jueves 17 de marzo de 2005

Día 5. Lost in Translation

Esta mañana he querido arañar unos minutos al sueño, se me han pegado las sábanas, y al final he tenido que arreglarme precipitadamente para subirme por los pelos a mi minibús de excursionista.

Al subir al vehículo, una sorpresa, sólo somos dos en la expedición. Me acompaña una mujer canadiense bastante mayor que yo, de nombre Dianne. Nuestra guía es una chica cairota de unos veinticinco años, que lleva el pelo descubierto y habla un inglés perfecto. Nos explica el plan para el día: primero visitaremos la ciudad de Menfis, primera capital del antiguo Egipto, después la pirámide de Saqquara y finalmente las pirámides y la esfinge de Gizeh.

Salimos del Cairo en dirección sur. Atravesamos barrios de casas miserables, de varias alturas. Son edificios muy básicos con la estructura de hormigón a la vista y ladrillo sin pintar ni recubrir en el exterior, que lo mismo podrían estar aquí que en Albania o en Haití. La guía nos comenta que sus habitantes los dejan inacabados con la finalidad de no pagar impuestos, porque sólo pagan los edificios terminados. La mayoría pertenecen a una sola familia. Cuando la familia crece, construyen un nuevo piso encima. Algunos tienen seis y hasta siete alturas, y muchos de ellos están coronados por grandes antenas parabólicas.

Al dejar atrás el cairo entramos en las tierras agrícolas del fértil valle del Nilo. Es un auténtico vergel en el que abundan las palmeras, que se cultivan para obtener dátiles, y también trigo y todo tipo de hortalizas. La carretera discurre a ambos lados de un canal. Toda la riqueza de la zona está basada en la irrigación de estas tierras a través de una gran red de canales. Según la guía, la gente en estas tierras lleva una vida sencilla y feliz, y apenas conoce las modernidades de la capital. La sociedad rural se divide en dos clases, los que poseen la tierra que tienen mucho dinero, y los que la trabajan, que casi no tienen nada y viven en pequeñas edificaciones junto a las fincas que trabajan.

El desierto está muy cerca, a un par de kilómetros, y contrasta con el verde valle que lo bordea sin transición alguna. Cada poco se ven pirámides pequeñitas diseminadas en el desierto. Llegamos a la histórica ciudad de Menfis, que en la actualidad no es más que un pueblo arbolado de tamaño mediano. Hay carros tirados por mulas y bueyes que avanzan por calles sin asfaltar, y coches que esquivan ágiles los carros, haciendo correr a las gallinas. En la entrada del pueblo, un hombre conduce un rebaño de ovejas ayudado por unos niños que azuzan al ganado con largos palos. En una huerta, una mujer y dos niñas siegan con unas pequeñas hoces.

Nos detenemos junto a otros autobuses. Descendemos y entramos en un recinto vallado con nuestra guía. En el recinto hay un solo edificio. Éste alberga una única y enorme estatua, tendida en el suelo, del faraón Ramsés II que tuvo su corte en Menfis. Según la guía, Ramsés II reinó durante muchos años y fue muy querido por su pueblo. En su reinado tuvo tiempo de encargar miles de estatuas con su efigie y de tener más de ciento cincuenta hijos con sus numerosas esposas. Además de la estatua, vemos algunos objetos dispersos por el recinto: una esfinge, una vasija para hacer vino, la base de una columna y un sarcófago de granito. Eso es todo en Menfis, que no es mucho.

Para ese momento Dianne y yo hemos hecho buenas migas. Es una mujer muy simpática y muy vital para su edad. Es psicóloga y trabaja como orientadora en un instituto de enseñanza en Ottawa. Charlamos. Volvemos por el mismo canal y el bus nos deposita en una escuela de tapices en las que niños se encargan de elaborar alfombras y kilims. En realidad es una trampa para turistas. Hacen imposible negarse a su hospitalidad y te muestran el proceso de hacer a mano las alfombras, antes de conducirte a una exposición donde intentan venderte una, esta sí, hecha a máquina.

De allí el autobús nos lleva a Saqquara, donde está enterrado el faraón Zoser bajo la primera de las pirámides que se construyó en Egipto. La construcción está algo deteriorada, pero resulta muy interesante y proporcionada. Su arquitecto, un tal Imhotep, fue elevado más tarde a la categoría de un dios, inspirando así a Norman Foster y a Rafael Moneo a seguir sus pasos. Tras ésta primera pirámide, hacer pirámides se puso de moda, y durante siglos cada faraón se hizo construir una, a cual mayor. Más de cien pirámides fueron construidas en el lado occidental del valle del Nilo hasta que fueron vistas como algo demodé y los faraones volvieron a formas (relativamente) más minimalistas de enterramiento.



La vista me resulta muy interesante y montamos de nuevo en el autobús. Durante el viaje, me cuenta Dianne que ha estado trabajando durante un mes en un proyecto educativo en Amman, Jordania. Al volver a Canadá hacía escala durante un día en El Cairo y ha decidido hacer esta excursión para aprovechar el día.

