Día 11. Si me pierdo, no me busquéis en Tiro
Esta mañana la he dedicado a buscar otro hotel el el que alojarme. El Meridien es bastante caro y dado que he decidido pernoctar en Beirut cada día, tengo que encontrar una alternativa más económica. He encontrado algunos hoteles en los alrededores en los que puedo alojarme por menos de la mitad de precio. Mañana me cambio.
Mientras buscaba hotel he encontrado un café muy agradable en el que hacer mi lectura matutina de la prensa. Tienen conexión inalámbrica a Internet, la gente que lo atiende es amable y sirven un cacao buenísimo. ¡Qué más se puede pedir!
Decido salir hacia Tiro antes de comer para no perder tiempo, ya encontraré algo por el camino. Recorro el camino familiar hasta Sidón y continúo hacia el sur por la autopista. Pasado Sidón la autopista continúa un trecho y encuentro algún cartel que me recuerda las particularidades políticas del Sur.

Al cabo de unbos kilómetros, la autopista se termina abruptamente sin más señalización que unos bidones marcando el final y un pequeño cartel manuscrito a brocha que señala el desvío. Si llego, a ir despistado me estampo contra la montaña. Ya por una carretera, me detengo en numerosos controles militares. En cada uno hay que pararse junto a un soldado que me mira un momento a los ojos y hace una señal de continuar.
El paisaje es menos montañoso que en el norte, con abundantes plantaciones de plátano e invernaderos. La carretera tiene baches que pueden tragarse medio coche. Casi me paso Tiro, lo he confundido con uno de los pueblos del camino y he tenido que preguntar en una gasolinera señalando en el mapa. Tyr, welcome, me dice el gasolinero.

Entro en la ciudad y encuentro numerosos retratos de políticos de Hezbollah y de Ayatolahs varios, incluyendo siempre a Jomeini, del que parece que guardan aquí imborrable recuerdo. Hay carteles de una feria comercial de productos de Irán. Los edificios son impersonales, y el día está muy nublado aunque no hace frío. Dejo el coche frente al puerto e inicio la exploración del lugar.

El puerto, de aguas oscuras, espesas y un tanto pútridas está lleno de embarcaciones de pesca. Entre ellas flota una réplica de un barco fenicio, y en el muelle se está construyendo otro, seguramente con vistas al turismo. Hago poco caso al puerto, que carece de ningún encanto, y me comienzo a rodear la península que forma el centro del pueblo en búsqueda de lugares de más interés.

Encuentro numerosos generadores diesel que braman humeantes generando electricidad. Caminando por la orilla del mar recorro campas desoladas y paso junto al cementerio del pueblo hasta llegar hasta las ruinas de la ciudad romana. Cuando llego están cerradas por una valla metálica y están desiertas, me pregunto si se podrán visitar.

Rodeando las vallas llego a la entrada. Una mujer shií, que comparte la caseta con su hijo y la abuela, me vende la entrada por tres euros. Me interno y veo que soy el único visitante de las ruinas. Unos cuantos perros vagabundos deambulan por el lugar y sopla el viento. Me concentro en disfrutar lugar en la medida de lo posible. Hay una calzada de mosaicos bastante bonitos y flanqueándola una arena, una palestra, unas termas y una cisternas. Los arqueólogos franceses que excavaron Tiro se encargaron de dejar levantadas unas cuantas columnas. En fin, tomo algunas fotos y llego a la orilla del mar. Una fila de rocas a lo lejos son los únicos restos del viejo puerto fenicio.


Vuelvo a la ciudad y atravieso algunas calles. Encuentro más generadores rugientes y los cables llenan el espacio entre las casas. Paso junto a una tienda de zapatos que me parece una de las pocas notas de color que he visto en toda la tarde y le hago una foto.

Llego de nuevo al puerto, se hace de noche y me entretengo viendo como los pescadores sacan una gran barca del agua con la ayuda de una grúa. Al rato, dejo Tiro con la seguridad de que no voy a volver jamás. Vuelvo a Beirut con un poco de prisa porque he quedado para salir a tomar algo con dos amigas, Zeina y Monika. Por el camino me acuerdo de que no he comido.

Ya en Beirut aparco el coche y como algo rápido. Tomo un taxi y le pido que me lleve a la iglesia de Saint Georges, en el centro. El taxista, que habla algo de español, no sabe dónde está y se pone a dar vueltas como un bobo, tengo que convencerle de que pregunte a un policía o llame a la emisora, pero por alguna razón que no alcanzo a comprender, no sirve de mucho. Al final le digo que me deje cerca del centro y camino hasta la Place de l'Etoile en la que recuerdo que hay una pequeña iglesia con un mosaico de San Jorge matando al dragón. ¿Es esta la iglesia de Saint Georges? Pregunto a un comerciante. Sí, me responde. Y me pongo a esperar a mis amigas.
Pasa el tiempo, no aparecen, y como no estoy seguro vuelvo a preguntar. Hay dos iglesias de Saint Georges me dicen, esta es la ortodoxa y hay otra maronita a la vuelta de la esquina. Merde! Llego tarde y ya se han ido. Tengo que volver al hotel a por el teléfono y volvemos a quedar. Me esperan en un italiano llamado Scoozi. Me disculpo y charlamos, tomo un vino blanco del Líbano que está bastante bueno. Monika es muy viajera y hablamos de lugares que hemos visitado y también me preguntan sobre mis impresiones del Líbano. Monika me habla de cómo pasó la guerra civil fuera del país y de cómo cada vez que volvía tenía que tomar una barca desde Chipre y desembarcar de noche de forma clandestina.
Luego vamos a un local muy agradable en el que están proyectando un video de los Doors (nueva época con Ian Ashbury). A Zeina le gusta mucho la música de los años sesenta y setenta y charlamos sobre el tema. Pasamos un buen rato. Me dicen que el sábado me van a llevar de excursión a Beiteddine que es un pueblo pintoresco con un palacio comparable a Aranjuez. Se lo agradezco mucho, son encantadoras. Nos vamos a dormir, que ellas trabajan mañana.
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