martes 15 de marzo de 2005

Día 4. Ibn Tulun y la Ciudad de los Muertos

Esta mañana primero he dado un paseo por la Corniche al Nil y he hecho algunas fotos de las barcas que dan paseos por el río. Algunos activos vendedores me han abordado sin éxito para ofrecerme un viaje. Por lo que he visto, los turistas extranjeros no se apuntan a subirse a estas barcas destartaladas en las que suena música egipcia a todo trapo. Sólo alguna pareja de nativos se apunta al romántico viaje.



Luego, he atravesado el campus de la Universidad Americana, que es la organización de enseñanza más prestigiosa de El Cairo, y he pasado junto al edificio del Parlamento, una fortaleza amurallada rodeada de un ejército de policías uniformados y sin uniformar. Desde una fachada, el presidente Mubarak saluda a su pueblo.





He caminado a través de barrios más sencillos que los días anteriores y por el camino he hecho muchas fotografías. Al cabo de un rato, he pasado junto a la mezquita del Sultán Hassan, que es comparable en tamaño a las catedrales europeas, sin embargo fue construída en tan sólo cuatro años. En esa época hubo una peste que se cobró muchas vidas, y el sultán requisó el patrimonio de los fallecidos para financiar la obra. Muy interesante, sí. Pero paso de largo porque esta mañana tengo un objetivo diferente.





Busco la mezquita de Ibn Tulum. Hace tiempo que vi una fotografía de la misma y me cautivó. Tras una hora de caminata encuentro la mezquita. Pocos turistas se aventuran hasta aquí porque no hay mucho más que ver en los alrededores, sin embargo el edificio merece la pena desde todo punto de vista.

La mezquita, según leo en la guía, ejem, es del siglo IX y es de estilo Iraquí, y sólo tiene parangón con las que existen en la ciudad de Samarra, en Irak. Tiene un muro doble con un patio cuadrado y vacío que la rodea. Ya el patio me parece que tiene una belleza especial.



Pasado el patio, voy a proceder a descalzarme, sin embargo, un hombre me dice que no lo haga y me alcanza unas babuchas para envolver mis zapatos. Le hago caso y me ato las babuchas, que son lo que me faltaba en cuestión de elegancia. En el enorme y despejado patio no hay nadie, sólo unos ancianos echando una siesta en una alfombra bajo una de las arcadas. En el centro, una especie de templete alberga una fuente para las abluciones de los fieles.



El espacio es sencillo al tiempo que imponente. Si otras mezquitas son de estilo recargado, el de esta es sencillísimo y muy bien proporcionado. La sensación de paz es total, y aunque se escucha a lo lejos el murmullo del tráfico de la ciudad, la armonía visual es tal que impone un sentimiento de serenidad. Me siento en una alfombra como los ancianos y paso unos largos minutos disfrutando del lugar. Si esta es la forma Iraquí de hacer mezquitas, la verdad es que ardo en deseos de visitar más.



En la zona cubierta reservada a la oración no hay nadie. Me fijo en el curioso púlpito de madera apoyado sobre columnas desde el que el imam se dirige a los fieles, y en la quibla, que es la pieza más recargada del conjunto. Al salir, el hombre que se ocupa de las babuchas está comiendo pan y me tiende unos trozos que acepto. Es un pan con forma de torta y completamente hueco como el pan indio, pero al contrario que este, duro y crujiente. Le doy las gracias, le digo mi nombre y le pregunto el suyo: Muhammad. Claro, no podía ser otro.



Dejo la mezquita para dirigirme a otro lugar que he oído alabar en un reciente artículo de prensa: la Ciudad de los Muertos. Un enorme y antiquísimo cementerio que desde tiempos remotos es habitado no sólo por los difuntos, sino también por miles de las personas más humildes de la ciudad. Es la hora de salir de la escuela y los niños se desparraman por las calles.





Llego a la Ciudad de los Muertos atravesando barrios ya muy pobres. Entre las tumbas y mausoleos, o más bien sobre ellos, se levantan precarias y humildes viviendas. El lugar no promete. Un poco tarde descubro que hay dos cementerios, el del norte y el del sur, me hallo en el del sur y resulta que el pintoresco es el del norte. Ya puede serlo, porque esto de pintoresco no tiene mucho.



