domingo 3 de abril de 2005

Día 21. Regreso a Logroño

Me he despertado a las ocho para despedirme de Ainhoa antes de que se vaya a trabajar. Los dos tenemos un poco de resaca. Compartimos un café con leche. Cuando se va al trabajo, me echo un rato más. Luego tomo un taxi a la estación de Sants. Compro uno de los últimos billetes a Logroño disponibles y voy en clase preferente. El tren es uno de los viejos Talgos de color rojo y plata, que no parecen tener fecha de caducidad para Renfe.

En la estación he comprado los periódicos de hoy y tengo además los de ayer, que no terminé de leer, así que me paso gran parte del viaje empollándomelos. De cuando en cuando hago alguna foto desde la ventanilla, el paisaje me es familiar ya que he hecho este viaje muchas veces. También dedico algo de tiempo a pensar y anotar las cosas que tengo que hacer a mi vuelta, se me ocurren muchas. Hace un día espléndido, el viaje transcurre placidamente y no se me hace largo.



Llego a Logroño a las siete de la tarde, y en cinco minutos de arrastrar maletas por la calle estoy mi casa, que está impoluta. Aprovechando mi ausencia, mi madre y Antonio han limpiado, recogido, planchado... Tenemos acordado que no hagan limpieza en mi casa, pero aprovechan el vacío legal sobre mis ausencias para campar a sus anchas. Rapidamente pongo la lavadora y me doy una ducha, tengo unas ganas locas de salir y disfrutar Logroño.

El círculo se cierra y el viaje ha terminado. Imagino que en los próximos días dedicaré un tiempo a pensar sobre el viaje y hacer balance. Ahora la vida sigue sin solución de continuidad.

jueves 31 de marzo de 2005

Día 20. Obligatoriamente original, Barcelona

Me despierto tarde. Ya era hora de dormir ocho horas seguidas y descansar un poco de tanto trajín viajero. Desperezándome coincido con Sofía que se va a trabajar. Ainhoa y Sofía viven en un amplio piso con terraza junto a la Gran Vía, muy cerca de la Plaza de Cataluña. Doy un paseo con la intención de desayunar y leer los periódicos, y por el camino compro el Financial Times, el Herald Tribune y El País. Con mi padre no hay tiempo de leer periódicos y tenía síndrome de abstinencia.



Justo al llegar a la Rambla me doy de bruces con Gema, una amiga de Logroño. Nos hace mucha gracia el encuentro porque ha leído mis notas en NorteMagnetico y no se esperaba encontrarme en Barcelona. Me sorprendo una vez más de la cantidad de gente que está al corriente de mis movimientos. El blog está siendo un éxito inesperado. Quedamos en llamarnos por la tarde para tomar algo. Desayuno en un café de la calle Elisabets, una de mis callejuelas favoritas de Barcelona y leo los periódicos con detenimiento. Que gusto. Hace un día precioso y a los turistas se les ve encantados con las atracciones de la Rambla.



Luego quedo con mi hermano Guillermo y me lleva a comer a un restaurante vegetariano muy original, muy BCN, que llevan unas chicas jóvenes y simpáticas. Después de los atracones de Italia agradezco un poco de comida ligera. Charlamos y le cuento cosas de mi viaje. Las últimas veces que he estado en Barcelona no habíamos podido coincidir. Este viaje iba a quedarme en su casa, pero ha albergado un gato en ella recientemente y no quiero exponerme a resucitar mi asma. Después me lleva al bar Daguiri en la playa de la Barceloneta. Es un sitio con buena onda y buena música que también llevan unas chicas jóvenes y simpáticas. Y tienen Internet inalámbrico by the face, así que aprocecho para conectarme y subir estas notas.



Luego vuelvo a casa de Ainhoa, ha quedado con Sofía y Vito en que vayamos a cenar al Margarita Blue, un restaurante bar con DJ cercano a la Rambla que ya conocía. Sirven unos tomates verdes fritos con queso de cabra y guacamole que me vuelven del revés. Una de las camareras aporta el obligatorio toque de originalidad BCN montando un número de trapecista a mitad de cena. Consumo un número generoso de margaritas y nos vamos a casa donde nos despedimos del limoncello. Me desplomo.

Día 19. Como - Lago de Orta - Barcelona

Imposible levantarme a las cuatro de la mañana, el risotto y el Müller-Thurgau me han pasado factura esta noche y no he pegado ojo. Además mi padre quiere que le acompañe en el viaje, así que decido volver con él en coche. Acordamos turnarnos conduciendo e intentar llegar hoy hasta Barcelona.

Hoy nos hemos levantado pronto para estar a las nueve de la mañana en San Maurizio de Opaglio, junto al lago de Orta. Esta es una de las poblaciones de Italia en la que se acumula gran parte de la industria de la grifería. Es sorprendente, en un solo pueblo hay más de cincuenta empresas dedicadas a fabricar grifos que luego se exportan a medio mundo. La otra ciudad grifera de Italia es Brescia. San Maurizio es un pueblito agradable en las estribaciones de los alpes. La zona del Lago de Orta es preciosa y atrae a numerosos turistas durantre los meses cálidos. Es gente que busca paisajes y tranquilidad. Para discotecas, nos dicen, es mejor irse a Rimini.

Visitando la primera de estas fábricas me impresiona la pulcritud y orden de las instalaciones. Hay robots que se encargan de mecanizar automáticamente muchas piezas y unos quince trabajadores. Los dueños, un matrimonio joven, son muy amables y eficaces. Él se encarga de la producción y ella del trabajo comercial. Más tarde visitamos una segunda fábrica, bastante mayor. Durante las visitas dejo hablar a mi padre y observo la forma de relacionarse de los italianos en los negocios, por lo menos en estos dos casos resulta ser gente cálida y agradable.

Terminado el trabajo nos lanzamos a la carretera y comenzamos el viaje de vuelta a casa. Comemos en un Autogrill y aprovecho para comprar más vino y orejones de tomate en aceite. En hora y media rebasamos Génova y una hora más tarde cruzamos la frontera en Ventimiglia. En el coche ponemos discos de Beethoven, Mozart, Bruckner, Martinu y Purcell, a ratos dejamos la música para decansar los oídos. Pasamos Mónaco, Niza, Marsella y Aix en Provence. La única vez que nos detenemos en Francia es para echar gasolina. Mi padre y yo comentamos los frios que son los franceses y lo triste que nos parece su vida social. Así como Italia es un país que nos gusta visitar, en Francia en general no se nos ha perdido nada.

Yo conduzco. Pasamos Montpellier, Persignan y llegamos a la frontera con España. Nos da la bienvenida un policía nacional enmascarado con un fusco al hombro, están haciendo controles selectivos y han detenido a un coche que iba enfrente nuestro. A nosotros nos deja pasar con un gesto. La verdad es que el agente hispano impone bastante más que los que sirios del Valle de la Bekaa.

En una hora más llegamos a Barcelona. En total hemos hecho el trayecto en ocho horas y estamos hartos de automóvil. Mi padre se queda a dormir en un Novotel en Sant Cugat. Nos despedimos y tomo un taxi hasta Barcelona. Me alojo en casa de Ainhoa, una vieja amiga que hace muchísimo tiempo que no veo. Aterrizo en su casa, dejo las cosas y nos vamos a cenar. Tenía muchas ganas de verla. Nos pimplamos una botella de cava mientras repasamos los cuatro últimos años de nuestras vidas, y después, ya en su casa, entretenemos una de las botellas de limoncello que he traído, y que está riquísimo. Conozco a Vito, el novio de Sofía, muy majo, tranquilo como ella. Charlamos. Nos acostamos a las dos de la mañana con una chufa considerable, yo no tengo que madrugar, Ainhoa sí, pero es una chica resistente.

martes 29 de marzo de 2005

Día 18. De Imola al lago de Como

Nos despertamos a las seis y media de la mañana para estar a primera hora en Imola, a unos cien kilómetros al sur. Los dos días de vacaciones con mi padre han terminado y ahora tiene que trabajar. La niebla del Valle del Po cubre la autopista y pasamos cerca de Bolonia. Hay mucho tráfico, como siempre en el norte de Italia, y los conductores locales (una bendición comparados con los árabes) conducen pegaditos unos a otros. Primero tenemos que visitar una de las fábricas que proveen de azulejos a mi padre para ver sus novedades y hacer acopio.

Yo me acomodo en una mesa entre los expositores de azulejos y escribo mis notas de los dos últimos días. La verdad es que me está costando mucho más encontrar una conexión a Internet en Italia que en el Líbano, por eso no he podido publicar puntualmente estos dos últimos días. En las dos horas que mi padre dedica a ver los azulejos de la empresa, yo tecleo mis notas sobre los días en Venecia.



Terminamos la visita y partimos en dirección a Milan. Comemos en un área de servicio de la autopista donde compro dos botellas de Frascati y una de Chianti. Se me ocurre la malévola idea de hacer una fiesta a mi llegada con los vinos italianos y libaneses que traigo conmigo. Por el camino nos atascamos dos veces debido al tráfico en las afueras de Bolonia Y Ravenna. Hacia las cuatro vistamos la fábrica en cuestión. A mi padre le interesan sobre todo las duchas. Yo asisto a la reunión intentando no evidenciar mi desinterés, estoy más preocupado por encontrar la forma de llegar de nuevo a Venecia, desde donde vuelo mañana a Barcelona. Vamos a dormir en Como, que está lejísimos y no sé cómo puedo llegar. Mi padre quiere que me vuelva con él en coche, pero yo no me animo a semajante paliza. Ya llevo tres semanas fuera y estoy un poco cansado.

Llegamos a Como, la ciudad que duerme junto al lago del mismo nombre. Nos encontramos en las estribaciones de los Alpes y las verdes montañas caen hasta el lago. En las laderas hay numerosas villas y chalets un poco antiguos que le dan al lugar un toque decadente. Este es el lugar tradicional de descanso veraniego de las fortunas de la cercana Milan y en esta época todavía se encuentra despoblada. En el hotel encuentro por fin una conexión a Internet. Publico aliviado mis notas y encuentro la forma de llegar mañana a Venecia, aunque es una paliza. Tengo que tomar un tren a Milan a las cinco de la mañana y cambiar en Milan a las siete. En teoría así llegaré a tomar mi vuelo que sale de Venecia a las doce y así comer en Barcelona. Mi padre me dice que estoy loco.



Cenamos en un restaurante que conoce mi padre en la Piazza de Volta, y como casi siempre que él interviene resulta un festín. El vino, un Müller-Thurgau de la región del Alto Adige, buenísimo. Espero encontrarlo mañana en el aeropuerto para hacerme con un par de botellas para la fiesta. Escribo estas notas desde el hotel y me voy a dormir, que me espera un buen viaje mañana.

Día 17. Turistas en la Serenissima y siesta por la laguna

Hoy nos hemos levantado a las siete de la mañana y al poco nos hemos lanzado de nuevo a la carretera. En una hora estamos en Venecia. A esta hora temprana de la mañana la niebla envuelve la ciudad y el ambiente está fresco y tranquilo. Es así cuando más me gusta recorrer el Gran Canal, con los palacios e iglesias surgiendo lentamente de la niebla según avanza el vaporetto. Exactamente así fue la primera vez que emocionado vi Venecia después de llegar en tren por mañana un día de 1996.



Nos bajamos en el muelle de Academia. Tomamos un cappucino en una cafetería y entramos en la Academia de las artes que aún está despejada y podemos disfrutar de las pinturas con detenimiento. La exposición esta ordenada cronológicamente, y lo que más nos gusta son las pinturas del siglo XIV y XV, los Belllinis sobre todo. Después nos hartamos de ver más Tintorettos y nos salvan el final algunos Canaletto. El paisajismo arquitectónico es un descanso frente a las innumerables escenas bíblicas del XVI y XVII, cuyos pintores agotaron el tema hasta la saciedad. Al final encontramos una exposición temporal dedicada a Carpaccio, que no está mal.



Caminamos por calles estrechas hasta san Rocco donde visitamos la Scuola Grande. Las salas son majestuosas, pero descubrimos que las pinturas están nuevamente a cargo del taller de Tintoretto y no nos detenemos mucho tiempo.



Luego vamos a la Plaza de san marco a tomar un vermouth en Florian, el café más antiguo (y probablemente el más caro) del mundo. Un martini y una copa de vino blanco nos cuestan aquí dieciocho euros, pero el lugar, con vistas al frente de la iglesia, merece la pena. Comemos en el restaurante del hotel Londra Palace, en san Zaccharia, bastante caro pero bien. El maialino di latte (rostrizo) está tierno y sabroso y lo acompañamos de un tinto de la Toscana que resulta correcto. De postre una tarta de bizcocho con crema y frutas. El café, como siempre por estas latitudes, riquísimo. Se puede volver, por eso lo apunto. Las calles ya están atestadas y después del festín mi padre echa de menos una siesta, así que decidimos tomar un vaporetto hasta las islas para que milord pueda dormitar un rato durante el viaje.



El barco avanza lentamente por la laguna y recorremos el Lido, Burano, Torcello y Murano antes de llegar de nuevo a Venecia. La travesía es agradable. Sale el sol y mi padre se envuelve en su trenka para la siesta. Yo tomo algunas fotos desde la popa del barco y disfruto del paisaje. Una familia italiana ha traído a bordo un gran perro que se duerme apoyando la cabeza en mis zapatos. Burano resulta pintoresco con sus casas pintadas de colores. Murano, bastante mayor, está lleno de factorías y tiendas de artesanía de cristal, y decidimos no bajar a visitarlo.



