He querido descansar a fondo para afrontar la exploración. El objetivo es estar preparado para cualquier contingencia, al tiempo que no parecer un turista común. Lo consigo llevando encima lo mínimo, nada de mochilas ni riñoneras, y vistiendo con normalidad, nada de pantalones cortos ni elegancias extremas. Un poco descuidado, cosa que se me da bien. Poco dinero, y en vez de documentación, fotocopias. El resto se queda en la caja fuerte de la habitación.
Primera toma de contacto. Salgo del hotel a ver la Corniche au Nil, el paseo que transcurre a la orilla del Nilo. Para ello sólo hay un problema: cruzar la arteria de ocho carriles que hay al pié del hotel. No hay paso de peatones a la vista ni nada que se parezca y veo a la gente cruzar a la brava, así que le echo valor y me arrojo cuando veo un hueco, ya estoy en la mediana. Ahora la otra mitad. veo a una señora que sortea los coches con tranquilidad y decisión y decido emularla. Bien, conseguido.
La Corniche está llena de ociosos especimenes egipcios de género fundamentalmente masculino, aunque se ve alguna pareja sentada en los bancos. Algunos turistas, pero pocos. El Nilo fluye al pie, y los gatos proliferan. Hay barcazas de paseo para turistas con música pop árabe a alto volumen, pero sólo veo animarse a algún egipcio. También alguna falúqa de paseo.
El paseo dura diez minutos y decido volver al hotel. Tengo que cruzar otra vez, esta vez me cuesta más, uf! Será mejor que me planifique, así que voy al bar de la terraza del hotel a hacer un plan. Concluyo que voy a hacer una incursión profunda en la dirección opuesta, hacia el corazón de la ciudad, y con suerte llegar hasta el Cairo Islámico, la parte medieval de la ciudad. Sí.
Inmersión. Esta vez no cruzo la arteria y rodeo el hotel. Paso junto al soso edificio de la Liga árabe que está junto al mismo, y junto a la sombría Mogamma (no, no es mojama) que es como el edificio de Nuevos Ministerios de Madrid, pero en egipcio. Es proverbial en el país el papeleo inútil y la constante burocracia kafkiana de los quince mil funcionarios que moran en sus tripas. Hay relatos de gente que se ha suicidado desesperada tirándose por el hueco de su amplia escalera, hay incluso una película en la que el edificio es tomado por unos sencillos ciudadanos que intentan cambiar el sistema, pero que son convencidos a deponer las armas a cambio de un plato de cordero.

Atravieso a las bravas el cruce de la rotonda de Midan Tahrir en la que confluyen amplias arterias, hago como todo el mundo, porque no hay pasos de peatones y los semáforos son sólo para los conductores. Los semáforos, al ser respetados aleatoriamente se convierten en más peligrosos que si no estuvieran. A partir de aquí empiezan las calles de tamaño más normal y el trabajo de peatón se simplifica.
Según me interno en el centro, la actividad comercial se intensifica. Cada tanto, hay sombríos cafés en las que ociosos machos fuman pipas de agua. Me llama la atención que la mayoría de ellos están solos pasando el rato. Me fijo en cuántas mujeres llevan el pelo cubierto con un hiyab, son la gran mayoría. Yo diría que sólo una de cada veinte o treinta llevan la cabeza descubierta. Algunas de ellas serán mujeres musulmanas con carácter, otras imagino que serán cristianas coptas.
No hay nombres en casi ninguna calle, pero voy encontrando mi dirección y sólo me pierdo una vez. Observo cada zona está especializada en un tipo de comercio. Primero atravieso la zona de material informático, luego la de teléfonos móviles, después la de las maletas y luego la de los electrodomésticos. Entre las tiendas abigarradas repletas de objetos que se desbordan en las calles y el tráfico sólo hay una franja por la que hay que caminar con cuidado.
El rugido del intenso tráfico se mezcla con un aullido de fondo de sirenas y bocinazos. Los conductores hacen un uso intensivo del claxon. Por lo que veo lo usan, no porque haya un peligro concreto, sino para marcar su posición a los otros conductores y a los peatones, así a falta de otras normas, se guardan las cortas distancias a oído. Deduzco que en Cairo es más fácil ser atropellado por sordo que por ciego.
Llego a un vibrante mercado de ropa situado en la plaza de Midan Ataba en la que confluyen numerosas arterias y pasos elevados. Priman las marcas globales: adidas, nike y las camisetas de equipos de fútbol en mesas improvisadas sobre el asfalto. Ropa interior de señora de vivos colores en cestas.
Mi disfraz de medio persona discreta y mi mirada antiturística funciona bastante bien, casi nadie me dice nada mientras los vendedores asaetean a los evidentes turistas. Me pierdo por unas callejuelas en las que la basura se amontona añeja y algunos ropavejeros venden trapos.
Me interno en el Cairo antiguo por la calle Muski, no muy ancha, peatonal llena de comercios variopintos. Me llama la atención una frondosísima tienda de plantas de plástico. Tienen macetas de todos los tamaños, buganvillas de plástico que suben por la fachada y ristras de flores de plástico que caen desde el techo. Hay muchos gatos por todas partes. Un hombre me acerca una serpiente cobra a la cara y acelero el paso.

