martes 29 de marzo de 2005

Día 18. De Imola al lago de Como

Nos despertamos a las seis y media de la mañana para estar a primera hora en Imola, a unos cien kilómetros al sur. Los dos días de vacaciones con mi padre han terminado y ahora tiene que trabajar. La niebla del Valle del Po cubre la autopista y pasamos cerca de Bolonia. Hay mucho tráfico, como siempre en el norte de Italia, y los conductores locales (una bendición comparados con los árabes) conducen pegaditos unos a otros. Primero tenemos que visitar una de las fábricas que proveen de azulejos a mi padre para ver sus novedades y hacer acopio.

Yo me acomodo en una mesa entre los expositores de azulejos y escribo mis notas de los dos últimos días. La verdad es que me está costando mucho más encontrar una conexión a Internet en Italia que en el Líbano, por eso no he podido publicar puntualmente estos dos últimos días. En las dos horas que mi padre dedica a ver los azulejos de la empresa, yo tecleo mis notas sobre los días en Venecia.



Terminamos la visita y partimos en dirección a Milan. Comemos en un área de servicio de la autopista donde compro dos botellas de Frascati y una de Chianti. Se me ocurre la malévola idea de hacer una fiesta a mi llegada con los vinos italianos y libaneses que traigo conmigo. Por el camino nos atascamos dos veces debido al tráfico en las afueras de Bolonia Y Ravenna. Hacia las cuatro vistamos la fábrica en cuestión. A mi padre le interesan sobre todo las duchas. Yo asisto a la reunión intentando no evidenciar mi desinterés, estoy más preocupado por encontrar la forma de llegar de nuevo a Venecia, desde donde vuelo mañana a Barcelona. Vamos a dormir en Como, que está lejísimos y no sé cómo puedo llegar. Mi padre quiere que me vuelva con él en coche, pero yo no me animo a semajante paliza. Ya llevo tres semanas fuera y estoy un poco cansado.

Llegamos a Como, la ciudad que duerme junto al lago del mismo nombre. Nos encontramos en las estribaciones de los Alpes y las verdes montañas caen hasta el lago. En las laderas hay numerosas villas y chalets un poco antiguos que le dan al lugar un toque decadente. Este es el lugar tradicional de descanso veraniego de las fortunas de la cercana Milan y en esta época todavía se encuentra despoblada. En el hotel encuentro por fin una conexión a Internet. Publico aliviado mis notas y encuentro la forma de llegar mañana a Venecia, aunque es una paliza. Tengo que tomar un tren a Milan a las cinco de la mañana y cambiar en Milan a las siete. En teoría así llegaré a tomar mi vuelo que sale de Venecia a las doce y así comer en Barcelona. Mi padre me dice que estoy loco.



Cenamos en un restaurante que conoce mi padre en la Piazza de Volta, y como casi siempre que él interviene resulta un festín. El vino, un Müller-Thurgau de la región del Alto Adige, buenísimo. Espero encontrarlo mañana en el aeropuerto para hacerme con un par de botellas para la fiesta. Escribo estas notas desde el hotel y me voy a dormir, que me espera un buen viaje mañana.

1 Comments:

At 11:47 PM, amaya said...

espero probar alguno de esos vinos....me has hecho recordar Venecia....ahhh...fue de los mejores lugares que recorrimos....a pesar de ser turística,te transporta.Ganas de volver.Besos,y buen regreso

 

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