Al final hemos pasado la tarde con el viaje. Volvemos a Tronchetto a por el coche y regresamos al hotel. En la cena evitamos caer de nuevo en la trampa del risotto di pesce al piombo (plomo) y cenamos ligero. Ya en la habitación mi padre se duerme pronto y yo me dedico a repasar las fotos del viaje, cosa que no había hecho hasta ahora. En total son más de quinientas y hay algunas buenas. En los tiempos en los que la fotografía no era digital, hacer algo así me hubiese costado una fortuna, y no hubiese podido permitirmelo a menos que trabajase para el National Geographic.

Día 16. Venecia

En Milán hace frío y llueve. En el aeropuerto me cruzo con un grupo de turistas españoles que dan la nota con su atuendo de pantalones cortos de Coronel Tapioca y su bisoñez viajera: Pepe, que eh por aquiii. Tengo que esperar dos horas al vuelo a Venecia y tomo asiento en la sala de embarque.



Allí se me acerca una chica negra muy guapa con un niño y me pregunta si necesita una tarjeta de embarque. Casi no habla inglés. Echo un vistazo a su billete y le digo que sí la necesita, la acompaño al mostrador de Alitalia. Le pregunto que de qué país es y me responde algo ininteligible que no asocio con ningún país. Es muy simpática, pero casi no nos entendemos. Volvemos a la sala de embarque y se sienta a mi lado. El niño es muy mono y me mira con curiosidad.

Suben al avión unas cincuenta adolescentes americanas con sus profesoras que cotorrean sin parar, pero yo estoy molido y para cuando he contado cincuenta Oh my god! ya me he quedado dormido. Me despierto cuando el avión toca tierra. La pista está a rebosar de aviones de líneas aéreas de bajo coste. Eso me hace pensar que no va a tardar mucho antes de que empeore la ya terrible aglomeración turística de Venecia. En una muestra de buena organización italiana, las maletas tardan cuarenta y cinco minutos en aparecer por la cinta de equipajes. Oh my god!

Me hace ilusión tomar un vaporetto directamente hasta San Marco. Ya en el muelle del aeropuerto veo que hay mucha gente esperando, los barcos salen cada tres cuartos de hora y así voy a tardar por lo menos dos horas en llegar, y allí tengo que coger otro hasta Tronchetto que es donde me va a esperar mi padre. Desisto de mi intención y tomo un taxi que me lleva directamente en veinte minutos. Me encuentro con milord, mi padre, Enrique I el inquieto.

Dejamos mis maletas en el coche y tomamos el vaporetto hasta el puente de Rialto. El barco recorre el Gran Canal y la vista, a pesar de que ya he estado muchas veces en Venecia me impresiona. No hay lugar como este en el mundo. Siglos de acumulación de riquezas, obras de arte y construcción de palacios han dejado un paisaje de una riquza exuberante y decadente. Es el Domingo de Pascua y decenas de miles de turistas abarrotan el transporte, se agolpan en las calles y dejan sus duros en las tiendas de objetos de lujo. Tomamos un café y decidimos visitar el palacio Ducal, que no hemos visitado nunca a pesar de haber estado muchas veces en Venecia.



El palacio está tranquilo. La mayoría de los turistas se dedican a hacer cola para visitar la vecina San Marco y podemos recorrerlo tranquilos. Vamos recorriendo salas cada vez mayores hasta llegar a la sala del consejo, de enormes dimensiones y con capacidad para hasta mil quinientas personas. Allí se reunían en ocasiones especiales todos los nobles de la ciudad. El palacio está empapelado de frescos y pinturas del siglo XVII, la mayoría del taller de Tintoretto, que debía tener a decenas de asistentes pintando por metros. También hay numerosos cuadros de Veronese. La pintura de ambos nos parece aburrida y recargada. Atravesamos el puente de los suspiros, que une el Palacio Ducal con las mazmorras. Su interior es mucho menos romántico que su exterior. Imagino que el Dux quería tener acceso directo a los detenidos por su voluntad.

Comemos pasta en la pensione Widner, en San Zaccaria, que ya conocemos y nos resulta fiable. Después damos un paseo y quiero enseñar a mi padre el Paradiso Perduto, mi bar favorito de Venecia, que se encuentra en la Fundamenta de la Misericordia, pero lo encontramos cerrado mientras limpian después de la comida. Mala suerte. Estamos cansados, mi padre ha venido conduciendo desde Niza y yo sólo he dormido un par de horas en en vuelo desde Beirut así que decidimos ir al hotel y tomar el vaporetto desde Madonna dell Orto al aparcamiento de Tronchetto.



La zona de Orto es más obrera y humilde que otras zonas más monumentales de Venecia, pero a mi me gusta mucho por su tranquilidad y autenticidad. Aquí viven los verdaderos venecianos que trabajan en la ciudad, mientras que la mayoría de los palazzos del gran canal son hoteles o pertenecen a familias acaudaladas que prefieren residir en otros lugares.

Enrique I conduce el coche. Nos quedamos a dormir en un hotel de carretera en las afueras de Rovigo a unos cien kilómetros de Venecia. Aquí se queda normalmente mi padre cuando viene a trabajar a Italia y ya le conocen. Yo ya he estado también un par de veces. El hotel es popular en esta zona rural y es punto de reunión de muchas familias que vienen a cenar con toda la familia. Algunos días, después de la cena se despeja el salón y las parejas bailan polcas y mazurcas. En eso dejan ver la influencia austriaca en el norte de Italia.

Hemos pedido un risotto di pesce que resulta fallido, catastrófico. Esta gente no tiene ni idea de lo que es hacer un arroz caldoso de pescado, pero la culpa es nuestra porque ya sabíamos a lo que nos exponíamos.

Nos vamos a dormir pronto, que a milord le gusta madrugar.

sábado 26 de marzo de 2005

Dia 15. Beiteddine y explosion en Beirut

Hoy he quedado con Zeina y Monika para ir de excursion a Beiteddine. He tomado un taxi para ir a la zona del sur de Beirut donde vive Zeina. Llego tarde porque el taxista primero lleva a su mujer a otra zona de la ciudad, y despues a mi a donde le he pedido. Bueno, no pasa nada. Iniciamos la excursion y en el coche conozco a Katia, una chica que habla infinidad de idiomas y que es muy agradable. Conduce Dennis, un chico muy particular con poco aprecio por la propia existencia y por las normas de trafico. En poco mas de media hora de sensaciones fuertes llegamos a Beittedine, un pueblo tradicionalmente cristiano rodeado de polaciones de mayoria drusa. Enrique: ahora vas a ver mi ultima casa, me dice Dennis, y senala el cementerio del pueblo. Se rie.

Katia me explica que los drusos son una gente muy particular. Tienen un libro secreto que solo conocen los mas iniciados, creen en la reencarnacion y siempre conducen por mitad de la carretera. Yo creia que eran una especie de musulmanes, pero me explican que es porque durante la guerra llegaron a un acuerdo con los musulmanes para evitar ser masacrados por estos. Hay drusos en Libano, Siria e Israel.



El palacio de Beiteddine es la antigua corte de verano del emir que reinaba en la zona, y ahora es la residencia de verano del presidente del libano. En las antiguas caballerizas se exponen numerosos mosaicos romanos y bizantinos que fueron guardados aqui para evitar su expolio durante la guerra. Los jardines son hermosos con fuentes y numerosos cipreses. Recorremos algunos patios y estancias y me llaman la atencion los banos turcos del palacio (hamam), una maravilla. Despues la visita al palacio almorzamos una variedad de especialidades libanesas en un restaurante cercano. Todo ello regado con arak, una mezcla de anis y agua que se bebe, no antes ni despues, sino a lo largo de toda la comida. La mezcla del sabor de la comida con el anis me resulta chocante y acabo notablemente achispado.



Pasamos la sobremesa en una casa de la familia de Dennis, que es oriundo de esta zona. La casa pertenece a un general pariente suyo y esta decorada con gusto. Desde el jardin se domina una panoramica del valle, uno de los mas frondosos del pais. Hace sol y en la terraza tomamos un cafe libanes, que es igual que el cafe turco. Al conducir de vuelta a Beirut, Dennis nos proporciona algunos momentos inolvidables. Hay por lo menos dos en los que creemos que nuestros dias han llegado a su fin, pero Dennis mantiene impasible su particular y rapido estilo de conduccion. Como guinda, adelantamos a un tipo en un scooter que lleva a una oveja viva y patiatada entre las piernas. Alucinamos todos. Libano is different.



Despues de pasar un rato en casa de Zeina y de conocer a sus padres, salimos por ahi y vamos a cenar sushi a un japones. Mientras cenamos, escuchamos una potente explosion. La cena acaba abruptamente y a todo el mundo se le amarga el gesto, la gente se levanta de las mesas y llama por telefono a sus familiares y amigos para ver si estan bien. La mayoria paga y se va inmediatamente. Ponemos la radio y a los pocos minutos informan de que la explosion ha ocurrido en un barrio mas al sur y que hay mucha confusion y edificios en llamas. Como en la calle suenan las sirenas y hay mucha gente nerviosa, decidimos quedarnos un rato hasta que se calmen las aguas. Yo me dedico a tranquilizar a mis amigas, que estan muy afectadas. El fantasma de la guerra civil hace que el miedo se apodere facilmente de las conciencias, y eso lo saben bien los que han puesto la bomba.



Al conducir hacia casa de Zenia vemos una gran columna de humo que se alza a la luz de la luna desde uno de los barrios de la zona sur. Ya en casa, vemos en la television la escena del atentado. El ejercito acordona la zona y los bomberos luchan contra las llamas que se apoderan de numerosos edificios. Hay algunos heridos. El dueno de uno de los locales destruidos declara que si ese es el precio a pagar por la independencia del Libano, no le importa que hayan destruido su empresa. Todo el mundo culpa a los servicios secretos del gobierno y ni el presidente ni el primer ministro hacen acto de presencia en la television. Yo, sintiendolo mucho, tengo que irme y dejar a mis amigas en medio de esta confusion. Mi avion sale a las cuatro y media de la manana y tengo que pasar antes por el hotel a recoger las maletas. Me despido diciendoles que estoy seguro de que todo ira bien y que no tengan miedo. Me da pena irme, estoy muy a gusto en Beirut.



Un taxista muy majo me lleva al aeropuerto. En el mismo hay gran presencia militar y un amplio despliegue de seguridad. Atravieso los controles sin problemas y embarco en un airbus de Alitalia con destino a Milan. El vuelo dura cuatro horas y consigo dormir un par de ellas tendido en una fila de tres asientos. Me despierto cuando acaba de amanecer y anuncian el aterrizaje. El avion toma tierra en Malpensa en medio de una espesa niebla. Llueve y hace frio. Ya estoy de nuevo en la vieja Europa.

viernes 25 de marzo de 2005

Día 14. El Valle de la Bekaa y Baalbek

Hoy no me apetece mucho salir de Beirut. Hace un día estupendo y prefiero disfrutar del mar, pero como es mi último día disponible, me he propuesto visitar Baalbek y el valle de la Bekaa.

Así que me pongo en marcha. Salgo con el coche y no encuentro la salida hacia Damasco. Doy varias vueltas por suburbios de Beirut, pero como casi no hay señalización estoy a punto de tirar la toalla. Finalmente, mientras estoy mirando el mapa, un soldado se acerca a mi para que me quite de donde estoy, me he debido parar enfrente de un ministerio. Le señalo en el mapa la carretera a Damasco y me hace unas escuetas indicaciones que me son suficientes.

La carretera que une Beirut con Damasco trepa serpenteando por la montaña y acarrea un tráfico infernal. En ella, los conductores demuestran su temeridad adelantando en doble línea continua, sin visibilidad, y con tráfico en sentido contrario. En esto destacan sobre todo los Mercedes. Quedándose atrás, viejos camiones lanzan bocanadas de humo negro resoplando por el esfuerzo. Yo no me achanto, estos días me han convertido en un hijoputa al volante y a mi vuelta a España voy a ser un peligro. Al llegar collado que da al valle encuentro un control del ejército libanés. Como todas las ocasiones, paso sin problemas.





La carretera desciende y me interno en el Valle de la Bekaa, famoso ahora por sus vinos y por los restos arqueológicos de Baalbek, pero no hace mucho tiempo era más conocido por ser el reducto inexpugnable de la guerrilla libanesa y un territorio prohibido para cualquier occidental. Ahora está aquí concentrado el ejército sirio, que se ha retirado del resto del país y que se espera que pronto se retire definitivamente.

Cada poco me encuentro controles sirios. El aspecto y equipamiento de los soldados sirios es mucho más pobre que los libaneses. Sus soldados van sin afeitar, sujetan el kalashnikov de la correa y se desplazan en baqueteados camiones rusos. Con ellos tampoco hay ningún problema, no parece que quieran controlar nada, sólo hacer acto de presencia. Ayer me contaron un chiste sobre sirios: ¿Por qué es más tonto un sirio adulto que uno joven? Por que el adulto ha sido sirio por más tiempo. Los cristianos de aquí no los quieren ni ver.

El valle discurre paralelo a la costa y tiene a un lado las montañas que lo separan del mar y al otro la cordillera que separa el Líbano de Siria. Continúo por una pariente pobre de una autovía y, como podéis ver, encuentro algunos conductores que se aventuran por mi carril en sentido contrario. Yo estoy tan curado de espantos que cuando veo a un suicida de estos, le hago una foto mientras me aparto.



Llego a Baalbek y encuentro que la población no tiene el más mínimo interés. Los habitantes han intentado construir una mínima infraestructura turística, pero sin mucho acierto. De hecho, llego con hambre y no encuentro ningún restaurante que me ofrezca una mínima confianza, la mayoría están vacíos. Al final me tomo un pan de pita con pollo y un ayran (kéfir con sal) en un sitio en el que veo algo de animación.



