Logroño - Delhi

Que sueño! Salimos de Logroño a las 5 de la mañana. Mi padre, que majo, nos lleva al aeropuerto de Bilbao en su enorme automóvil, llegamos en menos de una hora y embarcamos sin novedad. Una vez en el avión, nos dicen que vamos a despegar con media hora de retraso, lo que en teorí­a quiere decir que lo tenemos difí­cil para hacer el trasbordo en Paris. Ya lo apañaremos de alguna forma, ahora el problema de llevarnos a Delhi es de Air France. El piloto, en un ingles de Inspector Cluseau, nos dice que en Parí­s hay una temperatura de eighty (80) degrees C.

Amenizan el vuelo unos primates que gritan y se rí­en escandalosamente dos filas por delante nuestro, jurarí­a que les he oido decir algo de Logroño. Cristina dice que cree que son futboleros que van a Alemania a ver el Mundial, y tiene toda la pinta. Aterrizamos en Parí­s y no nos sacan del avión, nos empezamos a poner nerviosos por el retraso, la azafata en su ingles de 'petite fleur du champ' nos dice que esperamos a que llegue el ‘Pus’. Llega el Pus y nos lleva a la Terminal. Salimos corriendo para intentar tomar el vuelo, en teorí­a deberí­amos estar ya embarcando.

El aeropuerto Charles de Gaulle esta atestado, el desorden es africano, de camino a la Terminal 2A esquivamos gente y maletas, y corremos y corremos al lado de una interminable fila de gente. No, no puede ser que sea la cola del control de pasaportes, estarán regalando... no se... croissants. Pero lo es! Como va a llegar toda esa gente a sus vuelos, me pregunto. Enseñamos nuestros billetes ya casi caducados y nos cuelan, y luego nos colamos otra vez para los rayos X ante las protestas de un yankee (african american) que debí­a haber hecho la cola entera. Por primera vez en mi vida me hacen quitarme las botas y pasarlas por los rayos X, luego me cachean a fondo. Incroyable! Intolegable! Mas carreras. No encontramos la puerta 52, pero escuchamos una voz que dice: ¿Delhi? Hemos llegado a tiempo! El finger nos introduce en las entrañas del Boeing 777 que despega tarde porque muchos pasajeros no pueden embarcar a tiempo.

El vuelo en la ballena blanca se hace llevadero. Una pantalla ante cada asiento tiene ofrece una variedad de opciones, escojo el mapa del GPS que nos muestra la ruta del avión. Sobrevolamos Alemania, Austria, Eslovaquia... Sirven la comida. Cristina opta por la comida india, yo por la francesa, muy bueno todo. Nos fijamos en que los indios que vienen en el avión están todos gordos, tanto ellos como ellas. Destaca el ejemplar sentado delante nuestro: enorme, redondo, peludo, cubierto de oro y con los dedos gruesos como longanizas. El Yeti. Cuando se acomoda en su sitio después de ir al baño, los asientos crujen hasta tres filas mas atrás. ¿Creen que exagero? Miren la fotografí­a.

Pasamos Rumania y duermo las siesta sobre el Mar Negro, cuando despierto hemos pasado Georgia y nos encontramos sobre Armenia. A mi lado, junto a la ventanilla hay una chica de unos 19 años, lee con avidez una guí­a de la India. Cristina hace lo mismo. Yo a la altura de Kazajstán no paro de mirar por la ventanilla, el paisaje es lunar, aquello de abajo es un lugar yermo, desertizado, no veo un solo árbol en mil kilómetros, y las ciudades o son de barro o están abandonadas. Se hace de noche cuando entramos en Afganistán. Madre mí­a los sitios que estamos sobrevolando, dan ganas de volver a pie. Al pasar la montañosa frontera con Pakistán recordamos a Osama Bin Laden, que se supone que se esconde mas o menos debajo nuestro.

Ya sobre la India, cruzo unas palabras con la chica a mi derecha, es suiza y me cuenta que viene a pasar un año a la India, a estudiar, me cuenta que siente una sensación extraña, entre emoción e incertidumbre al iniciar esa experiencia, le digo que conozco esa sensación por experiencia. Le doy nuestro contacto por si necesita algo durante las dos semanas que vamos a estar allí­. Es muy simpática.

Aterrizamos en Delhi y salimos del avión. El aeropuerto es de aire sesentero, funcional. Salimos rápido y sin problemas. El calor y la humedad se sienten al instante, pero no es grave, son las diez y media de la noche. Tomamos un taxi al hotel, y experimentamos el trafico indio. Parecido al de El Cairo, aunque mas fluido. Todo el mundo pita constantemente. Pocos coches tiene retrovisores, y el que los tiene los lleva plegados. Enjambres de motos, de triciclos de pedales (rickshaws), y de motocarros (auto-rickshaws). Los camiones son de colores, con letreros pintados a mano, los autobuses de colores también, y por las ventanas sin cristales cuelgan los brazos de algunos ocupantes intentando atrapar algo de fresco.

Logrando no colisionar con nadie, nuestro taxista nos deja frente al impresionante hotel, un tipo con turbante y pinta de maharaha, un sikh, no me deja tocar el equipaje, el se encarga. Una pequeña dama vestida de negro nos recibe y nos conduce del taxi directamente a la habitación, y allí­ nos toma los datos. Llegan las maletas, una ducha y a intentar dormir.