Me estoy acercando a algo porque cada vez veo más turistas mezclados con los egipcios. Y los egipcios cada vez van vestidos menos a la occidental para vestir más a la oriental, con chilaba y turbante. Sí, me acerco al mercado de Al-Khalili, un zoco repartido por callejuelas en las que se venden no sólo cosas para los turistas (como todo tipo de merchandising faraónico y papiros de pega) sino también antigüedades, especias y esencias de perfume. Hay puestos de fritanga, pero no me atrevo con ello, todo tiene una pinta muy sospechosa y decido no comer por allí y esperar a la vuelta al hotel. Muchos turistas. A los españoles se les reconoce a la legua y parecen los más numerosos, seguidos por los italianos.

Paso junto a la mezquita de Al-Hussein en la que se guarda la cabeza de un nieto del profeta del mismo nombre, el que mataron en Kerbala (el que da origen al Islam Shií) y que por semejante relicario es uno de los lugares sagrados del Islam. La mezquita, reconstruida, no es interesante y debido al fiambre que alberga no dejan entrar a infieles, así que me dirijo a la otra mezquita importante de la zona, la de Al-Azhar, del siglo X. Esta mezquita es también una madrasa y según dicen aquí es la universidad más antigua del mundo en funcionamiento. Veo que los fieles dejan sus zapatos en la entrada y hago lo mismo, me interno, aquí no hay turistas. Llego a un patio de mármol amplio y tranquilo, alrededor hay estancias en las que los ulemas dan sus clases con la puerta abierta y los estudiantes (de ambos sexos) se aplican en lo que parecen árboles genealógicos dibujados en una pizarra.