Tomo un par de fotos. La presencia de Hezbollah es importante. Tienen todo el valle empapelado con su iconografía de guerrilla y ayatolahs. Al entrar en el pueblo he pasado frente a uno de los cuarteles de su milicia, que estaba guardado por dos guerrilleros armados con kalashnikov, como los sirios.



Los templos romanos están situados junto al pueblo, me acerco andando y me sorprendo de que no hay nadie cobrando la entrada. Nada más entrar encuentro el templo que con algunas dudas se ha atribuído a Baco. Es el que se mantiene en mejor estado de conservación y resulta majestuoso. Hay pocos visitantes, por lo que puedo disfrutar del lugar tranquilamente. En sus paredes hay grafittis dejados por visitantes de todas las épocas y culturas.





Después exploro los restos del vecino templo de Apolo. De él sólo quedan seis columnas en pie. (Un terremoto en el siglo dieciocho echó por tierra otras tres) y son las más altas de cualquier templo romano en el mundo. De hecho fue el mayor que se construyó en el Imperio, y no queda claro por qué se hizo en este lugar tan remoto. Frente a él, se halla un atrio monumental y una escalinata formada por descomunales bloques de piedra que estaban destinados a servir de entrada al templo.





El cielo está despejado y sobre las ruinas revolotean bandadas de palomas. Los árboles están en flor, y el aire seco de la montaña trae las llamadas a la oración desde las mezquitas del pueblo. Yo no soy muy amigo de los restos arqueológicos, pero Baalbek me impresiona bastante más que los templos griegos de Sicilia o los restos del foro romano. Me tomo mi tiempo y lo disfruto a fondo. La visita ha merecido la pena.



Después tengo que conducir otras dos horas de vuelta hasta Beirut. Doy un pequeño rodeo para echar un vistazo a la zona de los vinos y encuentro que el paisaje tiene algo de familiar, con su tierra ocre y sus cepas. El tráfico está tranquilo hasta el puerto, pero a partir de ahí la pronunciada bajada hasta la capital es una locura. Es viernes, casi de noche y el valiente Seat derrapa en las curvas, rebota en los baches y culebrea por la pronunciada bajada mientras los demás conductores conducen como demonios, no me quitan las largas y se pelean por llegar los primeros a ningún sitio. El viaje se me hace largo y me pierdo al entrar en Beirut, pero eso es lo de menos.

Cuando he llegado al hotel he hablado con Zeina y hemos quedado para mañana. Nos vamos de excursión a Beiteddine. Esta noche me voy a dar una vuelta por el bar en el que estuve ayer, que me gustó mucho.

jueves 24 de marzo de 2005

Día 13. Des petites histoires de la Corniche al Manara

Esta mañana he trabajado un poco y luego he estado paseando y haciendo fotos en la Corniche al Manara.



















Por cierto, manara en árabe quiere decir faro.

miércoles 23 de marzo de 2005

Día 12. El meollo de la cuestión

Anoche explotó una nueva bomba en Jounieh, una localidad costera cercana a Beirut que visité el otro día. Esta vez sí que ha habido víctimas y el ambiente se está caldeando. Después de estudiar la prensa, y de hablar con algunas personas que he conocido, ya me he hecho una idea bastante clara de lo que está ocurriendo. Voy a intentar explicarlo de forma concisa, porque seguro que con lo que sale en el telediario uno no se puede hacer una idea clara de lo que pasa aquí.

Después del asesinato de Hariri, buena parte de la población se ha unido en torno a los partidos de la oposición que reclaman liberarse de la ocupación siria y cambiar el gobierno actual, un títere al servicio de Damasco. Y el gobierno, que ha desarrollado una mezcla mafiosa de servicios secretos y corrupción, intenta perpetuarse en el poder. Para ello recurren a tácticas sucias con el objetivo de aventar el miedo. Quieren que la gente piense que si continúan las protestas en su contra puede desencadenarse una nueva guerra civil. O nosotros o el caos. Por eso por ahora ponen bombas en lugares del extrarradio, porque es una campaña gradual. Imagino que si se acrecientan las protestas, o la oposición gana posiciones, se incrementarán los atentados y estos serán más importantes.

A nivel internacional se acusa a Siria de los atentados. Esto es parcialmente cierto, yo creo que son libaneses que se han enriquecido en el poder, en connivencia con elementos sirios, los que están detrás de los últimos atentados. Por eso aquí se acusa a los responsables de seguridad del gobierno y se reclama su dimisión. Sin embargo, como medida táctica, la oposición está serenando las aguas a la espera de las cercanas elecciones de mayo. Su preocupación es no perder el impulso que ha ganado después de la muerte de Hariri y transformarlo en una victoria electoral. Si presiona demasiado ahora ya sabe que habrá más bombas.

El clima que se ha creado hace que la gente no salga mucho y que se haya reducido notablemente la actividad en el centro de Beirut. Anoche salimos por una zona de bares y encontramos todo muy tranquilo. Hace poco más de un mes estos mismos lugares estaban rebosantes de gente, incluso entre semana, me aseguran mis amigos. Pero es más prudencia que miedo por el momento. Todo el mundo tiene la vista puesta en el informe de Naciones Unidas sobre la muerte de Hariri que se va a publicar en unos días, aunque la mayoría son escépticos y creen que la verdad puede no llegar a saberse nunca. También esperan el resultado de las elecciones para que cambie el ambiente y se despejen las incógnitas.

Día 11. Si me pierdo, no me busquéis en Tiro

Esta mañana la he dedicado a buscar otro hotel el el que alojarme. El Meridien es bastante caro y dado que he decidido pernoctar en Beirut cada día, tengo que encontrar una alternativa más económica. He encontrado algunos hoteles en los alrededores en los que puedo alojarme por menos de la mitad de precio. Mañana me cambio.

Mientras buscaba hotel he encontrado un café muy agradable en el que hacer mi lectura matutina de la prensa. Tienen conexión inalámbrica a Internet, la gente que lo atiende es amable y sirven un cacao buenísimo. ¡Qué más se puede pedir!

Decido salir hacia Tiro antes de comer para no perder tiempo, ya encontraré algo por el camino. Recorro el camino familiar hasta Sidón y continúo hacia el sur por la autopista. Pasado Sidón la autopista continúa un trecho y encuentro algún cartel que me recuerda las particularidades políticas del Sur.



Al cabo de unbos kilómetros, la autopista se termina abruptamente sin más señalización que unos bidones marcando el final y un pequeño cartel manuscrito a brocha que señala el desvío. Si llego, a ir despistado me estampo contra la montaña. Ya por una carretera, me detengo en numerosos controles militares. En cada uno hay que pararse junto a un soldado que me mira un momento a los ojos y hace una señal de continuar.

El paisaje es menos montañoso que en el norte, con abundantes plantaciones de plátano e invernaderos. La carretera tiene baches que pueden tragarse medio coche. Casi me paso Tiro, lo he confundido con uno de los pueblos del camino y he tenido que preguntar en una gasolinera señalando en el mapa. Tyr, welcome, me dice el gasolinero.



Entro en la ciudad y encuentro numerosos retratos de políticos de Hezbollah y de Ayatolahs varios, incluyendo siempre a Jomeini, del que parece que guardan aquí imborrable recuerdo. Hay carteles de una feria comercial de productos de Irán. Los edificios son impersonales, y el día está muy nublado aunque no hace frío. Dejo el coche frente al puerto e inicio la exploración del lugar.



El puerto, de aguas oscuras, espesas y un tanto pútridas está lleno de embarcaciones de pesca. Entre ellas flota una réplica de un barco fenicio, y en el muelle se está construyendo otro, seguramente con vistas al turismo. Hago poco caso al puerto, que carece de ningún encanto, y me comienzo a rodear la península que forma el centro del pueblo en búsqueda de lugares de más interés.



Encuentro numerosos generadores diesel que braman humeantes generando electricidad. Caminando por la orilla del mar recorro campas desoladas y paso junto al cementerio del pueblo hasta llegar hasta las ruinas de la ciudad romana. Cuando llego están cerradas por una valla metálica y están desiertas, me pregunto si se podrán visitar.



Rodeando las vallas llego a la entrada. Una mujer shií, que comparte la caseta con su hijo y la abuela, me vende la entrada por tres euros. Me interno y veo que soy el único visitante de las ruinas. Unos cuantos perros vagabundos deambulan por el lugar y sopla el viento. Me concentro en disfrutar lugar en la medida de lo posible. Hay una calzada de mosaicos bastante bonitos y flanqueándola una arena, una palestra, unas termas y una cisternas. Los arqueólogos franceses que excavaron Tiro se encargaron de dejar levantadas unas cuantas columnas. En fin, tomo algunas fotos y llego a la orilla del mar. Una fila de rocas a lo lejos son los únicos restos del viejo puerto fenicio.





Vuelvo a la ciudad y atravieso algunas calles. Encuentro más generadores rugientes y los cables llenan el espacio entre las casas. Paso junto a una tienda de zapatos que me parece una de las pocas notas de color que he visto en toda la tarde y le hago una foto.



Llego de nuevo al puerto, se hace de noche y me entretengo viendo como los pescadores sacan una gran barca del agua con la ayuda de una grúa. Al rato, dejo Tiro con la seguridad de que no voy a volver jamás. Vuelvo a Beirut con un poco de prisa porque he quedado para salir a tomar algo con dos amigas, Zeina y Monika. Por el camino me acuerdo de que no he comido.



Ya en Beirut aparco el coche y como algo rápido. Tomo un taxi y le pido que me lleve a la iglesia de Saint Georges, en el centro. El taxista, que habla algo de español, no sabe dónde está y se pone a dar vueltas como un bobo, tengo que convencerle de que pregunte a un policía o llame a la emisora, pero por alguna razón que no alcanzo a comprender, no sirve de mucho. Al final le digo que me deje cerca del centro y camino hasta la Place de l'Etoile en la que recuerdo que hay una pequeña iglesia con un mosaico de San Jorge matando al dragón. ¿Es esta la iglesia de Saint Georges? Pregunto a un comerciante. Sí, me responde. Y me pongo a esperar a mis amigas.

Pasa el tiempo, no aparecen, y como no estoy seguro vuelvo a preguntar. Hay dos iglesias de Saint Georges me dicen, esta es la ortodoxa y hay otra maronita a la vuelta de la esquina. Merde! Llego tarde y ya se han ido. Tengo que volver al hotel a por el teléfono y volvemos a quedar. Me esperan en un italiano llamado Scoozi. Me disculpo y charlamos, tomo un vino blanco del Líbano que está bastante bueno. Monika es muy viajera y hablamos de lugares que hemos visitado y también me preguntan sobre mis impresiones del Líbano. Monika me habla de cómo pasó la guerra civil fuera del país y de cómo cada vez que volvía tenía que tomar una barca desde Chipre y desembarcar de noche de forma clandestina.

Luego vamos a un local muy agradable en el que están proyectando un video de los Doors (nueva época con Ian Ashbury). A Zeina le gusta mucho la música de los años sesenta y setenta y charlamos sobre el tema. Pasamos un buen rato. Me dicen que el sábado me van a llevar de excursión a Beiteddine que es un pueblo pintoresco con un palacio comparable a Aranjuez. Se lo agradezco mucho, son encantadoras. Nos vamos a dormir, que ellas trabajan mañana.

lunes 21 de marzo de 2005

Día 10. La amable Sidón

Hoy, ya con confianza plena en mis dotes como conductor asiático, he enfilado la moderna autopista que pasa junto a la ciudad deportiva y al aeropuerto, ambos completamente reconstruidos. En media hora he recorrido el trecho de cuarenta kilómetros que separa Beirut de Sidón, Saida en árabe, la ciudad que junto con Tiro dominaba el comercio en el Mediterráneo hace veinticinco siglos.



A primera vista, la capital del sur del Líbano es una ciudad relativamente ordenada, con un centro urbano moderno y abundante actividad comercial. Y por mi experiencia habitado por una gente muy amable. Una vez el centro, dejo el coche en un espacio controlado por un anciano aparcador profesional que me reclama peaje, extorsión a la que accedo. En mi camino hacia la ciudad vieja, paso junto a una pollería que tiene un material muy fresco.





Sabiendo que la guía es poco fiable en cuentión de mapas urbanos, la he dejado en el coche y me he lanzado a la brava a buscar el puerto antiguo, para lo que tengo que atravesar la ciudad vieja. Entrar en ella es penetrar en un oscuro laberinto de callejuelas, túneles y arcos de piedra con los que las casas se apoyan unas en otras. Esto hace que sea un lugar bastante oscuro aunque, a diferencia de Trípoli, lo encuentro bastante limpio.



Por las calles discurren marañas de cables con los que los habitantes se dotan, creo que de forma fraudulenta, de electricidad para sus casas. De hecho, toda la ciudad está cubierta de una tupida red de cables que trepan por las paredes, se enroscan en los postes y atraviesan el cielo de las calles.



Los pocos espacios a los que llega la luz del sol son pequeñas plazas que me salen al paso, en las que los niños andan en bicicleta y juegan al fútbol o a una especie de bádminton con palas de madera. Deduzco que en la ciudad hay presencia palestina, dado que en las paredes encuentro carteles de Al Fatah y también alguna foto de Yasser Arafat. Además de los ubicuos carteles con la efigie de Hariri, hay multitud de posters, ilegibles para mi, con personas que me son desconocidas.



En todo mi recorrido no me cruzo con ninguna otra persona que parezca un turista. La verdad es que la guía habla de Sidón como un lugar con poco atractivo, pero el barrio antiguo me está pareciendo una maravilla de autenticidad que ya quisieran para sí ciudades con más tirón turístico.

