Día 17. Turistas en la Serenissima y siesta por la laguna
Hoy nos hemos levantado a las siete de la mañana y al poco nos hemos lanzado de nuevo a la carretera. En una hora estamos en Venecia. A esta hora temprana de la mañana la niebla envuelve la ciudad y el ambiente está fresco y tranquilo. Es así cuando más me gusta recorrer el Gran Canal, con los palacios e iglesias surgiendo lentamente de la niebla según avanza el vaporetto. Exactamente así fue la primera vez que emocionado vi Venecia después de llegar en tren por mañana un día de 1996.

Nos bajamos en el muelle de Academia. Tomamos un cappucino en una cafetería y entramos en la Academia de las artes que aún está despejada y podemos disfrutar de las pinturas con detenimiento. La exposición esta ordenada cronológicamente, y lo que más nos gusta son las pinturas del siglo XIV y XV, los Belllinis sobre todo. Después nos hartamos de ver más Tintorettos y nos salvan el final algunos Canaletto. El paisajismo arquitectónico es un descanso frente a las innumerables escenas bíblicas del XVI y XVII, cuyos pintores agotaron el tema hasta la saciedad. Al final encontramos una exposición temporal dedicada a Carpaccio, que no está mal.

Caminamos por calles estrechas hasta san Rocco donde visitamos la Scuola Grande. Las salas son majestuosas, pero descubrimos que las pinturas están nuevamente a cargo del taller de Tintoretto y no nos detenemos mucho tiempo.

Luego vamos a la Plaza de san marco a tomar un vermouth en Florian, el café más antiguo (y probablemente el más caro) del mundo. Un martini y una copa de vino blanco nos cuestan aquí dieciocho euros, pero el lugar, con vistas al frente de la iglesia, merece la pena. Comemos en el restaurante del hotel Londra Palace, en san Zaccharia, bastante caro pero bien. El maialino di latte (rostrizo) está tierno y sabroso y lo acompañamos de un tinto de la Toscana que resulta correcto. De postre una tarta de bizcocho con crema y frutas. El café, como siempre por estas latitudes, riquísimo. Se puede volver, por eso lo apunto. Las calles ya están atestadas y después del festín mi padre echa de menos una siesta, así que decidimos tomar un vaporetto hasta las islas para que milord pueda dormitar un rato durante el viaje.

El barco avanza lentamente por la laguna y recorremos el Lido, Burano, Torcello y Murano antes de llegar de nuevo a Venecia. La travesía es agradable. Sale el sol y mi padre se envuelve en su trenka para la siesta. Yo tomo algunas fotos desde la popa del barco y disfruto del paisaje. Una familia italiana ha traído a bordo un gran perro que se duerme apoyando la cabeza en mis zapatos. Burano resulta pintoresco con sus casas pintadas de colores. Murano, bastante mayor, está lleno de factorías y tiendas de artesanía de cristal, y decidimos no bajar a visitarlo.

Al final hemos pasado la tarde con el viaje. Volvemos a Tronchetto a por el coche y regresamos al hotel. En la cena evitamos caer de nuevo en la trampa del risotto di pesce al piombo (plomo) y cenamos ligero. Ya en la habitación mi padre se duerme pronto y yo me dedico a repasar las fotos del viaje, cosa que no había hecho hasta ahora. En total son más de quinientas y hay algunas buenas. En los tiempos en los que la fotografía no era digital, hacer algo así me hubiese costado una fortuna, y no hubiese podido permitirmelo a menos que trabajase para el National Geographic.

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