Toma de contacto con Delhi

Despertamos tarde entre las suaves almohadas y las sabanas de hilo. Me encuentro un poco abotargado. Será el jet lag, o las pastillas de la malaria que me están afectando. Nos vestimos y bajamos a desayunar. El buffet, y yo he visto muchos, es impresionante. Las opciones son una mezcla entre desayuno ingles y comida india, mucha fruta y bollerí­a. De entre las numerosas opciones escojo... todo. Con el plato hasta arriba me pego un festí­n. Hay que tomar fuerzas para lo que nos pueda esperar. Hoy es dí­a de toma de contacto.

Tomamos un taxi a Connaught Place, el centro de Nueva Delhi, según la diseñaron los ingleses. Una serie de calles circulares concéntricas con portales de columnas, abarrotados de comercios. Primer timo del dí­a, nuestro taxista nos intenta enchufar en una agencia de viajes, del las que la guí­a recomienda esquivar: dan comisión al taxista y timan al turista. Le decimos que nos lleve un poco mas allá y que nos espere.

El calor aprieta y uno de cada dos indios nos pregunta si queremos ir a una agencia de viajes, tres de cada cuatro nos preguntan si necesitamos algo. Bastantes hombres lanzan miradas indiscretas a la anatomí­a de Cristina. Niños pequeños se ponen a nuestra altura para pedirnos dinero. Los rickshaws se paran con intención de ofrecernos sus servicios. Con nuestra pinta de guiris con mochila y planito en mano somos un blanco evidente. Es domingo y hay poca gente además de nosotros en esta zona, decidimos abandonarla enseguida. Cristina nos saca preguntando direcciones a las mujeres, que nos resultan mas de fiar.

Encontramos a nuestro paciente taxista y le pedimos que nos lleve a Vieja Delhi, a unos 3 km. Nos dice que los taxis no pueden entrar en el barrio y que es una zona mala para que vayamos andando. Para en la entrada del barrio, nos contrata un rickshaw a pedales y nos espera aparcado en una calle.

Empujados por fuerza humana nos adentramos en Vieja Delhi, que en realidad fue fundada solo dos siglos antes que la nueva. La suciedad y el desorden es muy notable. Inicialmente me vienen recuerdos de los peores barrios de la habana, poco mas tarde veo que es bastante peor. Todo esta muy sucio y destartalado, la pobreza de mucha gente es mas que evidente. Las calles están dominadas por carros y vehí­culos de dos o tres ruedas a los sumo. El rickshaw a pedales es el vehiculo preferido del barrio.

Hace bastantes mas de 40 grados y el hombre que pedalea el rickshaw con nosotros a cuestas me da pena, le digo que paremos a descansar unos minutos, cosa que acepta sudoroso. Según la guí­a, los hombres que pedalean los rickshaws son de lo mas humilde de Delhi. Sin embargo, comparados con la gente tan pobre que se ve por estas calles, o con los niños abandonados, parecen ciudadanos de clase media. Los habitantes de Delhi, que en su mayorí­a no viajan en avión, no están gordos, sino bastante flacos, y comparados con nuestros compañeros del vuelo de ayer.

Recorremos arriba y abajo la calle de Chawni Chowk, la arteria central de Vieja Delhi, llena de comercios en los bajos de viejos edificios vetustos enmarañados de cables y tapizados de carteles. Todo bañado por un sol de justicia que se nos clava en la piel. Son las cuatro de la tarde.

El cielo de Delhi esta poblado de grandes aves oscuras que parecen águilas, y yo me fundo del calor. Mi piel adopta un tono carmesí­ poco natural. Llevo un sombrerito para evitar que mi frente se ase con los rayos del sol, sin embargo, con el puesto las ideas se me cuecen. Sudo a chorros. Mi termómetro personal se acerca a la lí­nea roja de no retorno. Cristina, a la que el calor no afecta porque es de teflón, decide que mas vale un novio de Logroño vivo que un diez millones de habitantes de Delhi desconocidos y me saca de allí­ cuando yo ya empezaba a tener alucinaciones.

Volvemos al hotel y nos metemos en la piscina, ahhh. El hotel no solo es un refugio de turistas y hombres de negocios (mujeres de negocios no se ven), también es punto de reunión de la alta sociedad de Delhi, que acude aquí­ para ir al gimnasio, recibir un masaje, enseñar a los hijos a nadar, tomar una copa... Los carteles interrogan: Do you do live the InterContinental way? En la piscina del hotel solo se bañan las extranjeras, las mujeres indias esperan vestidas a sus maridos en la tumbona, y mientras ellos no quitan ojo de las partes cubiertas y descubiertas de las foráneas. Hacemos unos largos y nos entretenemos mirando como el salvavidas enseña a nadar a una niñita mientras su madre la anima envuelta en un sari.

Decidimos cenar en un restaurante situado en un parque que esta especializado en cocina afgana, aunque a mi todo me sabe parecido, la verdad, muy picante. Unos afganos con unos sombreritos muy graciosos tocan un tambor y una especie de balalaika mientras cenamos, muy simpáticos ellos y un ladrillo de música la suya. A nuestro lado familias indias de clase media se despachan a gusto y nosotros hacemos lo propio. Cristina devora un curri de pollo muy poco picante de acuerdo a sus instrucciones y yo cabrito adobado en tandoori con cebolla. Probamos dos vinos tintos indios, el primero, nos encanta. Tengo que encontrar en nombre, que he olvidado.

Ha refrescado y el taxista nos devuelve al hotel ya a media noche. Cristina se desmaya en la cama, yo saco tiempo para escribir sobre los dos últimos dí­as. Yo ya no concibo viajar si escribir un diario.