Mi sentido de la orientación no me falla y emerjo al otro lado de la ciudad vieja. Llego al puerto, utilizado en su mayoría por pequeñas barcas de pesca. Es la hora en la que muchas de ellas regresan de la faena diaria. En el muelle se amontonan las redes y los pescadores se dedican a repararlas con grandes agujas. Recuerdo que en España esta es una tarea reservada con frecuencia a las mujeres de los pescadores, pero aquí sólo veo a hombres enfrascados en la tarea.



Cerrando la boca del puerto se halla la antigua fortaleza de tiempos de los cruzados, el Castillo del Mar, uno de los pocos testigos del pasado de la ciudad, que fue saqueada innumerables veces. La mayoría de los posibles vestigios de la éra fenicia se encuentran enterrados bajo los edificios de épocas más modernas.



Junto al puerto hay una explanada donde se aparcan los camiones. No pierdo la oportunidad de fotografiar uno de los muchos viejos camiones Mercedes de los que proliferan en las carreteras del país. Son muy apreciados por estar hechos a prueba de bomba. Me encantan.



Junto a los camiones, encuentro un pequeño astillero en el que se fabrican barcas de pesca. Pregunto a los carpinteros si puedo hacerles fotos y muy amables me dicen que sí. Lo hago mientras continúan su faena. Me despido agradecido.



De vuelta, me interno de nuevo en la penumbra del casco viejo. Voy girando a izquierda y derecha por las galerías y encuentro muchas tiendas y talleres, mezclados con cafés y barberías. Todo el lugar es un zoco, al tiempo que lugar de descanso, de charla, de juego...





En un local veo a un hombre remover el espeso contenido de un caldero puesto al fuego y me detengo a observarlo. Le pregunto con un gesto como de frotar si está haciendo jabón, se ríe y me hace el gesto de comer. Me invita a entrar y me enseña la mercancía en venta, está fundiendo azúcar para hacer caramelos. Es hombre muy majo, no hay más que verle. Le pregunto si le puedo hacer una foto y posa encantado.



Más adelante encuentro un puesto de dulces en el que, además de los típicos bizcochos y dulces de miel, veo unas cajas de cartón con letras en árabe que me resultan atractivas. Me quedo mirándolas preguntandome qué contienen. El tendero advierte mi curiosidad, toma una de ellas y la abre para mi. Me tiende lo que parece ser un dulce de color rosa cubierto de azúcar glacé para que lo pruebe. No, no, thank you. Pero el amable señor insiste, así que lo cojo y le doy un mordisco a la cosa esa. Mmmm... Good! Le sonrío un momento y me despido con un gesto apresurado. La curiosidad mató al gato. Ptuf. Ptuf. ¡Qué porquería! En mi vida he probado algo que sepa más a detergente químico, eso sí, con muchísimo azúcar. Fotografío el objeto con actitud forense y lo hago desaparecer de inmediato.



Ya es de noche, así que me despido de Sidón. Llaman a la oración. Unos policías en uniforme de camuflaje gris están desmontando un control en la salida de la ciudad y dirigen la circulación. Ya en la autopista, el tráfico está tranquilo y en media hora llego a Beirut, donde aparco sin problemas. Creo que mañana me aventuraré más al sur, hasta Tiro.



Por la noche he salido a tomar unas cervecitas. He quedado en un lugar llamado 1975, por el año en el que se inició la guerra civil. Una vez en la calle Monot, sólo he tenido que preguntar a unos transeuntes para encontrarlo. ¿Ves el Ferrari que está ahí aparcado? Pues justo detrás. El local está decorado con pintadas, sacos terreros, impactos de bala en las paredes, parafernalia militar y hasta un muñeco de un guerrillero con la bandera libanesa. La música ambiente son canciones de trinchera de la época de la guerra.





El bar ha sido polémico desde su apertura porque, a juicio de algunos, banaliza la guerra y trae malos recuerdos. En la misma calle, o a la vuelta de la esquina, hay edificios destruídos, estos sí, de verdad.

Día 9. La costa norte del Líbano

Esta mañana he alquilado un coche para comenzar mi exploración de otras ciudades del país. La encargada de traérmelo, una chica muy obesa de nombre Dolly, se ha quedado dormida y ha llegado una hora tarde.

Mientras esperaba, he tenido una conversación con Diab, uno de los mozos del hotel. Diab es un chico muy amable con una sonrisa permanente, y a mi entender es homosexual. Esta mañana, al verme en recepción, me pregunta: ¿Deja el hotel? Sí, le respondo. ¿Por qué? Me dice con un tono de pena pícara. Le respondo que porque quiero ver otras partes del país y que seguramente haré noche en Trípoli. ¿En Trípoli? Eso no es una buena idea, allí no hay nada que hacer. Me explica que es un sitio muy tradicional y que allí no hay vida nocturna. Le respondo que algo habrá, y que en cualquier caso, no me importa mucho. No quiero salir todos los días. Bueno, te doy mi teléfono por si necesitas cualquier cosa. Los libaneses somos gente con la que se puede contar, me dice. Pienso para mí que esta es una invitación que no voy a aceptar. Se lo agradezco y me voy.

Me preocupa cómo será conducir en Líbano. Mi experiencia como peatón me dice que no será demasiado malo, sin embargo el otro día en la cena, uno de los compañeros se sorprendió de que me atreviera a tomar un coche. Le respondí que después de conducir en Nápoles y Sicilia me encontraba preparado. Y la verdad es que se agradece tener escuela. Encontrarse de frente por tu carril a un coche adelantando es algo normal, sólo hay que apartarse. Donde caben dos, caben tres. Si en lugar de eso, lo intentas solucionar a la riojana, agarrando fuerte el volante, pitando y diciendo soy yo el que va por su carril, estás muerto.



Tomo el coche, un Seat Córdoba, y salgo a la primera de la ciudad. Llaman mi atención las innumerables vallas publicitarias que hay por todas partes. Sigo la autopista para salir de la ciudad, luego prefiero ir por la carretera de la costa que está más despejada de tráfico y atraviesa muchas poblaciones. Los primeros kilómetros el paisaje es escarpado y está muy urbanizado. Las montañas, con nieve en la cumbre, están muy cerca y caen hasta el mar. Multitud de bloques de pisos que suben por la montaña hasta el extremo que hacer preguntarme cómo se logra acceder a cada uno de ellos.



Llego a Jounieh que tiene fama de ser el lugar con más vida nocturna de todo Oriente Medio. De hecho es una especie de Benidorm cutrillo, pero con aspiraciones. Es aquí donde se halla el Casino du Liban, que atrae a las fortunas árabes que se dejan caer por Beirut y aquí viene James Bond cuando está de paso, seguro. He llegado con la intención de parar y echar un vistazo, pero el lugar, por lo menos a mediodía, no invita mucho, así que continúo.



Continuando por la carretera el paisaje se despeja y se torna más frondoso y menos urbanizado. Los bloques de pisos se sustituyen por casas bajas y entre ellas hay huertas o invernaderos. Las costa es rocosa y hay muy pocas playas de arena, la mayoría de ellas son privadas. Paso junto a un puesto de ejército junto al que hay almacenados cientos de tanques y blindados antiguos, imagino que de los tiempos de la guerra civil, que se oxidan pacientemente.



Llego a Byblos, la antigua ciudad fenicia que presta su nombre a bibliotecas y bibliografías. En la antigüedad Byblos estaba muy relacionada comercialmente con el antiguo Egipto, y desde aquí salían naves que abastecían a las ciudades del mediterráneo occidental de papiro, y que a su vez venían cargadas de objetos ornamentales y otras riquezas.





El núcleo de la ciudad es el antiguo puerto, que conserva una torre y un castillo de la época de los cruzados. Junto al castillo se encuentran las excavaciones de la antigua ciudad romana, excavadas por los franceses en los siglos XIX y XX. En las excavaciones encuentro un anfiteatro pequeño y bien conservado, ubicado frente al mar. Muy mono. La ciudad está bien preparada para el turismo. Decido comer en un restaurante frente al castillo y pido un Tabuleh (ensalada de perejil y tomate con aceite de oliva y zumo de limón) que está delicioso.





Se me ha hecho un poco tarde paseando por el lugar y pienso si no es un poco tarde para poder ver Trípoli, sólo me quedan dos horas, ya que aquí anochece a las seis. Decido ir de todas formas y tomo la autopista para ganar tiempo. Llego en media hora y aparco en el centro con facilidad. Al primer vistazo se advierte que esto no se parece mucho a Beirut.

Trípoli es la segunda ciudad del Líbano con 500.000 habitantes, y y si Beirut es la cara de la moneda, Trípoli es la cruz. Es una ciudad de mayoría musulmana, con un cierto aire otomano, y mucho más tradicional y pobre. La encuentro bastante sucia y desorganizada. Parece que el gran sueño libanés tarda en llegar a estos lugares, o bien las personas que viven aquí no se identifican mucho con el mismo. Me interno en el casco viejo a la búsqueda de los lugares notables indicados en mi guía, pero el mapa no es muy fiable y me pierdo enseguida. Entro en un zoco que a esta hora está cerrando y que está muy sucio. Mi faceta de viajero ansioso de exotismo se alegra de encontrar un descanso de las modernidades observadas en Beirut.





Me pierdo un rato por las oscuras calles del zoco a las que casi no llega el sol de la tarde. Encuentro tenderetes de verduras, fragantes puestos de especias, y también fragantes carnicerías que por poco me vuelven vegetariano. Cada poco hay talleres de oficios artesanos, zapateros o mecánicos.





Ya fuera del zoco, el ambiente es muy tranquilo, con niños trasteando por las calles y adultos sentados a la puerta de sus casas o jugando al backgammon. Acabo orientándome y encuentro la gran mezquita que de grande sólo tiene el nombre, junto a ella hay una plaza en la que se encuentran cinco pequeñas madrasas que se distinguen por usar piedra blanca y negra en sus fachadas. Entro en el patio de la mezquita, que está desierta y tomo algunas fotos. Se hace de noche y la ciudad no me tienta como lugar para pasar la noche así que resuelvo volver a Beirut y volver a alojarme en el hotel. Diab se alegrará de verme por la mañana.





Vuelvo por la autopista viendo el sol ponerse sobre el mar. Desde Jounieh hay retenciones y el atasco estimula a los libaneses a encontrar la forma de llegar antes a casa. La autopista que tiene tres carriles, se convierte en un desorganizado tumulto de automóviles que intentan avanzar a toda costa. En algún momento cuento hasta seis filas de coches, se cuelan por todas partes. Sano y salvo llego al hotel. No ha sido para tanto.



Una vez allí decido cambiar el final de mi viaje. Ya no voy a volver a Madrid a través de El Cairo. Me reservo una sorpresa, jiji.

sábado 19 de marzo de 2005

Día 8. Descanso

Hoy no me apetece escribir y me tomo vacaciones.

Mañana dejo el hotel y voy a visitar el interior del país en coche, así que no sé si podré conectarme a Internet.

Dejo aquí algunas de las fotos de hoy.







Día 7. Urbanita

Beirut es a El Cairo como la noche al día. Después de visitar un lugar tan exótico, descubrir Beirut es como irse de vacaciones al salón de casa. Bueno, exagero, lo reconozco, pero la ciudad, o por lo menos el centro, es tan occidental, tan moderno, pulcro y bien señalizado, que para cualquier persona acostumbrada a viajar por Europa, no supone mucha novedad. Si acaso, al escuchar al muecín llamar a la oración uno puede pensar en que se encuentra en una ciudad de oriente, si no, podría olvidarlo fácilmente.

Y lo siento por mi público, ansioso de aventuras y exotismo, porque no todo el relato de mi viaje les va a proporcionar sensaciones fuertes. También tengo ganas de descansar y relajarme, que para eso son mis vacaciones.

Lo primero que he hecho hoy ha sido comprar abundante prensa nacional. Hay publicaciones locales e incluso un periódico diario editados en inglés, así que he comprado dos revistas: Lebanon Opportunities y Business Life. Me he sentado en la terraza de un café en el populoso y comercial distrito de Hamra, y me he leído todo de cabo a rabo. Quiero familiarizarme con la actualidad del país. Como todos los medios se vuelcan en glosar la herencia del fallecido Hariri, encuentro un resumen de la historia reciente del Líbano.





Han sido los años de la reconstrucción del país y especialmente de la ciudad de Beirut desde sus cenizas. La verdad es que sorprende y cuesta creer el grado de reconstrucción al que se ha llegado. Las grúas y excavadoras aún trabajan febrilmente, pero gran parte del trabajo está realizado. Y los libaneses otorgan gran parte del mérito de esto a la figura de Hariri, un multimillonario que decidió volver al país para impulsar su reconstrucción y que dedicó sus energías a convencer a los dignatarios y banqueros de todo el mundo de que merecía la pena invertir en reconstruir este pequeño país.



Una parte de su herencia es la factura que suponen 35.000 millones de dólares de deuda externa, pero ahora el país está preparado para ser autosuficiente y ponerse en marcha.

Una cosa admirable de algunos lugares en el mundo, y que se da en Líbano, es el hecho de tener un proyecto colectivo definido. En el caso de Líbano este proyecto es convertirse en un centro financiero, turístico y de servicios que haga de puente entre el mundo árabe y el mundo occidental, tomando elementos de ambos de ellos. Es lo que echo en falta de la mayoría de los lugares, con Madrid como ejemplo desafortunado. Barcelona es un ejemplo de ciudad con proyecto colectivo.

Pero volvamos a la ciudad que nos atañe. Cuando he terminado de estudiar la prensa, vuelvo al hotel y dedico varias horas a trabajar en aatranslations. Estamos montando un sistema para hablar por teléfono desde el ordenador utilizando Skype y quería probarlo desde aquí. Funciona perfectamente y es gratis. Estoy entusiasmado con Skype, os lo recomiendo a todos. Parte de mis vacaciones están dedicadas a investigar cómo trabajar en mi empresa desde cualquier lugar del mundo, con tal de que haya una conexión a Internet, y pienso dedicar alguno de estos días a trabajar desde aquí.

