martes 29 de marzo de 2005

Día 16. Venecia

En Milán hace frío y llueve. En el aeropuerto me cruzo con un grupo de turistas españoles que dan la nota con su atuendo de pantalones cortos de Coronel Tapioca y su bisoñez viajera: Pepe, que eh por aquiii. Tengo que esperar dos horas al vuelo a Venecia y tomo asiento en la sala de embarque.



Allí se me acerca una chica negra muy guapa con un niño y me pregunta si necesita una tarjeta de embarque. Casi no habla inglés. Echo un vistazo a su billete y le digo que sí la necesita, la acompaño al mostrador de Alitalia. Le pregunto que de qué país es y me responde algo ininteligible que no asocio con ningún país. Es muy simpática, pero casi no nos entendemos. Volvemos a la sala de embarque y se sienta a mi lado. El niño es muy mono y me mira con curiosidad.

Suben al avión unas cincuenta adolescentes americanas con sus profesoras que cotorrean sin parar, pero yo estoy molido y para cuando he contado cincuenta Oh my god! ya me he quedado dormido. Me despierto cuando el avión toca tierra. La pista está a rebosar de aviones de líneas aéreas de bajo coste. Eso me hace pensar que no va a tardar mucho antes de que empeore la ya terrible aglomeración turística de Venecia. En una muestra de buena organización italiana, las maletas tardan cuarenta y cinco minutos en aparecer por la cinta de equipajes. Oh my god!

Me hace ilusión tomar un vaporetto directamente hasta San Marco. Ya en el muelle del aeropuerto veo que hay mucha gente esperando, los barcos salen cada tres cuartos de hora y así voy a tardar por lo menos dos horas en llegar, y allí tengo que coger otro hasta Tronchetto que es donde me va a esperar mi padre. Desisto de mi intención y tomo un taxi que me lleva directamente en veinte minutos. Me encuentro con milord, mi padre, Enrique I el inquieto.

Dejamos mis maletas en el coche y tomamos el vaporetto hasta el puente de Rialto. El barco recorre el Gran Canal y la vista, a pesar de que ya he estado muchas veces en Venecia me impresiona. No hay lugar como este en el mundo. Siglos de acumulación de riquezas, obras de arte y construcción de palacios han dejado un paisaje de una riquza exuberante y decadente. Es el Domingo de Pascua y decenas de miles de turistas abarrotan el transporte, se agolpan en las calles y dejan sus duros en las tiendas de objetos de lujo. Tomamos un café y decidimos visitar el palacio Ducal, que no hemos visitado nunca a pesar de haber estado muchas veces en Venecia.



El palacio está tranquilo. La mayoría de los turistas se dedican a hacer cola para visitar la vecina San Marco y podemos recorrerlo tranquilos. Vamos recorriendo salas cada vez mayores hasta llegar a la sala del consejo, de enormes dimensiones y con capacidad para hasta mil quinientas personas. Allí se reunían en ocasiones especiales todos los nobles de la ciudad. El palacio está empapelado de frescos y pinturas del siglo XVII, la mayoría del taller de Tintoretto, que debía tener a decenas de asistentes pintando por metros. También hay numerosos cuadros de Veronese. La pintura de ambos nos parece aburrida y recargada. Atravesamos el puente de los suspiros, que une el Palacio Ducal con las mazmorras. Su interior es mucho menos romántico que su exterior. Imagino que el Dux quería tener acceso directo a los detenidos por su voluntad.

Comemos pasta en la pensione Widner, en San Zaccaria, que ya conocemos y nos resulta fiable. Después damos un paseo y quiero enseñar a mi padre el Paradiso Perduto, mi bar favorito de Venecia, que se encuentra en la Fundamenta de la Misericordia, pero lo encontramos cerrado mientras limpian después de la comida. Mala suerte. Estamos cansados, mi padre ha venido conduciendo desde Niza y yo sólo he dormido un par de horas en en vuelo desde Beirut así que decidimos ir al hotel y tomar el vaporetto desde Madonna dell Orto al aparcamiento de Tronchetto.



La zona de Orto es más obrera y humilde que otras zonas más monumentales de Venecia, pero a mi me gusta mucho por su tranquilidad y autenticidad. Aquí viven los verdaderos venecianos que trabajan en la ciudad, mientras que la mayoría de los palazzos del gran canal son hoteles o pertenecen a familias acaudaladas que prefieren residir en otros lugares.

Enrique I conduce el coche. Nos quedamos a dormir en un hotel de carretera en las afueras de Rovigo a unos cien kilómetros de Venecia. Aquí se queda normalmente mi padre cuando viene a trabajar a Italia y ya le conocen. Yo ya he estado también un par de veces. El hotel es popular en esta zona rural y es punto de reunión de muchas familias que vienen a cenar con toda la familia. Algunos días, después de la cena se despeja el salón y las parejas bailan polcas y mazurcas. En eso dejan ver la influencia austriaca en el norte de Italia.

Hemos pedido un risotto di pesce que resulta fallido, catastrófico. Esta gente no tiene ni idea de lo que es hacer un arroz caldoso de pescado, pero la culpa es nuestra porque ya sabíamos a lo que nos exponíamos.

Nos vamos a dormir pronto, que a milord le gusta madrugar.