Para llegar al del norte tengo que caminar unos dos kilómetros por una carretera congestionada y polvorienta y pasar junto a la ciudadela, un conjunto de edificaciones que no me resulta de demasiado interés.

Cof! Cof! Para cuando llego al cementerio del norte, estoy tan empolvado que parezco uno de los habitantes de la zona. Bueno, el dichoso cementerio del norte tiene un aire un poco más rural que el anterior, pero de pintoresco tiene poco también, o el maldito paseo me ha predispuesto en contra. No creo. Es una zona muy pobre, en la que reinan los perros, que flacos y tullidos rondan en grupos. Algunos me ladran al paso.



Hay mucha suciedad por todas partes y huele fatal. Sobre la basura picotean algunas gallinas. Cuando pille al periodista que me vendió este sitio en su artículo, le retuerzo el pescuezo.



Al poco, llego a una pequeña plaza en la que hay una mezquita, y dado que no hay nada más que ver, decido entrar. Se llama mezquita del Sultán Quatbey, y es pequeña y bonita. El hombre que cuida de la mezquita me invita a pasar. En su interior, un viejo imam instruye a un aprendiz, que recita el corán de memoria, y le corrige frecuentemente. En una estancia se halla la tumba del sultán y una piedra con una huella de un pié que el hombre (¿a que no sabéis cómo se llama?) me dice que es el pié del profeta Mahoma (Muhammad). A esta gente le va cantidad eso del relicario.



Muhammad me invita a subir al minarete, cosa que acepto entusiasmado. Él se queda abajo mientras yo subo por la larga y ocura escalera de caracol. Hay momentos en los que la oscuridad es total. Llego arriba y la vista sería magnífica de no ser porque la zona es la que es, pero bueno, así puedo verla con perspectiva. A lo lejos se levantan los edificios del centro. Intento ver si se ven las pirámides a lo lejos, las busco mirando hacia el suroeste, pero el cielo de El Cairo es polvoriento y contaminado y apenas se ve más allá de unos pocos kilómetros.



Una vez abajo decido no explorar más el barrio y resuelvo volver pasando por la zona de Al-Khalili, que me pilla de paso. Antes de salir del cementerio me llaman la atención unos niños que juegan desde un balcón y les hago una foto. Pongo pies en polvorosa, y nunca mejor dicho, y me largo. Mis piernas me fallan de llevar caminando todo el día, y me queda un largo trecho.



Me sumerjo de nuevo en el bullicio del centro y me siento a descansar junto a la mezquita de Al-Azhar. Más allá, me detengo en una tienda en la que hacen los perfumes al momento mezclando esencias, y que me da buena espina porque está frecuentada por egipcios. Me intereso por un poco de esencia de flores para mi madre, pero no me convence porque echan mano de unas botellas bonitas que no utilizan para el resto de los clientes. Creo que me quieren timar. Al poco, me llama la atención un vendedor de esponjas naturales y le hago una foto.



Tomo un taxi porque mis piernas no aguantan más. El conductor conduce como un verdadero energúmeno. En un momento dado, se equivoca de camino en una vía de cuatro carriles con mucho tráfico, y al tío no se le ocurre otra cosa que salir marcha atrás, haciendo caso omiso de mis protestas y las de los demás conductores. Como estamos en Cairo, milagrosamente nadie se estrella contra nosotros.

Elegir es renunciar. Ya sólo me queda el día de mañana en Egipto, y me dejo llevar por la corriente. Una vez en el hotel, reservo una plaza en una excursión a las pirámides. Eso hace que pierda la ocasión de visitar el Cairo Copto. Una agrupación de iglesias coptas que tenía muchas ganas de ver. Pero no puede ser todo a la vez. Las pirámides son la única de las antiguas siete maravillas de mundo que todavía existe, y oye, igual merece la pena. Además, así igual puedo relacionarme en la excursión con alguien que no se llame Muhammad.