Ya por la tarde salgo a visitar el centro de la ciudad, que está a un kilómetro de donde se halla mi hotel. Por cierto, el barrio de al lado se llama Manara, como el dibujante de cómics. Llego al centro atravesando calles tranquilas, si acaso alteradas por las obras de reconstrucción. Las aceras están impecables, con elegante pavimento, bolardos y buena señalización. El centro está restaurado con gusto, y las iglesias, mezquitas y edificios administrativos han sido perfectamente reconstruídos. El color de la piedra limpia hace difícil distinguir los edificios nuevos de los antiguos y le da a todo un toque un poco artificioso. En cualquier caso, es quejarse de vicio. Esta gente ha hecho un gran trabajo.





Llego al centro neurálgico de la ciudad la Place de l'Etoile (sí, como la de París). En su centro se ha restaurado el reloj, mezcla, según mi guía de estilos árabe e italiano. Pues será. Las calles que conducen a esta plaza están llenos de elegantes cafés y terrazas con mesas dirigidas fundamentalmente a los turistas, pero debido a los acontecimientos ocurridos durante el último mes, los turistas han desaparecido de Beirut, con pocas excepciones.





En una de estas calles encuentro el Instituto Cervantes de Beirut. En otra, y dominando una amplia plaza, hay un gran edificio de piedra que alberga la Virgin Megastore. Pienso en entrar a comprar algo de música libanesa, pero decido esperar a estar aconsejado.

En la plaza contigua (Plaza de los Mártires) veo que han acampado los manifestantes que exigen la salida de Siria del país. Han montado un campamento multicolor con carteles que rezan: Independencia 05 y otros afiches que exigen la independencia del país vecino. Los manifestantes han prometido permanecer allí hasta lograr su objetivo. Suenan canciones patrióticas por grandes altavoces. Alrededor, pasean familias. Niños y grandes llevan banderas libanesas.





Un poco más adelante hay dos grandes carpas de plástico blanco alfombradas, y en una de ellas veo una especie de capilla con muchas flores y retratos de Hariri. Hay bastante gente que se congrega allí y reza. Al poco tiempo caigo en la cuenta. Está enterrado aquí, bajo las flores. A sólo unos metros también se hallan enterrados sus acompañantes y guardaespaldas. Junto a estas tumbas hay también gente, pero en menor medida. La presencia de numerosos policías de paisano es muy evidente.





Cuando se hace de noche vuelvo tranquilamente al hotel, y por el camino hago algunas fotos. Son las seis de la tarde. A esta hora temprana, las calles están ya muy tranquilas, casi desiertas de peatones, lo que me llama la atención. En el hotel escribo un poco y me preparo. Esta noche voy a salir con unos amigos por una zona animada de la noche de Beirut. Hemos quedado en un local llamado Ché.



Tomo un taxi en la puerta del hotel para ir a la calle Monot, y por el camino el taxista intenta venderme sus servicios, por si necesito un coche estos días para hacer turismo. La calle Monot está llena de bares y discotecas, son casi las nueve y todavía no hay mucha gente. Entro el el bar Ché con un poco de antelación sobre la hora prevista, me acerco a la barra y pido una cerveza libanesa. Me sirven una cerveza muy suave de nombre Almaza (estrella). Al poco, ponen una canción de Bebo Valdés y El Cigala. De hecho toda la música que ponen en el bar es cubana.

Vaya, esto es como estar en casa. Hablo con el encargado, que es un tipo simpático de nombre Charles, tenemos una charla insustancial y me presenta al camarero y a un hombre que parece un poco espeso y que está apoyado en la barra. Este tío es un cenizo, me dice, tomándole el pelo, ¿sabes por que? No, ¿por qué? Porque es medio libanés y medio griego. Convenimos en que Atenas y Beirut son ciudades mediterráneas que tienen mucho en común.

Me preguntan si hablo árabe, les digo que no, aunque lo estudié dos meses y llegué a poder leer el alfabeto. El encargado tiene el instinto comercial libanés y me asegura que, si tomo muchas cervezas, acabaré hablando árabe o cualquier idioma. Soy el encargado, tengo que estimularte a que bebas, jaja se ríe. Eres un buen encargado, muy listo (smart), le digo. No tan listo como tú, my friend.

Con un poco de retraso llega Tania con algunos de sus amigos. Nos vemos por primera vez. Tania y yo nos conocemos de chatear en Internet y habíamos quedado en vernos cuando viniera a Beirut. Tania es muy bonita, tiene un rostro fino y el pelo y los ojos negros. Le acompaña su hermana que es mayor que ella y los amigos de esta. Nos sentamos en una mesa, como pasan unos minutos y veo que soy el único que tiene una copa, les pregunto si ellos beben cuando salen por ahí. Sí, no te preocupes, me dice Tania, nosotros somos todos cristianos.

Pasamos en el bar unas horas muy agradables. Mis compañeros me cuentan que suelen hablar francés cuando se reúnen, pero esta vez hablan en inglés por cortesía hacia mi, y Tania me dice que en su casa habla árabe. Emplear habitualmente varios idiomas es algo muy libanés, me dicen. Charlamos un poco sobre la situación en el país, tienen las ideas muy claras. Luego pasamos a otros temas más ligeros y me hacen muchas recomendaciones sobre lugares que visitar. La hermana de Tania, que es simpatiquísima, quiere sacarme a bailar música cubana, le digo que no, por bien de todos, que a mi se me da muy mal.

Al final hemos estado más de tres horas en este lugar, hemos pasado un buen rato, y mis compañeros deciden volver a casa. Nos despedimos. Tania y yo quedamos en llamarnos y vernos otro día. Son la una de la mañana y decido volver andando para ver la ciudad de noche. La zona de Monot está animada, pero el resto está completamente desierto. En la media hora que me cuesta llegar al hotel me cruzo tan sólo con cuatro o cinco personas. La mañana siguiente leo que a medianoche ha estallado un coche bomba en un barrio cristiano de las afueras, sólo hay heridos.

jueves 17 de marzo de 2005

Día 6. El Cairo - Beirut

Sólo he dormido dos horas y me he levantado a las seis de la mañana. A esa hora ya es de día en El Cairo, y la ciudad está cubierta por una densa capa de smog que se despeja poco a poco. Tomo un taxi al aeropuerto. No tardamos mucho porque, al contrario de lo que pensaba, el tráfico de la ciudad no ha llegado aún a su hora punta.





Llegamos al aeropuerto con mucha antelación y me toca esperar. Un autobús me lleva al avión, un 737 que tendrá ya sus buenos quince añitos. El avión va casi vació lo que hace que despegue y suba como un cohete.



En unos minutos hemos dejado atrás la ciudad y sus suburbios, sobrevolamos la zona agrícola del delta del Nilo. La mayor parte de la población del país vive en el delta, en infinidad de poblaciones de tamaño mediano que, cada tres o cuatro kilómetros, motean de marrón el fondo verde de las tierras cultivadas. Dejamos atrás la costa y sobrevolamos el mediterráneo.



A los 45 minutos de vuelo el avión hace un giro de 90 grados y se dirige hacia el este, iniciando el descenso al poco tiempo. Imagino que seguimos una ruta en forma de L para evitar el espacio aéreo israelí. Sin novedad, aterrizamos en el aeropuerto de Beirut que se encuentra junto al mar. Para mi tiene una importancia especial el llegar a esta ciudad que he desado visitar desde hace muchos años.

En el control de pasaportes, me hacen el visado en un minuto y sin problemas de ningún tipo. El aeropuerto llama la atención por su pulcritud. Antes de tomar un taxi, paso por la agencia de turismo para hacer unas preguntas y averiguar el tipo de cambio de la moneda con el euro. En Líbano se utilizan indistintamente el dólar estadounidense y la libra libanesa. Un euro equivale a 2.000 libras.

En la oficina me dan varios folletos sobre las distintas zonas del país y uno específico sobre vida nocturna, restaurantes y night-clubs. Observo que la publicación de las guías está financiada por USAID, el departamento de ayuda exterior del Gobierno de Estados Unidos. Muchos de los trabajos de restauración en marcha en el centro del Cairo están también financiados por USAID. Al parecer, están interesados en estabilizar económicamente la zona, contribuyendo a su desarrollo turístico.

En la autopista al centro me llama la atención que por todas partes hay retratos del recientemente asesinado ex primer ministro, Rafik Hariri: Vallas publicitarias, carteles, incluso en las ventanillas de los coches. En en centro de la ciudad, casi todos los comercios e instituciones tienen un poster con su fotografía colgado en el exterior.



Tengo algún problema con la reserva del hotel, que no han recibido. Tengo que llamar a España y tardo un buen rato en arreglar el entuerto y establecerme. La habitación es pequeña, pero tiene conexión a Internet. Me establezco y bajo a comer, después me echo una larga siesta para descansar de tanto trajín y del madrugón.

Me despierto a tiempo de dar un paseo por la Corniche (paseo marítimo) y de ver el sol ponerse sobre el mar. No hay nubes, pero el día es fresco. La ciudad tiene un aire muy mediterráneo, con viejas casas con patios, contraventanas y terrazas con arcadas. Junto a estas villas, hay hoteles y edificios de partamentos no demasiado agraciados. Me recuerda a Mallorca y a Valencia, aunque con un aire más descuidado. La atmósfera es tranquila.





Las casas más pobres muestran todavía impactos de artillería y metralla de la guerra civil. Los edificios de las clases más pudientes están completamente rehabilitados y no muestran heridas de guerra. Algún alto edificio todavía sigue en ruinas como testigo de la violencia que asoló la ciudad hasta hace sólo una docena de años.

Sin embargo, hay muchas grúas y los trabajos de embellecimiento y rehabilitación se realizan a buen ritmo. He leído que está llegando mucho dinero saudí y de los emiratos del golfo que se está invirtiendo en promociones inmobiliarias y en compra de edificios. Como resultado, los precios de las viviendas están subiendo, aquí también, muy rápidamente.





Me cruzo con numerosos jóvenes de aspecto totalmente occidental. Muchos de ellos haciendo jogging por la Corniche en chándal, otros en patines. La mayoría de las mujeres van descubiertas. Dos mujeres chiíes van vestidas de negro con un chador. Un vendedor de helados, que empuja un carrito, tiene un aspecto más humilde y menos occidentalizado, me fijo en que de su cuello cuelga un pequeño retrato del líder de Hezbolah.

En mi paseo, llego hasta el lugar en el que fue asesinado Hariri con una potentísima bomba. Cincuenta personas perecieron en la explosión. La policía y el ejército libanés acordonan el lugar que está siendo todavía objeto de investigación. Los edificios adyacentes, incluyendo dos hoteles de cinco estrellas, están reventados, y hay un cráter en el suelo de varios metros de profundidad.



Algunas familias congregadas en el lugar contemplan la escena con expresión grave. A primera vista, se percibe como si el país entero se encuentre unido en un sentimiento de orfandad. Hay por toda la ciudad carteles negros que rezan: The truth (la verdad) reclamando la investigación de los sucedido.

Camino de vuelta hacia el hotel por calles empinadas que se adentran en la ciudad desde la Corniche. Beirut, como todo el país, tiene un marcado relieve, con numerosas colinas y pendientes. Esto pone a prueba mis piernas que llevan ya varios días trabajando con intensidad. Me fijo en que las diferentes vallas publicitarias que voy viendo están indistintamente en francés, inglés o árabe. La mayoría de la clase media habla los tres idiomas.

He cenado en un restaurante japonés atendido por personal nipón. En la gran mesa cuadrada que compartimos los comensales, hay una pareja de libaneses afrancesados -él fumando un gran puro- , dos musulmantes vestidos de blanco y con barba piadosa y un tipo de Logroño. Nos sirven unas chicas en kimono. Como música de fondo hay ambient electrónico de buen gusto. El sushi estaba buenísimo.

Día 5. Lost in Translation

Esta mañana he querido arañar unos minutos al sueño, se me han pegado las sábanas, y al final he tenido que arreglarme precipitadamente para subirme por los pelos a mi minibús de excursionista.

Al subir al vehículo, una sorpresa, sólo somos dos en la expedición. Me acompaña una mujer canadiense bastante mayor que yo, de nombre Dianne. Nuestra guía es una chica cairota de unos veinticinco años, que lleva el pelo descubierto y habla un inglés perfecto. Nos explica el plan para el día: primero visitaremos la ciudad de Menfis, primera capital del antiguo Egipto, después la pirámide de Saqquara y finalmente las pirámides y la esfinge de Gizeh.

Salimos del Cairo en dirección sur. Atravesamos barrios de casas miserables, de varias alturas. Son edificios muy básicos con la estructura de hormigón a la vista y ladrillo sin pintar ni recubrir en el exterior, que lo mismo podrían estar aquí que en Albania o en Haití. La guía nos comenta que sus habitantes los dejan inacabados con la finalidad de no pagar impuestos, porque sólo pagan los edificios terminados. La mayoría pertenecen a una sola familia. Cuando la familia crece, construyen un nuevo piso encima. Algunos tienen seis y hasta siete alturas, y muchos de ellos están coronados por grandes antenas parabólicas.

Al dejar atrás el cairo entramos en las tierras agrícolas del fértil valle del Nilo. Es un auténtico vergel en el que abundan las palmeras, que se cultivan para obtener dátiles, y también trigo y todo tipo de hortalizas. La carretera discurre a ambos lados de un canal. Toda la riqueza de la zona está basada en la irrigación de estas tierras a través de una gran red de canales. Según la guía, la gente en estas tierras lleva una vida sencilla y feliz, y apenas conoce las modernidades de la capital. La sociedad rural se divide en dos clases, los que poseen la tierra que tienen mucho dinero, y los que la trabajan, que casi no tienen nada y viven en pequeñas edificaciones junto a las fincas que trabajan.

