Me despierto temprano y me preparo mientras Cristina duerme. Desayunamos y decidimos ir a Silom Village, una zona de tiendas y restaurantes que nos han recomendado, decicimos ir en barco por el río. Caminamos hacia el río y por el camino encontramos mercados de puestos de comida. Los Tailandeses parecen comer a todas horas. Tomamos el barco, que es una versión tailandesa de un vaporetto veneciano que va parando en estaciones a ambos lados del río. Comentamos que en las orillas apenas hay nada que pueda considerarse bonito, aunque sí curioso a nuestros ojos de españoles: mercados, antiguos edificios de madera, muchas barcas y gabarras llevando mercancías. LLegamos a la estación y encontranmos el camino a Thanon Silom, la calle comercial que buscamos.
Una vez en Silom Village encontramos unas callejuelas porticadas con mutitud de tiendas de mercancías y souvenirs enfocadaos a turistas. Hay cosas muy bonitas a precios razonables: sedas, alfombras, cajitas hecjas a mano... pero no tenemos ganas de comprar cosas para acarrearlas dos semanas en la mochila. Encontramos un café donde nos sirven unos batidos de piña espectaculares y planeamos qué hacer esta noche, que es fin de año. Pasamos junto al hotel Sofitel y decidimos apuntarnos a una de sus cenas organizadas.
Después cogemos un tuc-tuc para visitar la cada de Jim Thompson, una institución en Tailandia. Este señor que fue jefe de la CIA en el país montó un negocio de exportación y promoción de la seda tailandesa por lo que se le guarda una gratitud eterna. Enamorado del país se hizo traer varias casas de campo tradicionales para montarse en medio de Bangkok una mansión de gusto exquisito adornada con antiguedades que reunió en sus viajes por el país. La vista merce la pena.
Después visitamos Erawan Shrine, un altar del dios Brahma erigido en una zona de centros comerciales que atrae una veneración espectacular. Hacemos una ofrenda de incienso y una guirnalda de flores para atraernos buena suerte en nuestro viaje. Los centros comerciasles de la zona son numerosos y espectaculares. No he visto una afición semajante por el consumismo. Nos entretenemos con la multitud que disfruta de los montajes promocionales. Cristina juega a hacer un anuncio de sopa en sobre. Agotados tomamos un taxi y vamos a nuestro hotel a descansar un rato.
Llegamos al hotel justo a tiempo para la cena, un buffet espléndido mezcla de cocina thai y europea. Cristina ha pedido mesa junto a la ventana y vemos los rascacielos del extremo sur de la ciudad. Pedimos el vino a la camarera, que resulta ser muy simpática, se llama Sarawalee. El festín se prolonga durante dos horas, yo me despacho a gusto, pero Cristina me saca ventaja con un saque extraordinario. Todo está buenísimo, y el vino, un Loire acompaña, brindamos por el año nuevo. Me fijo en que Sarawalee es una chica muy elegante mientras sirve la mesa de enfrente. Justo en ese momento se gira y me mira directamente, me caza, y los dos sonreimos. Cristina se sirve una montaña de postres variados, para después levantarse para repetir.
En ese momento, Sarawalee viene a hablar conmigo. Me pregunta de dónde somos, ella es del sur del país y hace unos años que vice en Bangkok, que no le gusta mucho. Estácontenta porque pronto irá a ver a su familia. Me pregunta si vamos a estar tiempo en Bangkok y si nos alojamos en el hotel. Para vese momento Cristina ya ha vualto a sentarse. Le digo que no nos alojamos en el hotel, que nos quedamos en un hotel en Khaosan, y por un muy breve instante se le demuda el rostro. No le encaja, y tiene sentido. Es humilde pero muy educada y Khaosan es un guetto que atrae a lo más tatauado del turismo occidental. Cómo explicarle que somos gente adaptable a un amplio espectro de situaciones, pero no hace falta, ya se dá cuenta.
A poco para las doce, nos despedimos y subimos al piso 37 donde hay bun bar muy pijo desde donde se divisa toda la ciudad. Dan las doce, bebemos champagne y vemos los fuegos artificiales que celebran el año nuevo. Entramos en el 2010 seis horas antes que los españoles. Hablando de lo cual, nos llama la atención una mesa en la que pasan la velada un hombre de unos 60 años y tres jóvenes vestidos con pantalones claros, camisas a rayas y náuticos. Tienen que ser pijos españoles. Ellos no lo sospechan, piensan que su elegancia tiene un aire inglés, pero no es así, son inconfundibles en cualquier lugar del mundo. Me acerco a ellos y les pregunto. Efectivamente son españoles, no nos equivocamos. Han decicido hacer un viaje sólo para hombres y se aburren como ostras.
Decidimos dejar la fiesta y buscar emociones más fuertes en Patpong. Encontramos Silom 2, una calle de ambiente definitivamente gay, nos acomodamos en una terraza y pruebo un MaiTai, que no está mal. Una multitud abarrota la calle, y del bar de al lado sale un chico absolutamente desnudo que hace que la fiesta suba unos cuantos grados en toda la calle, gritos, aplausos, fotos. Bajamos un par de calles más y encontramos Patpong propiamente dicho, la mayor concentración de prostitución en Bangkok. Mucha gente, música, neones. En el interior de muchos bares, y al a vista desde la calle las chicas bailan en ropa interior sobre las barras. Otras mujeres se ofrecen en la calle un poco más vestidas. Hombre maduros occidentales disfrutan abiertamente con chicas más guapas de lo que pueden permitirse en sus paises de origen. Hombres de todos los lugares y edades también. Hay parejas deshinibidas que simplemente se divierten.
El ambiente es sórdido, pero también divertido y con un punto de desparpajo. Nos acomodamos en un bar abierto a la calle que ofrece música muy buena en directo. Más copas. Niños venden flores a los clientes de los bares mientras sus madres hacen otro tipo de transacciones. Una anciana muy cachonda vende tabaco y toca el culo de los clientes causando la hilaridad del personal, mientras ella se lo pasa en grande.
Voy al baño, y cuando me lavo un hombre me pasa una toalla caliente que saca de una cazuela, me limpio con ella y me hace una señal, que entiendo y le digo OK. Se pone detrás mío, me abraza y me levanta en el aire, me suenan las tabas de cada vértebra. Después me gira el cuello enérgicamente a cada lado, y cada vez hace crac. Me levanta los dos brazos por encima de la cabeza y en un golpe seco también me crujen levemente los hombros. Servicio completo y totalmente inesperado. Como nuevo, vuelvo a la mesa muriéndome de la risa. ¿Patpong. Vaya lugar!
A las cuatro de la mañana el ambiente ya ha decaído un poco y decidimos volver en taxi a Khaosan, donde la marcha continúa sin descanso. Cristina camina unos metros por detrás mío y una chica muy guapa con aspecto cansado me hace una invitación, que rechazo con una sonrisa. Tomamos una cerveza en en una terraza repleta de anglosajones sonrosados por el sol y el alcohol. A las cinco decidimos dar el día por terminado y descansar por fin.