes de Delhi desconocidos y me saca de allí­ cuando yo ya empezaba a tener alucinaciones.

Volvemos al hotel y nos metemos en la piscina, ahhh. El hotel no solo es un refugio de turistas y hombres de negocios (mujeres de negocios no se ven), también es punto de reunión de la alta sociedad de Delhi, que acude aquí­ para ir al gimnasio, recibir un masaje, enseñar a los hijos a nadar, tomar una copa... Los carteles interrogan: Do you do live the InterContinental way? En la piscina del hotel solo se bañan las extranjeras, las mujeres indias esperan vestidas a sus maridos en la tumbona, y mientras ellos no quitan ojo de las partes cubiertas y descubiertas de las foráneas. Hacemos unos largos y nos entretenemos mirando como el salvavidas enseña a nadar a una niñita mientras su madre la anima envuelta en un sari.

Decidimos cenar en un restaurante situado en un parque que esta especializado en cocina afgana, aunque a mi todo me sabe parecido, la verdad, muy picante. Unos afganos con unos sombreritos muy graciosos tocan un tambor y una especie de balalaika mientras cenamos, muy simpáticos ellos y un ladrillo de música la suya. A nuestro lado familias indias de clase media se despachan a gusto y nosotros hacemos lo propio. Cristina devora un curri de pollo muy poco picante de acuerdo a sus instrucciones y yo cabrito adobado en tandoori con cebolla. Probamos dos vinos tintos indios, el primero, nos encanta. Tengo que encontrar en nombre, que he olvidado.

Ha refrescado y el taxista nos devuelve al hotel ya a media noche. Cristina se desmaya en la cama, yo saco tiempo para escribir sobre los dos últimos dí­as. Yo ya no concibo viajar si escribir un diario.

Logroño - Delhi

Que sueño! Salimos de Logroño a las 5 de la mañana. Mi padre, que majo, nos lleva al aeropuerto de Bilbao en su enorme automóvil, llegamos en menos de una hora y embarcamos sin novedad. Una vez en el avión, nos dicen que vamos a despegar con media hora de retraso, lo que en teorí­a quiere decir que lo tenemos difí­cil para hacer el trasbordo en Paris. Ya lo apañaremos de alguna forma, ahora el problema de llevarnos a Delhi es de Air France. El piloto, en un ingles de Inspector Cluseau, nos dice que en Parí­s hay una temperatura de eighty (80) degrees C.

Amenizan el vuelo unos primates que gritan y se rí­en escandalosamente dos filas por delante nuestro, jurarí­a que les he oido decir algo de Logroño. Cristina dice que cree que son futboleros que van a Alemania a ver el Mundial, y tiene toda la pinta. Aterrizamos en Parí­s y no nos sacan del avión, nos empezamos a poner nerviosos por el retraso, la azafata en su ingles de 'petite fleur du champ' nos dice que esperamos a que llegue el ‘Pus’. Llega el Pus y nos lleva a la Terminal. Salimos corriendo para intentar tomar el vuelo, en teorí­a deberí­amos estar ya embarcando.

El aeropuerto Charles de Gaulle esta atestado, el desorden es africano, de camino a la Terminal 2A esquivamos gente y maletas, y corremos y corremos al lado de una interminable fila de gente. No, no puede ser que sea la cola del control de pasaportes, estarán regalando... no se... croissants. Pero lo es! Como va a llegar toda esa gente a sus vuelos, me pregunto. Enseñamos nuestros billetes ya casi caducados y nos cuelan, y luego nos colamos otra vez para los rayos X ante las protestas de un yankee (african american) que debí­a haber hecho la cola entera. Por primera vez en mi vida me hacen quitarme las botas y pasarlas por los rayos X, luego me cachean a fondo. Incroyable! Intolegable! Mas carreras. No encontramos la puerta 52, pero escuchamos una voz que dice: ¿Delhi? Hemos llegado a tiempo! El finger nos introduce en las entrañas del Boeing 777 que despega tarde porque muchos pasajeros no pueden embarcar a tiempo.

El vuelo en la ballena blanca se hace llevadero. Una pantalla ante cada asiento tiene ofrece una variedad de opciones, escojo el mapa del GPS que nos muestra la ruta del avión. Sobrevolamos Alemania, Austria, Eslovaquia... Sirven la comida. Cristina opta por la comida india, yo por la francesa, muy bueno todo. Nos fijamos en que los indios que vienen en el avión están todos gordos, tanto ellos como ellas. Destaca el ejemplar sentado delante nuestro: enorme, redondo, peludo, cubierto de oro y con los dedos gruesos como longanizas. El Yeti. Cuando se acomoda en su sitio después de ir al baño, los asientos crujen hasta tres filas mas atrás. ¿Creen que exagero? Miren la fotografí­a.

Pasamos Rumania y duermo las siesta sobre el Mar Negro, cuando despierto hemos pasado Georgia y nos encontramos sobre Armenia. A mi lado, junto a la ventanilla hay una chica de unos 19 años, lee con avidez una guí­a de la India. Cristina hace lo mismo. Yo a la altura de Kazajstán no paro de mirar por la ventanilla, el paisaje es lunar, aquello de abajo es un lugar yermo, desertizado, no veo un solo árbol en mil kilómetros, y las ciudades o son de barro o están abandonadas. Se hace de noche cuando entramos en Afganistán. Madre mí­a los sitios que estamos sobrevolando, dan ganas de volver a pie. Al pasar la montañosa frontera con Pakistán recordamos a Osama Bin Laden, que se supone que se esconde mas o menos debajo nuestro.

Ya sobre la India, cruzo unas palabras con la chica a mi derecha, es suiza y me cuenta que viene a pasar un año a la India, a estudiar, me cuenta que siente una sensación extraña, entre emoción e incertidumbre al iniciar esa experiencia, le digo que conozco esa sensación por experiencia. Le doy nuestro contacto por si necesita algo durante las dos semanas que vamos a estar allí­. Es muy simpática.

Aterrizamos en Delhi y salimos del avión. El aeropuerto es de aire sesentero, funcional. Salimos rápido y sin problemas. El calor y la humedad se sienten al instante, pero no es grave, son las diez y media de la noche. Tomamos un taxi al hotel, y experimentamos el trafico indio. Parecido al de El Cairo, aunque mas fluido. Todo el mundo pita constantemente. Pocos coches tiene retrovisores, y el que los tiene los lleva plegados. Enjambres de motos, de triciclos de pedales (rickshaws), y de motocarros (auto-rickshaws). Los camiones son de colores, con letreros pintados a mano, los autobuses de colores también, y por las ventanas sin cristales cuelgan los brazos de algunos ocupantes intentando atrapar algo de fresco.

Logrando no colisionar con nadie, nuestro taxista nos deja frente al impresionante hotel, un tipo con turbante y pinta de maharaha, un sikh, no me deja tocar el equipaje, el se encarga. Una pequeña dama vestida de negro nos recibe y nos conduce del taxi directamente a la habitación, y allí­ nos toma los datos. Llegan las maletas, una ducha y a intentar dormir.

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