El desierto está muy cerca, a un par de kilómetros, y contrasta con el verde valle que lo bordea sin transición alguna. Cada poco se ven pirámides pequeñitas diseminadas en el desierto. Llegamos a la histórica ciudad de Menfis, que en la actualidad no es más que un pueblo arbolado de tamaño mediano. Hay carros tirados por mulas y bueyes que avanzan por calles sin asfaltar, y coches que esquivan ágiles los carros, haciendo correr a las gallinas. En la entrada del pueblo, un hombre conduce un rebaño de ovejas ayudado por unos niños que azuzan al ganado con largos palos. En una huerta, una mujer y dos niñas siegan con unas pequeñas hoces.

Nos detenemos junto a otros autobuses. Descendemos y entramos en un recinto vallado con nuestra guía. En el recinto hay un solo edificio. Éste alberga una única y enorme estatua, tendida en el suelo, del faraón Ramsés II que tuvo su corte en Menfis. Según la guía, Ramsés II reinó durante muchos años y fue muy querido por su pueblo. En su reinado tuvo tiempo de encargar miles de estatuas con su efigie y de tener más de ciento cincuenta hijos con sus numerosas esposas. Además de la estatua, vemos algunos objetos dispersos por el recinto: una esfinge, una vasija para hacer vino, la base de una columna y un sarcófago de granito. Eso es todo en Menfis, que no es mucho.

Para ese momento Dianne y yo hemos hecho buenas migas. Es una mujer muy simpática y muy vital para su edad. Es psicóloga y trabaja como orientadora en un instituto de enseñanza en Ottawa. Charlamos. Volvemos por el mismo canal y el bus nos deposita en una escuela de tapices en las que niños se encargan de elaborar alfombras y kilims. En realidad es una trampa para turistas. Hacen imposible negarse a su hospitalidad y te muestran el proceso de hacer a mano las alfombras, antes de conducirte a una exposición donde intentan venderte una, esta sí, hecha a máquina.

De allí el autobús nos lleva a Saqquara, donde está enterrado el faraón Zoser bajo la primera de las pirámides que se construyó en Egipto. La construcción está algo deteriorada, pero resulta muy interesante y proporcionada. Su arquitecto, un tal Imhotep, fue elevado más tarde a la categoría de un dios, inspirando así a Norman Foster y a Rafael Moneo a seguir sus pasos. Tras ésta primera pirámide, hacer pirámides se puso de moda, y durante siglos cada faraón se hizo construir una, a cual mayor. Más de cien pirámides fueron construidas en el lado occidental del valle del Nilo hasta que fueron vistas como algo demodé y los faraones volvieron a formas (relativamente) más minimalistas de enterramiento.



La vista me resulta muy interesante y montamos de nuevo en el autobús. Durante el viaje, me cuenta Dianne que ha estado trabajando durante un mes en un proyecto educativo en Amman, Jordania. Al volver a Canadá hacía escala durante un día en El Cairo y ha decidido hacer esta excursión para aprovechar el día.

El conductor para el autobús junto a un local con el nombre de 'Museo del papiro' y advertimos que vamos a ser asaltados de nuevo. Sin embargo esta visita es interesante, dado que nos enseñan el proceso con el que se fabrica el papiro a partir de la planta del mismo nombre. En este local se venden papiros con motivos egipcios para los turistas occidentales, con textos del corán para los turistas musulmanes, con la mezquita de al-aqsa para los palestinos y hasta con un calendario maya para los mexicanos. Aquí se nos une Gordon, un inglés voluminoso con cara de niño que vive en Manchester y trabaja en British Airways.

Por fin llegamos a las pirámides propiamente dichas, las de Gizeh, que todo el mundo conoce de la tele. Para vuestra información: son grandes, y los que las construyeron están todos muertos. El autobús aparca tan cerca de la pirámide de Keops que al intentar fotografiarla no me caben ni dos esquinas y sólo me salen piedras en la foto. Bromeo con Dianne y le digo que o nos alejamos un kilómetro o nadie podrá distinguir si he visitado las pirámides o la gran muralla china. Dianne se aventura a entrar en la pirámide de Kefrén, yo paso. Me gustan los espacios abiertos y meterme en agujeros estrechos no me atrae nada, nada. Además no espero gran cosa de la incursión. He dicho que paso, ¿OK?



El autobús nos deja y nos toma un par de veces para que podamos fotografiar las pirámides desde varios emplazamientos. Son grandes, sí, y muy viejas. La policía se mueve alrededor en camellos, y un enjambre de tipos en chilaba te vende hasta a su madre si te descuidas. Pienso que para ser esta la atracción turística más vieja del mundo, esto está muy poco organizado. Los funcionarios del ministerio se albergan en casetas cutres, y los policías se protegen del sol bajo unas tablas. Luego nos llevan a ver la esfinge de Gizéh que tiene algo más de gracia. Me gusta sobre todo el templo en el que embalsamaron al tal Kefrén, desde el que sale una rampa de piedra que conduce diréctamente a su pirámide. Parece que a las momias no les gusta doblar esquinas.

Cuando creemos que ya nos llevan al hotel, pues no. Nos tienen reservada una nueva emboscada, y nos depositan en una tienda de esencias de perfume. El vendedor me ofrece a probar numerosas esencias y me las va poniendo primero en las manos, luego en las muñecas y después por los brazos. No compro nada, pero acabo más perfumado que la Lola de España. Dianne compra un pequeño bote de 'Secreto del Desierto', una mezcla de esencias supuestamente afrodisíacas que, según el tendero, aplicado en los lugares apropiados de la hembra, es capaz de convertir a cualquier hombre en un caballo del desierto desbocado.

Ahora sí me muero de ganas de llegar al hotel para frotarme con un estropajo y quitarme el tafo a rosas, lavanda, gardenias, lilas, musk, secreto del desierto, nefertiti, y otros aromas con nombres de faraón que me tienen impregnado. ¡Socorro! Por el camino sigo la charla con Dianne, que ahora huele como sólo olían las viejas de mi niñez.

Una vez en el hotel, quedamos para dar una vuelta por el Viejo Cairo y la zona de iglesias coptas, son sólo las cuatro y media y todavía se puede aprovechar el día. Nos vemos a las cinco en el hall del hotel y pedimos un taxi, pero nos dicen que la zona copta ya está cerrada. Como estamos decididos a dar una vuelta, pedimos que nos lleve al centro. Le pregunto a Dianne si le molestan las muchedumbres. No, en absoluto. Bien, porque no sé si has visto alguna vez algo así. Es cierto, nunca había visto algo así.

El taxi nos deja en los límites de la ciudad vieja, el Cairo Islámico, e inmediatamente nos sumergimos en el zoco de callejuelas. Dianne está entusiasmada y se deja llevar por los angostos pasajes que discurren entre las tiendas del zoco. En Amman, y mucho menos en Ottawa, no hay nada igual. Las tiendas se suceden y las mercancías se acumulan. Hay oscuros cafés en los que los hombres fuman en pipas de agua, talleres de joyas, panaderías, tiendas de lámparas, mezquitas diminutas... Nos apartamos para dejar paso a vespas o camionetas que increíblemente se hacen camino entre la gente, doblamos esquinas. El zoco nos envuelve, pasamos así mucho rato y se hace de noche.

Todo lo que empieza, se acaba. Salimos del zoco y le cuento a Dianne que hace unos días entré en la mezquita de Al-Azhar. Seguramente ya estará cerrada, pero podemos mirar. Está abierta. ¿Entramos? Dianne duda un momento, pero se decide. Es la hora de la oración y las mujeres no pueden entrar en la sala principal, tienen reservado un espacio aparte. Nos quedamos dando una vuelta por el patio, que con la iluminación nocturna y el brillo del mármol se ve precioso.

Se nos acerca el cuidador de la mezquita y nos ofrece enseñárnosla, aceptamos. Nos enseña las salas de enseñanza y la tumba de un sultán mameluco allí enterrado. Cuando termina la oración, entramos en la sala principal aunque aún hay muchos hombres rezando sobre las alfombras. El cuidador, que se llama Abdul, nos va enseñando las diferentes partes de la sala y nos indica su antigüedad, la mayor es la más antigua, tiene mil años. El viernes, nos dice, aquí habrá dos mil personas rezando.

Al salir Dianne no cabe en sí de gozo: ¡Nunca pensé que iba a entrar en una mezquita! ¡menuda experiencia! Me río. Pues ya ves que no es tan complicado. Atravesamos las calles y los atascos y cruzamos las calles a la egipcia esquivando los vehículos en marcha. Dianne pronto le coge el truco. En un momento dado, un autobús se abalanza sobre nosotros haciendo sonar el claxon amenazadoramente y tenemos que dar trompicones hacia atrás con un montón de gente para esquivarlo. Un hombre empuja a otro a nuestro lado, le salva por un pelo de ser golpeado en la cabeza por el retrovisor del autobús. Jadeantes, tomamos un taxi de vuelta.

Dianne tiene que hacer el equipaje porque su avión sale esta misma noche. Nos intercambiamos las direcciones y nos despedimos. Yo me vengo a la habitación a escribir mis notas y pido que me traigan algo de comer. Estoy agotado. Descargo las fotos del día y veo que son pocas y mediocres. Cuando el fotógrafo se convierte en turista, las fotos se quedan a la altura.

Mi avión a Beirut despega mañana temprano y tengo que estar a las ocho en el aeropuerto. Mejor que me ponga yo también a hacer la maleta.

martes 15 de marzo de 2005

Día 4. Ibn Tulun y la Ciudad de los Muertos

Esta mañana primero he dado un paseo por la Corniche al Nil y he hecho algunas fotos de las barcas que dan paseos por el río. Algunos activos vendedores me han abordado sin éxito para ofrecerme un viaje. Por lo que he visto, los turistas extranjeros no se apuntan a subirse a estas barcas destartaladas en las que suena música egipcia a todo trapo. Sólo alguna pareja de nativos se apunta al romántico viaje.



Luego, he atravesado el campus de la Universidad Americana, que es la organización de enseñanza más prestigiosa de El Cairo, y he pasado junto al edificio del Parlamento, una fortaleza amurallada rodeada de un ejército de policías uniformados y sin uniformar. Desde una fachada, el presidente Mubarak saluda a su pueblo.





He caminado a través de barrios más sencillos que los días anteriores y por el camino he hecho muchas fotografías. Al cabo de un rato, he pasado junto a la mezquita del Sultán Hassan, que es comparable en tamaño a las catedrales europeas, sin embargo fue construída en tan sólo cuatro años. En esa época hubo una peste que se cobró muchas vidas, y el sultán requisó el patrimonio de los fallecidos para financiar la obra. Muy interesante, sí. Pero paso de largo porque esta mañana tengo un objetivo diferente.





Busco la mezquita de Ibn Tulum. Hace tiempo que vi una fotografía de la misma y me cautivó. Tras una hora de caminata encuentro la mezquita. Pocos turistas se aventuran hasta aquí porque no hay mucho más que ver en los alrededores, sin embargo el edificio merece la pena desde todo punto de vista.

La mezquita, según leo en la guía, ejem, es del siglo IX y es de estilo Iraquí, y sólo tiene parangón con las que existen en la ciudad de Samarra, en Irak. Tiene un muro doble con un patio cuadrado y vacío que la rodea. Ya el patio me parece que tiene una belleza especial.



Pasado el patio, voy a proceder a descalzarme, sin embargo, un hombre me dice que no lo haga y me alcanza unas babuchas para envolver mis zapatos. Le hago caso y me ato las babuchas, que son lo que me faltaba en cuestión de elegancia. En el enorme y despejado patio no hay nadie, sólo unos ancianos echando una siesta en una alfombra bajo una de las arcadas. En el centro, una especie de templete alberga una fuente para las abluciones de los fieles.



El espacio es sencillo al tiempo que imponente. Si otras mezquitas son de estilo recargado, el de esta es sencillísimo y muy bien proporcionado. La sensación de paz es total, y aunque se escucha a lo lejos el murmullo del tráfico de la ciudad, la armonía visual es tal que impone un sentimiento de serenidad. Me siento en una alfombra como los ancianos y paso unos largos minutos disfrutando del lugar. Si esta es la forma Iraquí de hacer mezquitas, la verdad es que ardo en deseos de visitar más.



En la zona cubierta reservada a la oración no hay nadie. Me fijo en el curioso púlpito de madera apoyado sobre columnas desde el que el imam se dirige a los fieles, y en la quibla, que es la pieza más recargada del conjunto. Al salir, el hombre que se ocupa de las babuchas está comiendo pan y me tiende unos trozos que acepto. Es un pan con forma de torta y completamente hueco como el pan indio, pero al contrario que este, duro y crujiente. Le doy las gracias, le digo mi nombre y le pregunto el suyo: Muhammad. Claro, no podía ser otro.



Dejo la mezquita para dirigirme a otro lugar que he oído alabar en un reciente artículo de prensa: la Ciudad de los Muertos. Un enorme y antiquísimo cementerio que desde tiempos remotos es habitado no sólo por los difuntos, sino también por miles de las personas más humildes de la ciudad. Es la hora de salir de la escuela y los niños se desparraman por las calles.





Llego a la Ciudad de los Muertos atravesando barrios ya muy pobres. Entre las tumbas y mausoleos, o más bien sobre ellos, se levantan precarias y humildes viviendas. El lugar no promete. Un poco tarde descubro que hay dos cementerios, el del norte y el del sur, me hallo en el del sur y resulta que el pintoresco es el del norte. Ya puede serlo, porque esto de pintoresco no tiene mucho.