Llego a la mezquita propiamente dicha, a la sala de oraciones que recuerda a la mezquita de córdoba y parece muy antigua. Me asomo y veo que de espaldas a la quibla hay un grupo de notables con pinta de hombres santos (¿Imams?) que están recitando el Corán por turnos mientras otros fieles escuchan sentados frente a ellos en las alfombras y unos pocos en sentados algún banco. Me aventuro a entrar y escuchar la letanía. A oídos de un riojano suena muy exótico, oriental. Los más viejos lo hacen bien, con ritmo y aplomo, cuando le toca a uno más joven se le ve más inseguro, los viejos le corrigen de vez en cuando.
Permanezco mucho rato escuchando ensimismado, hasta que el hombre que está a mi lado que lleva una chilaba y unas gafas doradas muy grandes al estilo del país me pregunta algo, le digo que no le entiendo y me señala el reloj. Se lo enseño, son las cuatro. Unos minutos más tarde me pregunta en un inglés básico que de dónde soy. Spain. ¿Y es usted musulmán? Le respondo que no. ¿Y por qué está aquí? me pregunta cortésmente. Le respondo que por que tengo ganas de conocer. Eso le sorprende y le complace. Me dice que él es de Suez y trabaja en Cairo como profesor de estudios islámicos. Quiere visitar Al-Andalus. No pensaba que se podía departir así en una mezquita, pero el experto en Islam es él, así que charlamos animadamente en un inglés torpe por el que se disculpa varias veces.
Al poco tiempo me comenta que los responsables de los atentados de Madrid no eran buenos musulmanes y que el Islam es una religión de paz. Me pregunta si estoy contento de que los soldados españoles hayan salido de Irak y le digo que sí, que estoy muy contento por ello, y que participé en las manifestaciones contra la guerra. Se le ilumina el rostro. Eso me convierte en su hermano para siempre, o eso parece. Hablamos un rato y critica a EEUU y sobre todo a Bush. Me dice que Clinton, aunque tuvo algo con una mujer -y hace un gesto como de cosa de poca monta- era un buen hombre y que fue bueno para Oriente Medio.
Al final me dice que está muy contento de poder haber hablado conmigo para transmitirme que todo el pueblo egipcio siente mucho lo ocurrido en Madrid y que quiere que se lo diga al pueblo español. Le digo que así haré. Nos despedimos y al levantarse veo que cojea y que usa muletas. Su nombre, Muhammad Alí. Creo que se ha ido feliz, y yo también me siento contento. Estos son los momentos que hacen que un viaje merezca la pena.
A la salida de la mezquita un hombre me pide dinero por guardar mis zapatos. Le doy dos libras, me calzo y salgo. Atravieso la calle Al-Azhar y entro en otras callejuelas comerciales abigarradas con pequeñas mezquitas antiguas a cada paso. Por aquí no hay turistas. En estas calles se vende sobre todo ropa, y me cruzo con dos mujeres que llevan grandes fardos en la cabeza. Veo a un fabricante de sombreretes turcos, de esos rojos con un cordel negro. Les da la forma en un molde que se calienta al fuego.

Entro por una callejuela angosta y sucia en la que hay muchos hombres atareados no sabría decir en qué y vestidos con chilaba. Qué pintoresco. Intento hacer una foto discreta y salta el flash. Lo arreglo con una sonrisa que es correspondida. No problem.

Estoy cansado, decido volver al hotel y vuelvo casi por el mismo camino. Pienso en lo diferente que es esto de nuestras ciudades en España, en lo que puede sentir un egipcio que pasee por las limpias calles de Logroño, sin gritos, sin tanto tráfico. Imagino que sentiría un frío intenso.
Ya me he hecho a cruzar las calles a lo loco. Es menos peligroso de lo que uno imagina, ya que aunque hay mucho tráfico, esta va siempre bastante despacio y procuran no atropellarte. En esto se diferencia de Palermo. Los sicilianos tampoco respetan las reglas, pero conducen más deprisa y con más agresividad. Los Egipcios conduciendo son anárquicos, ruidosos, contaminantes y lentos. En cinco horas no he visto atropellar a nadie, aunque me mosquea que haya tantos cojos. Igual se atropellan discretamente.
Por el camino, veo en el suelo a una anciana vestida de negro que tiene la cabeza entre las manos y que vende unos pocos paquetes de papel higiénico, parece desesperada. Decido comprarle uno y le doy cincuenta libras egipcias, unos cinco euros y medio, y le digo que no quiero vueltas, sé que no las tiene. Al principio no lo cree pero insisto, mira al cielo y no entiendo lo que exclama, pero estoy seguro de que le está dando gracias a Dios. A los pocos pasos me vuelvo a mirarla y sigue gesticulando a los cielos. Ha hecho el día, y yo también.
En el hotel me echo una siesta y ceno pronto. Me pongo a escribir estas descuidadas líneas. Descargo las fotos en el ordenador, sólo he hecho unas pocas porque estaba demasiado atareado absorbiendo tanta novedad. Creo que sólo puede uno dedicarse a hacer fotos en serio cuando ya pisa firmemente el terreno en el que se encuentra. Espero hacer más fotos mañana.
Ah, me ha entrado el ataque creativo por la noche y he creado este Blog en nortemagnetico para publicar mis notas. ¡Hola a todos!