Delhi a fondo

Hoy hemos pasado gran parte de la mañana planeando nuestros próximos pasos. Hemos tomado un taxi con la intención de ir a Connaught place, sin embargo a medio camino, le pedimos al taxista que nos deje en India Gate, un paseo ajardinado creado por los ingleses a la imagen de los existentes en Londres.

Nos internamos por una calle arbolada en la que gente paupérrima ofrece dátiles a los automovilistas mientras sus niños duermen en la acera sobre cartones. La escena nos conmueve. En la misma calle encontramos la fortificada sede de uno de los principales partidos politicos indios.

Llegando a la zona comercial de Janpath y Connaught Place encontramos hoy si abiertos numerosos comercios que venden desde ropa a antigí¼edades. Los comerciantes nos salen al paso y encontramos alguna cosa de interés, pero no compramos nada porque tendrí­amos que llevarlo a cuestas todo el viaje. El acoso se incrementa y nos rodea una nube de moscones. Estamos desarrollando una cierta tolerancia hacia el asunto y somos corteses en nuestras negativas.

Una vez en Connaught place me tienden una de las trampas de las que habí­amos sido advertidos. Al pasar por un concurrido paso subterráneo un limpiador de zapatos me sale al paso y me dice 'your shoes, sir, are dirty', bajo la vista y encuentro un alucinante ejemplo de deposito fecal. Me vuelvo y esta vez si que me cabreo de verdad, poniendo en fuga al coprofilo/timador. Es de las pocas veces que me han logrado cabrear de verdad. Luego apaño el asunto con plantas y hierbas del parque.

El episodio me ha encendido y eso combinado con los cuarenta y muchos grados de temperatura me hacen alcanzar mi punto de fusión. Buscamos un lugar fresco donde beber algo. Un francés asentado en Delhi que ocupa una mesa adyacente nos recomienda tomar una cerveza determinada. Esta muy rica y contiene poca parafina, dice. Así­ que pido una de esas mientras Cristina me mira raro. Que pasa? Cristina habí­a entendido que el francés me la recomendaba por tener pocos parásitos. Una vez recuperado el equilibrio térmico proseguimos el paseo con dirección a los bazares cercanos a la estación de ferrocarril de New Delhi.

Entramos en el bazar por la calle principal que esta llena de comercios, puestos de comida, hoteles baratos, talleres... por ella deambulan paseantes, carros motos y por primera vez vemos las famosas vacas sagradas. El lugar, que rezuma actividad, apesta. Las aguas fecales discurren en superficie y la basura junto con las cacas de las vacas fermentan con las altas temperaturas sin que nadie la recoja. Entre todo esto, los comerciantes venden, y la gente trabaja, come y ve pasar la vida.

Caminamos, entre la gente con la boca cerrada y respirando por la nariz para no ingerir el polvo que se levanta al paso de los vehí­culos y que seguro contiene toda clase de miasmas. Por primera vez en el viaje vemos aquí­ a bastantes chavales y chavalas occidentales de tipo jipi con rastas. Se les ve integrados, hablando con los lugareños y almorzando en los puestos de comida. Esto nos impacta profundamente. Nos interrogamos sobre por que un chaval de Oklahoma, Manchester o Logroño puede encontrarse a gusto en un lugar como este, especulamos algunas razones, ninguna buena.

Cuando llegamos al final de la calle ya no nos queda ninguna gana de seguir explorando el bazar. Prueba superada, bonus points si no nos da una conjuntivitis o algo peor.

Tomamos un auto rickshaw y le pedimos que nos lleve a la Hama Mashid, la gran mezquita situada en el corazón de Old Delhi. Por el camino, nuestro conductor y su ángel de la guarda se emplean a fondo para sortear los enjambres de conductores irresponsables. La calle de acceso a la mezquita nos obsequia con la visión de las mas repugnantes carnicerí­as y pescaderí­as que he visto en mi vida. Esto supera todas mis referencias. No hay fotos porque serian bastante desagradables.

En la entrada de la mezquita hay un control de policí­a con arcos detectores de metales y a Cristina le revisan el bolso. Existe temor a atentados de extremistas hindúes, que se dan de vez en cuando. Nos descalzamos, dejamos las botas en la entrada y accedemos al gran patio de la mezquita que tiene capacidad para albergar 25.000 fieles. El patio esta lleno de familias, la mayorí­a de las mujeres llevan el pelo ligeramente cubierto, aunque se ven unas pocas chiies cubiertas de arriba abajo por un negro chador.

Cristina espera en el patio y yo me adentro en el interior de la mezquita, allí­ solo hay hombres con aspecto de santidad, es decir, con grandes barbas blancas, leyendo el Coran o simplemente durmiendo la siesta. La visita a la mezquita merece la pena.

Recuperamos nuestras botas previo pago de unas rupias y salimos. Inmediatamente somos abordados de nuevo por los moscones y decidimos tomar un auto rickshaw inmediatamente con destino a nuestro hotel.

El humilde vehiculo, conducido por un señor flaquito y con barba blanca, se pelea los 15 kilómetros que nos separan del hotel. El vetusto cacharro se para y se cala lo menos veinte veces por el camino, y finalmente llegamos un tanto exhaustos al hotel. Inmediatamente nos duchamos y nos frotamos con Scotch Brite y Mister Proper cada centí­metro de piel y cabello. Las botas son también convenientemente higienizadas. No queremos souvenirs.

Cenamos en el restaurante del hotel, amenizado por un grupito de músicos. Mientras esperamos nos invitan a ver las cocinas, que usan hornos de carbón para cocinar (tandoor). Tres hornos a tres temperaturas diferentes según la necesidad. Nos enseñan como se cuece el pan en menos de un minuto en el horno a 500 grados y nos llevamos nuestro pan a la mesa. Cristina, que es tan panera esta entusiasmada. Cenamos de maravilla mientras fuera descarga el monzón, refrescando el ambiente.