Para llegar al del norte tengo que caminar unos dos kilómetros por una carretera congestionada y polvorienta y pasar junto a la ciudadela, un conjunto de edificaciones que no me resulta de demasiado interés.

Cof! Cof! Para cuando llego al cementerio del norte, estoy tan empolvado que parezco uno de los habitantes de la zona. Bueno, el dichoso cementerio del norte tiene un aire un poco más rural que el anterior, pero de pintoresco tiene poco también, o el maldito paseo me ha predispuesto en contra. No creo. Es una zona muy pobre, en la que reinan los perros, que flacos y tullidos rondan en grupos. Algunos me ladran al paso.



Hay mucha suciedad por todas partes y huele fatal. Sobre la basura picotean algunas gallinas. Cuando pille al periodista que me vendió este sitio en su artículo, le retuerzo el pescuezo.



Al poco, llego a una pequeña plaza en la que hay una mezquita, y dado que no hay nada más que ver, decido entrar. Se llama mezquita del Sultán Quatbey, y es pequeña y bonita. El hombre que cuida de la mezquita me invita a pasar. En su interior, un viejo imam instruye a un aprendiz, que recita el corán de memoria, y le corrige frecuentemente. En una estancia se halla la tumba del sultán y una piedra con una huella de un pié que el hombre (¿a que no sabéis cómo se llama?) me dice que es el pié del profeta Mahoma (Muhammad). A esta gente le va cantidad eso del relicario.



Muhammad me invita a subir al minarete, cosa que acepto entusiasmado. Él se queda abajo mientras yo subo por la larga y ocura escalera de caracol. Hay momentos en los que la oscuridad es total. Llego arriba y la vista sería magnífica de no ser porque la zona es la que es, pero bueno, así puedo verla con perspectiva. A lo lejos se levantan los edificios del centro. Intento ver si se ven las pirámides a lo lejos, las busco mirando hacia el suroeste, pero el cielo de El Cairo es polvoriento y contaminado y apenas se ve más allá de unos pocos kilómetros.



Una vez abajo decido no explorar más el barrio y resuelvo volver pasando por la zona de Al-Khalili, que me pilla de paso. Antes de salir del cementerio me llaman la atención unos niños que juegan desde un balcón y les hago una foto. Pongo pies en polvorosa, y nunca mejor dicho, y me largo. Mis piernas me fallan de llevar caminando todo el día, y me queda un largo trecho.



Me sumerjo de nuevo en el bullicio del centro y me siento a descansar junto a la mezquita de Al-Azhar. Más allá, me detengo en una tienda en la que hacen los perfumes al momento mezclando esencias, y que me da buena espina porque está frecuentada por egipcios. Me intereso por un poco de esencia de flores para mi madre, pero no me convence porque echan mano de unas botellas bonitas que no utilizan para el resto de los clientes. Creo que me quieren timar. Al poco, me llama la atención un vendedor de esponjas naturales y le hago una foto.



Tomo un taxi porque mis piernas no aguantan más. El conductor conduce como un verdadero energúmeno. En un momento dado, se equivoca de camino en una vía de cuatro carriles con mucho tráfico, y al tío no se le ocurre otra cosa que salir marcha atrás, haciendo caso omiso de mis protestas y las de los demás conductores. Como estamos en Cairo, milagrosamente nadie se estrella contra nosotros.

Elegir es renunciar. Ya sólo me queda el día de mañana en Egipto, y me dejo llevar por la corriente. Una vez en el hotel, reservo una plaza en una excursión a las pirámides. Eso hace que pierda la ocasión de visitar el Cairo Copto. Una agrupación de iglesias coptas que tenía muchas ganas de ver. Pero no puede ser todo a la vez. Las pirámides son la única de las antiguas siete maravillas de mundo que todavía existe, y oye, igual merece la pena. Además, así igual puedo relacionarme en la excursión con alguien que no se llame Muhammad.

lunes 14 de marzo de 2005

Dia 3. Hipnotizado

Hoy he empezado recorriendo lo que llaman París en el Nilo, un barrio del Cairo diseñado por arquitectos europeos que conoció su esplendor durante la primera mitad del siglo XX. Hoy, como toda la ciudad, está vetusto, povoriento y sin lustre. Los edificios están desconchados y su protagonismo devorado por el tráfico, pero tiene su gracia. Los prósperos negocios que albergaron migraron hace tiempo a otras latitudes o languidecieron hasta morir. Lo hicieron sin retirar de las fachadas los letreros con sus nombres, que se han aviejado y cubierto del hollín de los escapes. Rezan nombres como Delta Trading International o Chemical Agricultural Co.



En un cruce, un señor me pregunta la hora en árabe. No es la primera vez. Me preguntan muchas veces por la hora o por direcciones. Parece usted árabe me dice. Le respondo que los españoles somos todos medio árabes, y que me mi abuela es de Melilla. Eso le hace muchas gracia. Aquí todo el mundo recuerda Al-Andalus. Sus abuelos son de Marruecos, así que encuentra una cierta comunión conmigo. ¿Y qué piensa usted de los egipcios? Le respondo que es un poco pronto para poder hacerme una opinión, pero que por el momento me parece un pueblo cálido. Me da su tarjeta de visita y se despide amigable.



Continuo mi recorrido hasta llegar de nuevo a Midan Ataba. Allí empiezan los zocos interminables a lo largo de calles y callejas. Ayer, que era domingo, pensé que el comercio no descansa en esta ciudad dado que las calles estaban hirvientes de gente. Hoy he cambiado de opinión. Dios mío, es cierto, ayer era festivo. ¿Cómo puede haber tanta gente aquí? sólo puedo compararlo a una muchedumbre de san Fermín, pero no, es mucho más. Hago fotos y grabo unos videos para que alguien me crea. Las calles no dan abasto entre transeúntes, vehículos, comparadores y vendedores. Me dejo arrastrar, me sumerjo en la multitud mientras el muecín llama a la oración desde las mezquitas. Es un sentimiento de hipnosis. En algunos momentos me dejo llevar, en otros me poyo contra una pared para descansar y observar el apretado fluir de la gente.







Esta vez esquivo la zona turística de Al-Khalili y me adentro en las callejas que salen desde Muski. Miles de tiendas y de puestos callejeros convierten las calles en túneles de mercaderías. La ropa a la venta sube por las fachadas hasta el primer piso formando paredes de pijamas, vaqueros o camisones que los transeúntes atraviesan en su deambular. Las mujeres con fardos en la cabeza y los muchachos llevan repletas bandejas con té o comida sobre una mano sorteando la muchedumbre. Parece que la verdadera alma de esta ciudad sea el intercambio comercial más que ninguna otra cosa.







La mayor parte de la comida que se exhibe en los locales no tiene muy buen aspecto y no me atrevo a hacer ese tipo de experimento. Decido comprar un boniato asado a uno de los varios vendedores que he visto que los proveen. Arrastran un carrito con una especie de hornillo con chimenea sobre el que los colocan hasta que se hacen. Hace un rato uno de ellos me ha pasado tan cerca que he sentido el calor en la cara y me parece bastante peligrosillo que arrastren ese carro entre gente tan apretada, pero claro, esto es El Cairo.



Llego a la zona donde se venden las esencias para perfumes, un mercader me muestra la esencia de Musk y me dice que es la que los musulmanes usan para las oraciones, es cierto, reconozco el olor de las mezquitas. Se lo acerca a la nariz y exclama: ¡Alá!



Veo una madrasa muy antigua con dos hombres sentados en la puerta. Decido ver si se puede visitar y les pregunto. Closed. Me dicen, y pregunto si hay algún momento en el que se pueda visitar. Uno se lo piensa dos veces y me dice que le siga, no habla inglés pero me invita a entrar con él. Parece que no hay nada que no se pueda conseguir sólo con pedirlo en esta ciudad. Me va mostrando cada una de las estancias del edificio, que es imponente y está desierto. Es impresionante, sobre todo el espacio de oración que es un patio semicubierto con unas inmensas arcadas de piedra roja. Sobre la quibla, un magnífico ejercicio de madera policromada. Un pozo se asoma sobre un aljibe muy profundo. En una estancia superior un balcón, creo que otomano, tiene vistas sobre los puestos del mercado. Mi desconocimiento de la arquitectura árabe es total, pero intuyo que me encuentro ante un ejemplo magnífico. El edificio es majestuoso, al parecer acaban de restaurarlo. Una propina es de rigor, y el muchacho sonríe.



Lo que no entiendo es cómo no está esto lleno de turistas fisgoneando y haciendo fotos como yo. Creo que se asustan de acercarse a los edificios religiosos islámicos, mientras que no dudarían en entrar en una iglesia. Lo que observo es que aquí la gente está encantada de que tengas curiosidad por lo suyo, y más aún si no eres musulmán.



Las calles pedregosas y polvorientas hacen mella en mis zapatos y un limpiabotas me hace un servicio. Me muestra una foto con sus cinco hijos, me pregunta por mi mujer y mis hijos. No tengo. ¿Por que? Por que Alá no ha querido, le respondo presa del síndrome de Estocolmo. Él me habla de sus viajes a Jordania, Irak y Sudán. Muy buena gente en Sudán, pero poco trabajo.



Mi cámara se ha quedado sin batería y decido volver al hotel a por otra, el día está siendo muy productivo en imágenes y no me apetece parar. Tomo un taxi, el taxista se llama, como no, Muhammad y no habla inglés. Por el camino me dá la risa sobre su forma de conducir y la de los otros conductores, no hay clemencia con el peatón. Estos días he cogido frío y tengo algo de tos, y Muhammad me dice que debería tomar una caramelo o algo de jarabe haciendo en gesto como de frotarse el pecho. Me señala un puesto donde venden caramelos y le digo que gracias, que no es necesario.



Un par de minutos más tarde, aprovechando un semáforo Muhammad se baja del coche y se va corriendo. Yo me quedo perplejo, a los dos minutos el semáforo se pone en verde y los coches detrás hacen sonar sus bocinas. Al poco tiempo llega Muhammad jadeante, me tiende un puñado de caramelos Halls para la tos y arranca. Se lo agradezco efusivo. Eso es atención al cliente. Estoy asombrado, y me acuerdo de los avinagrados taxistas de Madrid, que jamás me han dado más que los buenos días y eso si acaso.



Muhammad me deja en hotel y le digo que vuelva en quince minutos mientras repongo mi cámara. La verdad es que después de esperarle durante veinte minutos no apareció y ya hacía frio así que me quedo en el hotel a ducharme y cenar. Mi intención es salir por la noche después de cenar y escribir estas líneas.

Dí­a 2. El Cairo, primeras impresiones

He querido descansar a fondo para afrontar la exploración. El objetivo es estar preparado para cualquier contingencia, al tiempo que no parecer un turista común. Lo consigo llevando encima lo mínimo, nada de mochilas ni riñoneras, y vistiendo con normalidad, nada de pantalones cortos ni elegancias extremas. Un poco descuidado, cosa que se me da bien. Poco dinero, y en vez de documentación, fotocopias. El resto se queda en la caja fuerte de la habitación.

Primera toma de contacto. Salgo del hotel a ver la Corniche au Nil, el paseo que transcurre a la orilla del Nilo. Para ello sólo hay un problema: cruzar la arteria de ocho carriles que hay al pié del hotel. No hay paso de peatones a la vista ni nada que se parezca y veo a la gente cruzar a la brava, así que le echo valor y me arrojo cuando veo un hueco, ya estoy en la mediana. Ahora la otra mitad. veo a una señora que sortea los coches con tranquilidad y decisión y decido emularla. Bien, conseguido.

La Corniche está llena de ociosos especimenes egipcios de género fundamentalmente masculino, aunque se ve alguna pareja sentada en los bancos. Algunos turistas, pero pocos. El Nilo fluye al pie, y los gatos proliferan. Hay barcazas de paseo para turistas con música pop árabe a alto volumen, pero sólo veo animarse a algún egipcio. También alguna falúqa de paseo.

El paseo dura diez minutos y decido volver al hotel. Tengo que cruzar otra vez, esta vez me cuesta más, uf! Será mejor que me planifique, así que voy al bar de la terraza del hotel a hacer un plan. Concluyo que voy a hacer una incursión profunda en la dirección opuesta, hacia el corazón de la ciudad, y con suerte llegar hasta el Cairo Islámico, la parte medieval de la ciudad. Sí.

Inmersión. Esta vez no cruzo la arteria y rodeo el hotel. Paso junto al soso edificio de la Liga árabe que está junto al mismo, y junto a la sombría Mogamma (no, no es mojama) que es como el edificio de Nuevos Ministerios de Madrid, pero en egipcio. Es proverbial en el país el papeleo inútil y la constante burocracia kafkiana de los quince mil funcionarios que moran en sus tripas. Hay relatos de gente que se ha suicidado desesperada tirándose por el hueco de su amplia escalera, hay incluso una película en la que el edificio es tomado por unos sencillos ciudadanos que intentan cambiar el sistema, pero que son convencidos a deponer las armas a cambio de un plato de cordero.



Atravieso a las bravas el cruce de la rotonda de Midan Tahrir en la que confluyen amplias arterias, hago como todo el mundo, porque no hay pasos de peatones y los semáforos son sólo para los conductores. Los semáforos, al ser respetados aleatoriamente se convierten en más peligrosos que si no estuvieran. A partir de aquí empiezan las calles de tamaño más normal y el trabajo de peatón se simplifica.

Según me interno en el centro, la actividad comercial se intensifica. Cada tanto, hay sombríos cafés en las que ociosos machos fuman pipas de agua. Me llama la atención que la mayoría de ellos están solos pasando el rato. Me fijo en cuántas mujeres llevan el pelo cubierto con un hiyab, son la gran mayoría. Yo diría que sólo una de cada veinte o treinta llevan la cabeza descubierta. Algunas de ellas serán mujeres musulmanas con carácter, otras imagino que serán cristianas coptas.

