El paso del control de pasaportes está criminalmente desorganizado, y nos cuesta una más de una hora salir del aeropuerto. Un simpático taxista nos lleva al centro por autopistas despejadas, no hay cinturón de seguridad para los pasajeros, son las 8 de la tarde. Nos deja en Khaosan, donde está nuestro hotel. Khaosan es la calle donde se concentran los turistas de bajo coste. Es un hervidero apelotonado de hoteles, restaurantes, salas de masajes y tienduchas. La calle está invadida de carros ambulantes con cocina y puestos de baratijas. De los restaurantes abiertos a la calle sale música occidental a todo trapo, y todo está plagado de turistas cerveceros en pantalón corto y camisetas sin mangas, en su mayoría anglosajones.
Nuestro hotel, en medio de esta Babel, resulta ser más que correcto y pago las tres noches por adelantado: 1800 Baht, que son 36€ en total. Nos duchamos, dejamos las cosas y salimos a conquistar la ciudad. Recorremos el bullicio de Khaosan y Cristina, hambrienta, se pide un padtai, un plato a la plancha de verduras con fideos en uno de los puestos callejeros. Yo tengo hambre, pero prefiero explorar un poco más el panorama y antes de meterme algo por la boca. Veo un puesto de pulpo seco a la plancha y otro de insectos fritos, los escorpiones negros y grandes como un pulgar son el plato estrella, pero no me hacen salivar precisamente.
Encontramos unos puestos de comida en una esquina tranquila con unas pocas mesas y una pareja de tailandeses come un par de platos. El de ella tiene buena pinta. Le pregunto qué es, y me lo dice, pero no entiendo nada. Ella se levanta muy amable y pide uno para mí a la anciana del puesto, que me lo prepara en dos minutos.¡Gracias! Es una mezcla de carne, no sé de qué animal, con arroz, una verdura sin identificar y una salsa picante. Está bueno y cuesta 40 Baht, 80 céntimos de euro. De maravilla, sólo espero que no fuera un gato lo que he comido.
Después encontramos una calle con marcha y con pocos turistas. En las terrazas los jóvenes thais de clase acomodada toman copas o jarras de bebida. Hay chicas muy guapas, y alguno de ellos también es agradable de ver. Pedimos un gintonic y yo una margarita helada bastante buena. La música es muy animada, y la clientela acompaña cantando algunos éxitos locales. Las parejas mantienen actitudes decorosas y hay poco contacto físico. Muestra mesa está en la calle expuesta al bullicio de gente. Pasan pijos en scooter, alguna moto BMW y coches de marca. Pagamos las copas y nos vamos a dormir a la 1. La vida en la calle continúa como si la ciudad no durmiese. Sucumbo ipso facto tras un duro día de viaje, ¿o han sido dos?