Día 10. La amable Sidón
Hoy, ya con confianza plena en mis dotes como conductor asiático, he enfilado la moderna autopista que pasa junto a la ciudad deportiva y al aeropuerto, ambos completamente reconstruidos. En media hora he recorrido el trecho de cuarenta kilómetros que separa Beirut de Sidón, Saida en árabe, la ciudad que junto con Tiro dominaba el comercio en el Mediterráneo hace veinticinco siglos.

A primera vista, la capital del sur del Líbano es una ciudad relativamente ordenada, con un centro urbano moderno y abundante actividad comercial. Y por mi experiencia habitado por una gente muy amable. Una vez el centro, dejo el coche en un espacio controlado por un anciano aparcador profesional que me reclama peaje, extorsión a la que accedo. En mi camino hacia la ciudad vieja, paso junto a una pollería que tiene un material muy fresco.


Sabiendo que la guía es poco fiable en cuentión de mapas urbanos, la he dejado en el coche y me he lanzado a la brava a buscar el puerto antiguo, para lo que tengo que atravesar la ciudad vieja. Entrar en ella es penetrar en un oscuro laberinto de callejuelas, túneles y arcos de piedra con los que las casas se apoyan unas en otras. Esto hace que sea un lugar bastante oscuro aunque, a diferencia de Trípoli, lo encuentro bastante limpio.

Por las calles discurren marañas de cables con los que los habitantes se dotan, creo que de forma fraudulenta, de electricidad para sus casas. De hecho, toda la ciudad está cubierta de una tupida red de cables que trepan por las paredes, se enroscan en los postes y atraviesan el cielo de las calles.
Los pocos espacios a los que llega la luz del sol son pequeñas plazas que me salen al paso, en las que los niños andan en bicicleta y juegan al fútbol o a una especie de bádminton con palas de madera. Deduzco que en la ciudad hay presencia palestina, dado que en las paredes encuentro carteles de Al Fatah y también alguna foto de Yasser Arafat. Además de los ubicuos carteles con la efigie de Hariri, hay multitud de posters, ilegibles para mi, con personas que me son desconocidas.

En todo mi recorrido no me cruzo con ninguna otra persona que parezca un turista. La verdad es que la guía habla de Sidón como un lugar con poco atractivo, pero el barrio antiguo me está pareciendo una maravilla de autenticidad que ya quisieran para sí ciudades con más tirón turístico.
Mi sentido de la orientación no me falla y emerjo al otro lado de la ciudad vieja. Llego al puerto, utilizado en su mayoría por pequeñas barcas de pesca. Es la hora en la que muchas de ellas regresan de la faena diaria. En el muelle se amontonan las redes y los pescadores se dedican a repararlas con grandes agujas. Recuerdo que en España esta es una tarea reservada con frecuencia a las mujeres de los pescadores, pero aquí sólo veo a hombres enfrascados en la tarea.

Cerrando la boca del puerto se halla la antigua fortaleza de tiempos de los cruzados, el Castillo del Mar, uno de los pocos testigos del pasado de la ciudad, que fue saqueada innumerables veces. La mayoría de los posibles vestigios de la éra fenicia se encuentran enterrados bajo los edificios de épocas más modernas.

Junto al puerto hay una explanada donde se aparcan los camiones. No pierdo la oportunidad de fotografiar uno de los muchos viejos camiones Mercedes de los que proliferan en las carreteras del país. Son muy apreciados por estar hechos a prueba de bomba. Me encantan.

Junto a los camiones, encuentro un pequeño astillero en el que se fabrican barcas de pesca. Pregunto a los carpinteros si puedo hacerles fotos y muy amables me dicen que sí. Lo hago mientras continúan su faena. Me despido agradecido.

De vuelta, me interno de nuevo en la penumbra del casco viejo. Voy girando a izquierda y derecha por las galerías y encuentro muchas tiendas y talleres, mezclados con cafés y barberías. Todo el lugar es un zoco, al tiempo que lugar de descanso, de charla, de juego...


En un local veo a un hombre remover el espeso contenido de un caldero puesto al fuego y me detengo a observarlo. Le pregunto con un gesto como de frotar si está haciendo jabón, se ríe y me hace el gesto de comer. Me invita a entrar y me enseña la mercancía en venta, está fundiendo azúcar para hacer caramelos. Es hombre muy majo, no hay más que verle. Le pregunto si le puedo hacer una foto y posa encantado.

Más adelante encuentro un puesto de dulces en el que, además de los típicos bizcochos y dulces de miel, veo unas cajas de cartón con letras en árabe que me resultan atractivas. Me quedo mirándolas preguntandome qué contienen. El tendero advierte mi curiosidad, toma una de ellas y la abre para mi. Me tiende lo que parece ser un dulce de color rosa cubierto de azúcar glacé para que lo pruebe. No, no, thank you. Pero el amable señor insiste, así que lo cojo y le doy un mordisco a la cosa esa. Mmmm... Good! Le sonrío un momento y me despido con un gesto apresurado. La curiosidad mató al gato. Ptuf. Ptuf. ¡Qué porquería! En mi vida he probado algo que sepa más a detergente químico, eso sí, con muchísimo azúcar. Fotografío el objeto con actitud forense y lo hago desaparecer de inmediato.

Ya es de noche, así que me despido de Sidón. Llaman a la oración. Unos policías en uniforme de camuflaje gris están desmontando un control en la salida de la ciudad y dirigen la circulación. Ya en la autopista, el tráfico está tranquilo y en media hora llego a Beirut, donde aparco sin problemas. Creo que mañana me aventuraré más al sur, hasta Tiro.

Por la noche he salido a tomar unas cervecitas. He quedado en un lugar llamado 1975, por el año en el que se inició la guerra civil. Una vez en la calle Monot, sólo he tenido que preguntar a unos transeuntes para encontrarlo. ¿Ves el Ferrari que está ahí aparcado? Pues justo detrás. El local está decorado con pintadas, sacos terreros, impactos de bala en las paredes, parafernalia militar y hasta un muñeco de un guerrillero con la bandera libanesa. La música ambiente son canciones de trinchera de la época de la guerra.


El bar ha sido polémico desde su apertura porque, a juicio de algunos, banaliza la guerra y trae malos recuerdos. En la misma calle, o a la vuelta de la esquina, hay edificios destruídos, estos sí, de verdad.
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