No hay nombres en casi ninguna calle, pero voy encontrando mi dirección y sólo me pierdo una vez. Observo cada zona está especializada en un tipo de comercio. Primero atravieso la zona de material informático, luego la de teléfonos móviles, después la de las maletas y luego la de los electrodomésticos. Entre las tiendas abigarradas repletas de objetos que se desbordan en las calles y el tráfico sólo hay una franja por la que hay que caminar con cuidado.

El rugido del intenso tráfico se mezcla con un aullido de fondo de sirenas y bocinazos. Los conductores hacen un uso intensivo del claxon. Por lo que veo lo usan, no porque haya un peligro concreto, sino para marcar su posición a los otros conductores y a los peatones, así a falta de otras normas, se guardan las cortas distancias a oído. Deduzco que en Cairo es más fácil ser atropellado por sordo que por ciego.

Llego a un vibrante mercado de ropa situado en la plaza de Midan Ataba en la que confluyen numerosas arterias y pasos elevados. Priman las marcas globales: adidas, nike y las camisetas de equipos de fútbol en mesas improvisadas sobre el asfalto. Ropa interior de señora de vivos colores en cestas.

Mi disfraz de medio persona discreta y mi mirada antiturística funciona bastante bien, casi nadie me dice nada mientras los vendedores asaetean a los evidentes turistas. Me pierdo por unas callejuelas en las que la basura se amontona añeja y algunos ropavejeros venden trapos.

Me interno en el Cairo antiguo por la calle Muski, no muy ancha, peatonal llena de comercios variopintos. Me llama la atención una frondosísima tienda de plantas de plástico. Tienen macetas de todos los tamaños, buganvillas de plástico que suben por la fachada y ristras de flores de plástico que caen desde el techo. Hay muchos gatos por todas partes. Un hombre me acerca una serpiente cobra a la cara y acelero el paso.



Me estoy acercando a algo porque cada vez veo más turistas mezclados con los egipcios. Y los egipcios cada vez van vestidos menos a la occidental para vestir más a la oriental, con chilaba y turbante. Sí, me acerco al mercado de Al-Khalili, un zoco repartido por callejuelas en las que se venden no sólo cosas para los turistas (como todo tipo de merchandising faraónico y papiros de pega) sino también antigüedades, especias y esencias de perfume. Hay puestos de fritanga, pero no me atrevo con ello, todo tiene una pinta muy sospechosa y decido no comer por allí y esperar a la vuelta al hotel. Muchos turistas. A los españoles se les reconoce a la legua y parecen los más numerosos, seguidos por los italianos.



Paso junto a la mezquita de Al-Hussein en la que se guarda la cabeza de un nieto del profeta del mismo nombre, el que mataron en Kerbala (el que da origen al Islam Shií) y que por semejante relicario es uno de los lugares sagrados del Islam. La mezquita, reconstruida, no es interesante y debido al fiambre que alberga no dejan entrar a infieles, así que me dirijo a la otra mezquita importante de la zona, la de Al-Azhar, del siglo X. Esta mezquita es también una madrasa y según dicen aquí es la universidad más antigua del mundo en funcionamiento. Veo que los fieles dejan sus zapatos en la entrada y hago lo mismo, me interno, aquí no hay turistas. Llego a un patio de mármol amplio y tranquilo, alrededor hay estancias en las que los ulemas dan sus clases con la puerta abierta y los estudiantes (de ambos sexos) se aplican en lo que parecen árboles genealógicos dibujados en una pizarra.



Llego a la mezquita propiamente dicha, a la sala de oraciones que recuerda a la mezquita de córdoba y parece muy antigua. Me asomo y veo que de espaldas a la quibla hay un grupo de notables con pinta de hombres santos (¿Imams?) que están recitando el Corán por turnos mientras otros fieles escuchan sentados frente a ellos en las alfombras y unos pocos en sentados algún banco. Me aventuro a entrar y escuchar la letanía. A oídos de un riojano suena muy exótico, oriental. Los más viejos lo hacen bien, con ritmo y aplomo, cuando le toca a uno más joven se le ve más inseguro, los viejos le corrigen de vez en cuando.

Permanezco mucho rato escuchando ensimismado, hasta que el hombre que está a mi lado que lleva una chilaba y unas gafas doradas muy grandes al estilo del país me pregunta algo, le digo que no le entiendo y me señala el reloj. Se lo enseño, son las cuatro. Unos minutos más tarde me pregunta en un inglés básico que de dónde soy. Spain. ¿Y es usted musulmán? Le respondo que no. ¿Y por qué está aquí? me pregunta cortésmente. Le respondo que por que tengo ganas de conocer. Eso le sorprende y le complace. Me dice que él es de Suez y trabaja en Cairo como profesor de estudios islámicos. Quiere visitar Al-Andalus. No pensaba que se podía departir así en una mezquita, pero el experto en Islam es él, así que charlamos animadamente en un inglés torpe por el que se disculpa varias veces.

Al poco tiempo me comenta que los responsables de los atentados de Madrid no eran buenos musulmanes y que el Islam es una religión de paz. Me pregunta si estoy contento de que los soldados españoles hayan salido de Irak y le digo que sí, que estoy muy contento por ello, y que participé en las manifestaciones contra la guerra. Se le ilumina el rostro. Eso me convierte en su hermano para siempre, o eso parece. Hablamos un rato y critica a EEUU y sobre todo a Bush. Me dice que Clinton, aunque tuvo algo con una mujer -y hace un gesto como de cosa de poca monta- era un buen hombre y que fue bueno para Oriente Medio.

Al final me dice que está muy contento de poder haber hablado conmigo para transmitirme que todo el pueblo egipcio siente mucho lo ocurrido en Madrid y que quiere que se lo diga al pueblo español. Le digo que así haré. Nos despedimos y al levantarse veo que cojea y que usa muletas. Su nombre, Muhammad Alí. Creo que se ha ido feliz, y yo también me siento contento. Estos son los momentos que hacen que un viaje merezca la pena.

A la salida de la mezquita un hombre me pide dinero por guardar mis zapatos. Le doy dos libras, me calzo y salgo. Atravieso la calle Al-Azhar y entro en otras callejuelas comerciales abigarradas con pequeñas mezquitas antiguas a cada paso. Por aquí no hay turistas. En estas calles se vende sobre todo ropa, y me cruzo con dos mujeres que llevan grandes fardos en la cabeza. Veo a un fabricante de sombreretes turcos, de esos rojos con un cordel negro. Les da la forma en un molde que se calienta al fuego.



Entro por una callejuela angosta y sucia en la que hay muchos hombres atareados no sabría decir en qué y vestidos con chilaba. Qué pintoresco. Intento hacer una foto discreta y salta el flash. Lo arreglo con una sonrisa que es correspondida. No problem.



Estoy cansado, decido volver al hotel y vuelvo casi por el mismo camino. Pienso en lo diferente que es esto de nuestras ciudades en España, en lo que puede sentir un egipcio que pasee por las limpias calles de Logroño, sin gritos, sin tanto tráfico. Imagino que sentiría un frío intenso.

Ya me he hecho a cruzar las calles a lo loco. Es menos peligroso de lo que uno imagina, ya que aunque hay mucho tráfico, esta va siempre bastante despacio y procuran no atropellarte. En esto se diferencia de Palermo. Los sicilianos tampoco respetan las reglas, pero conducen más deprisa y con más agresividad. Los Egipcios conduciendo son anárquicos, ruidosos, contaminantes y lentos. En cinco horas no he visto atropellar a nadie, aunque me mosquea que haya tantos cojos. Igual se atropellan discretamente.

Por el camino, veo en el suelo a una anciana vestida de negro que tiene la cabeza entre las manos y que vende unos pocos paquetes de papel higiénico, parece desesperada. Decido comprarle uno y le doy cincuenta libras egipcias, unos cinco euros y medio, y le digo que no quiero vueltas, sé que no las tiene. Al principio no lo cree pero insisto, mira al cielo y no entiendo lo que exclama, pero estoy seguro de que le está dando gracias a Dios. A los pocos pasos me vuelvo a mirarla y sigue gesticulando a los cielos. Ha hecho el día, y yo también.

En el hotel me echo una siesta y ceno pronto. Me pongo a escribir estas descuidadas líneas. Descargo las fotos en el ordenador, sólo he hecho unas pocas porque estaba demasiado atareado absorbiendo tanta novedad. Creo que sólo puede uno dedicarse a hacer fotos en serio cuando ya pisa firmemente el terreno en el que se encuentra. Espero hacer más fotos mañana.

Ah, me ha entrado el ataque creativo por la noche y he creado este Blog en nortemagnetico para publicar mis notas. ¡Hola a todos!

domingo 13 de marzo de 2005

Dí­a 1. Viaje y aterrizaje

Casi me quedo en tierra porque el vuelo tenía overbooking, menos mal que una majísima chica de Iberia me ha sacado del paso perjudicando en mi lugar a un pasajero todavía no presentado, según ella ya no quedaban más asientos libres en el avión, y eso que me he presentado en el mostrador hora y media antes de la salida.

El vuelo ha sido largo. Iberia nos apretuja en los angostos asientos para extraer más beneficios del vuelo que venía repleto. La comida, mala, como es habitual. Me ha tocado en el pasillo, por lo que no he podido disfrutar de las vistas. Me leo varias revistas y aprendo los fundamentos de PHP en un libro. El aterrizaje, muy suave. Algunos pasajeros latinoamericanos aplauden entusiastas la maniobra. Ya estoy en África.

Entro en la terminal, que es como Aeropuerto 77 con desconchones. Llego de los primeros al control de pasaportes y la cosa se complica, me dicen que tengo que volver atrás a comprar unas pólizas para el visado. Las pago con un billete de 20 euros y me dan un fajo de billetes untosos a modo de vueltas. Libras egipcias. Cuando vuelvo ya he perdido mi ventaja sobre el pelotón y tengo que hacer cola. Me toca, por fin, y un policía muy árabe, con bigote, malencara mi destrozado pasaporte y me pregunta si tengo alguna otra identificación, le digo que no y me dice que espere en un aparte.

En el rincón me encuentro con un español desconsolado al que le han dicho que no se parece a la foto de su pasaporte. Me pregunta cómo saldremos de esta. Le digo que no creo que haya que preocuparse. A él se le ve profundamente inofensivo, una mosquita muerta, y eso los policías lo valoran. Eso no se lo digo.

La estancia se prolonga por media hora, ya han pasado todos los pasajeros. No pierdo la calma, sólo pienso en mi maleta girando sola en la cinta de equipajes, o peor aún, suspendida de alguna mano ajena. Providencialmente aparece un funcionario simpático y me pregunta cómo es mi maleta para traérmela. Blue, big. A los cinco minutos aparece con ella. Le doy las gracias, es muy majo. Esta gente no se organiza tan mal como parece.

Diez minutos después vuelve el policía muy árabe con su bigote y me hace algunas preguntas: ¿es usted español? ¿tiene más identificaciones? ¿es su primera visita a Egipto? ¿por qué su pasaporte está tan deteriorado? Porque viajo mucho. Le enseño un sello entrada del aeropuerto de Frankfurt y un resguardo de tarjeta de embarque a Atenas. Parece convencido. Vuelve a desaparecer. Buenas noticias, me devuelve el pasaporte con el visado sellado y me aconseja renovar el pasaporte. Ah, el español que no se parecía a su foto también pasa.

Salgo afuera, decido contratar un taxi a un tipo que me da menos mala espina que otros. Cuando estoy metiendo las maletas en el maletero me acuerdo de que con la confusión me he dejado las revistas en el aparte, y el móvil, y mi boli de pensar, maldición! Les hago sacar todo y vuelvo, me compaña el tipo del taxi que resulta ser mi ángel de la guarda. Convence a los policías de que me guarden las maletas y me dejen entrar a la zona de equipajes, otros policías me dejan rebasar el ahora desierto control de pasaportes y llegar al aparte donde me esperaba paciente mi bolsita. La seguridad es laxa. Si hubieran sido picoletos otro gallo me habría cantado.

Hecho todo sonrisas despido al contingente policial y a mi ángel de la guarda y me subo en el taxi. Por cierto, son las una de la noche y soy el último pasajero en dejar la terminal. Otro policía nos para en un control y me hace escribir mi nombre en un cuaderno, deduzco que es para evitar que algún taxista desvalije y asesine al turista sin que se entere ni Cristo. En esta ciudad hay policías por todas partes.

Atravesamos Heliópolis y luego el Cairo, barrios modernos, no demasiado pulcros, con letreros y luminosos que anuncian de todo con chicas sonrientes de melena morena descubierta. Llegamos al hotel donde antes de llegar a la entrada nos hacen un control de seguridad, miran el maletero y los bajos del coche y nos dejan pasar. Paso un detector de metales. Subo en el ascensor, que comparto con una chica de ojos grandes y oscuros, muy egipcia, muy guapa. Nos miramos abiertamente, pero el trayecto es corto y me bajo en el segundo piso. El hotel y la habitación son un poco vetustos, pero amplios. Me conecto un momento a Internet desde el centro de negocios y allí mismo una obesa odalisca cuarentona me aborda dulcemente para ofrecerme un masaje en mi habitación. Mi rechazo es cortés y me esfumo.

Pido una cena en mi habitación sin vistas al Nilo y al poco me traen un festín por la módica suma de diez euros. Fuera de casa el Euro demuestra alguna ventaja. Mi cama no es doble, es triple. Arropado, tecleo estas líneas y descubro que son ya las cuatro de la mañana. Ala, a dormir un poco que ya toca, no?