viernes 25 de marzo de 2005

Día 14. El Valle de la Bekaa y Baalbek

Hoy no me apetece mucho salir de Beirut. Hace un día estupendo y prefiero disfrutar del mar, pero como es mi último día disponible, me he propuesto visitar Baalbek y el valle de la Bekaa.

Así que me pongo en marcha. Salgo con el coche y no encuentro la salida hacia Damasco. Doy varias vueltas por suburbios de Beirut, pero como casi no hay señalización estoy a punto de tirar la toalla. Finalmente, mientras estoy mirando el mapa, un soldado se acerca a mi para que me quite de donde estoy, me he debido parar enfrente de un ministerio. Le señalo en el mapa la carretera a Damasco y me hace unas escuetas indicaciones que me son suficientes.

La carretera que une Beirut con Damasco trepa serpenteando por la montaña y acarrea un tráfico infernal. En ella, los conductores demuestran su temeridad adelantando en doble línea continua, sin visibilidad, y con tráfico en sentido contrario. En esto destacan sobre todo los Mercedes. Quedándose atrás, viejos camiones lanzan bocanadas de humo negro resoplando por el esfuerzo. Yo no me achanto, estos días me han convertido en un hijoputa al volante y a mi vuelta a España voy a ser un peligro. Al llegar collado que da al valle encuentro un control del ejército libanés. Como todas las ocasiones, paso sin problemas.





La carretera desciende y me interno en el Valle de la Bekaa, famoso ahora por sus vinos y por los restos arqueológicos de Baalbek, pero no hace mucho tiempo era más conocido por ser el reducto inexpugnable de la guerrilla libanesa y un territorio prohibido para cualquier occidental. Ahora está aquí concentrado el ejército sirio, que se ha retirado del resto del país y que se espera que pronto se retire definitivamente.

Cada poco me encuentro controles sirios. El aspecto y equipamiento de los soldados sirios es mucho más pobre que los libaneses. Sus soldados van sin afeitar, sujetan el kalashnikov de la correa y se desplazan en baqueteados camiones rusos. Con ellos tampoco hay ningún problema, no parece que quieran controlar nada, sólo hacer acto de presencia. Ayer me contaron un chiste sobre sirios: ¿Por qué es más tonto un sirio adulto que uno joven? Por que el adulto ha sido sirio por más tiempo. Los cristianos de aquí no los quieren ni ver.

El valle discurre paralelo a la costa y tiene a un lado las montañas que lo separan del mar y al otro la cordillera que separa el Líbano de Siria. Continúo por una pariente pobre de una autovía y, como podéis ver, encuentro algunos conductores que se aventuran por mi carril en sentido contrario. Yo estoy tan curado de espantos que cuando veo a un suicida de estos, le hago una foto mientras me aparto.



Llego a Baalbek y encuentro que la población no tiene el más mínimo interés. Los habitantes han intentado construir una mínima infraestructura turística, pero sin mucho acierto. De hecho, llego con hambre y no encuentro ningún restaurante que me ofrezca una mínima confianza, la mayoría están vacíos. Al final me tomo un pan de pita con pollo y un ayran (kéfir con sal) en un sitio en el que veo algo de animación.



Tomo un par de fotos. La presencia de Hezbollah es importante. Tienen todo el valle empapelado con su iconografía de guerrilla y ayatolahs. Al entrar en el pueblo he pasado frente a uno de los cuarteles de su milicia, que estaba guardado por dos guerrilleros armados con kalashnikov, como los sirios.



Los templos romanos están situados junto al pueblo, me acerco andando y me sorprendo de que no hay nadie cobrando la entrada. Nada más entrar encuentro el templo que con algunas dudas se ha atribuído a Baco. Es el que se mantiene en mejor estado de conservación y resulta majestuoso. Hay pocos visitantes, por lo que puedo disfrutar del lugar tranquilamente. En sus paredes hay grafittis dejados por visitantes de todas las épocas y culturas.





Después exploro los restos del vecino templo de Apolo. De él sólo quedan seis columnas en pie. (Un terremoto en el siglo dieciocho echó por tierra otras tres) y son las más altas de cualquier templo romano en el mundo. De hecho fue el mayor que se construyó en el Imperio, y no queda claro por qué se hizo en este lugar tan remoto. Frente a él, se halla un atrio monumental y una escalinata formada por descomunales bloques de piedra que estaban destinados a servir de entrada al templo.





El cielo está despejado y sobre las ruinas revolotean bandadas de palomas. Los árboles están en flor, y el aire seco de la montaña trae las llamadas a la oración desde las mezquitas del pueblo. Yo no soy muy amigo de los restos arqueológicos, pero Baalbek me impresiona bastante más que los templos griegos de Sicilia o los restos del foro romano. Me tomo mi tiempo y lo disfruto a fondo. La visita ha merecido la pena.



Después tengo que conducir otras dos horas de vuelta hasta Beirut. Doy un pequeño rodeo para echar un vistazo a la zona de los vinos y encuentro que el paisaje tiene algo de familiar, con su tierra ocre y sus cepas. El tráfico está tranquilo hasta el puerto, pero a partir de ahí la pronunciada bajada hasta la capital es una locura. Es viernes, casi de noche y el valiente Seat derrapa en las curvas, rebota en los baches y culebrea por la pronunciada bajada mientras los demás conductores conducen como demonios, no me quitan las largas y se pelean por llegar los primeros a ningún sitio. El viaje se me hace largo y me pierdo al entrar en Beirut, pero eso es lo de menos.

Cuando he llegado al hotel he hablado con Zeina y hemos quedado para mañana. Nos vamos de excursión a Beiteddine. Esta noche me voy a dar una vuelta por el bar en el que estuve ayer, que me gustó mucho.