jueves 31 de marzo de 2005

Día 19. Como - Lago de Orta - Barcelona

Imposible levantarme a las cuatro de la mañana, el risotto y el Müller-Thurgau me han pasado factura esta noche y no he pegado ojo. Además mi padre quiere que le acompañe en el viaje, así que decido volver con él en coche. Acordamos turnarnos conduciendo e intentar llegar hoy hasta Barcelona.

Hoy nos hemos levantado pronto para estar a las nueve de la mañana en San Maurizio de Opaglio, junto al lago de Orta. Esta es una de las poblaciones de Italia en la que se acumula gran parte de la industria de la grifería. Es sorprendente, en un solo pueblo hay más de cincuenta empresas dedicadas a fabricar grifos que luego se exportan a medio mundo. La otra ciudad grifera de Italia es Brescia. San Maurizio es un pueblito agradable en las estribaciones de los alpes. La zona del Lago de Orta es preciosa y atrae a numerosos turistas durantre los meses cálidos. Es gente que busca paisajes y tranquilidad. Para discotecas, nos dicen, es mejor irse a Rimini.

Visitando la primera de estas fábricas me impresiona la pulcritud y orden de las instalaciones. Hay robots que se encargan de mecanizar automáticamente muchas piezas y unos quince trabajadores. Los dueños, un matrimonio joven, son muy amables y eficaces. Él se encarga de la producción y ella del trabajo comercial. Más tarde visitamos una segunda fábrica, bastante mayor. Durante las visitas dejo hablar a mi padre y observo la forma de relacionarse de los italianos en los negocios, por lo menos en estos dos casos resulta ser gente cálida y agradable.

Terminado el trabajo nos lanzamos a la carretera y comenzamos el viaje de vuelta a casa. Comemos en un Autogrill y aprovecho para comprar más vino y orejones de tomate en aceite. En hora y media rebasamos Génova y una hora más tarde cruzamos la frontera en Ventimiglia. En el coche ponemos discos de Beethoven, Mozart, Bruckner, Martinu y Purcell, a ratos dejamos la música para decansar los oídos. Pasamos Mónaco, Niza, Marsella y Aix en Provence. La única vez que nos detenemos en Francia es para echar gasolina. Mi padre y yo comentamos los frios que son los franceses y lo triste que nos parece su vida social. Así como Italia es un país que nos gusta visitar, en Francia en general no se nos ha perdido nada.

Yo conduzco. Pasamos Montpellier, Persignan y llegamos a la frontera con España. Nos da la bienvenida un policía nacional enmascarado con un fusco al hombro, están haciendo controles selectivos y han detenido a un coche que iba enfrente nuestro. A nosotros nos deja pasar con un gesto. La verdad es que el agente hispano impone bastante más que los que sirios del Valle de la Bekaa.

En una hora más llegamos a Barcelona. En total hemos hecho el trayecto en ocho horas y estamos hartos de automóvil. Mi padre se queda a dormir en un Novotel en Sant Cugat. Nos despedimos y tomo un taxi hasta Barcelona. Me alojo en casa de Ainhoa, una vieja amiga que hace muchísimo tiempo que no veo. Aterrizo en su casa, dejo las cosas y nos vamos a cenar. Tenía muchas ganas de verla. Nos pimplamos una botella de cava mientras repasamos los cuatro últimos años de nuestras vidas, y después, ya en su casa, entretenemos una de las botellas de limoncello que he traído, y que está riquísimo. Conozco a Vito, el novio de Sofía, muy majo, tranquilo como ella. Charlamos. Nos acostamos a las dos de la mañana con una chufa considerable, yo no tengo que madrugar, Ainhoa sí, pero es una chica resistente.