El conductor para el autobús junto a un local con el nombre de 'Museo del papiro' y advertimos que vamos a ser asaltados de nuevo. Sin embargo esta visita es interesante, dado que nos enseñan el proceso con el que se fabrica el papiro a partir de la planta del mismo nombre. En este local se venden papiros con motivos egipcios para los turistas occidentales, con textos del corán para los turistas musulmanes, con la mezquita de al-aqsa para los palestinos y hasta con un calendario maya para los mexicanos. Aquí se nos une Gordon, un inglés voluminoso con cara de niño que vive en Manchester y trabaja en British Airways.

Por fin llegamos a las pirámides propiamente dichas, las de Gizeh, que todo el mundo conoce de la tele. Para vuestra información: son grandes, y los que las construyeron están todos muertos. El autobús aparca tan cerca de la pirámide de Keops que al intentar fotografiarla no me caben ni dos esquinas y sólo me salen piedras en la foto. Bromeo con Dianne y le digo que o nos alejamos un kilómetro o nadie podrá distinguir si he visitado las pirámides o la gran muralla china. Dianne se aventura a entrar en la pirámide de Kefrén, yo paso. Me gustan los espacios abiertos y meterme en agujeros estrechos no me atrae nada, nada. Además no espero gran cosa de la incursión. He dicho que paso, ¿OK?



El autobús nos deja y nos toma un par de veces para que podamos fotografiar las pirámides desde varios emplazamientos. Son grandes, sí, y muy viejas. La policía se mueve alrededor en camellos, y un enjambre de tipos en chilaba te vende hasta a su madre si te descuidas. Pienso que para ser esta la atracción turística más vieja del mundo, esto está muy poco organizado. Los funcionarios del ministerio se albergan en casetas cutres, y los policías se protegen del sol bajo unas tablas. Luego nos llevan a ver la esfinge de Gizéh que tiene algo más de gracia. Me gusta sobre todo el templo en el que embalsamaron al tal Kefrén, desde el que sale una rampa de piedra que conduce diréctamente a su pirámide. Parece que a las momias no les gusta doblar esquinas.

Cuando creemos que ya nos llevan al hotel, pues no. Nos tienen reservada una nueva emboscada, y nos depositan en una tienda de esencias de perfume. El vendedor me ofrece a probar numerosas esencias y me las va poniendo primero en las manos, luego en las muñecas y después por los brazos. No compro nada, pero acabo más perfumado que la Lola de España. Dianne compra un pequeño bote de 'Secreto del Desierto', una mezcla de esencias supuestamente afrodisíacas que, según el tendero, aplicado en los lugares apropiados de la hembra, es capaz de convertir a cualquier hombre en un caballo del desierto desbocado.

Ahora sí me muero de ganas de llegar al hotel para frotarme con un estropajo y quitarme el tafo a rosas, lavanda, gardenias, lilas, musk, secreto del desierto, nefertiti, y otros aromas con nombres de faraón que me tienen impregnado. ¡Socorro! Por el camino sigo la charla con Dianne, que ahora huele como sólo olían las viejas de mi niñez.

Una vez en el hotel, quedamos para dar una vuelta por el Viejo Cairo y la zona de iglesias coptas, son sólo las cuatro y media y todavía se puede aprovechar el día. Nos vemos a las cinco en el hall del hotel y pedimos un taxi, pero nos dicen que la zona copta ya está cerrada. Como estamos decididos a dar una vuelta, pedimos que nos lleve al centro. Le pregunto a Dianne si le molestan las muchedumbres. No, en absoluto. Bien, porque no sé si has visto alguna vez algo así. Es cierto, nunca había visto algo así.

El taxi nos deja en los límites de la ciudad vieja, el Cairo Islámico, e inmediatamente nos sumergimos en el zoco de callejuelas. Dianne está entusiasmada y se deja llevar por los angostos pasajes que discurren entre las tiendas del zoco. En Amman, y mucho menos en Ottawa, no hay nada igual. Las tiendas se suceden y las mercancías se acumulan. Hay oscuros cafés en los que los hombres fuman en pipas de agua, talleres de joyas, panaderías, tiendas de lámparas, mezquitas diminutas... Nos apartamos para dejar paso a vespas o camionetas que increíblemente se hacen camino entre la gente, doblamos esquinas. El zoco nos envuelve, pasamos así mucho rato y se hace de noche.

Todo lo que empieza, se acaba. Salimos del zoco y le cuento a Dianne que hace unos días entré en la mezquita de Al-Azhar. Seguramente ya estará cerrada, pero podemos mirar. Está abierta. ¿Entramos? Dianne duda un momento, pero se decide. Es la hora de la oración y las mujeres no pueden entrar en la sala principal, tienen reservado un espacio aparte. Nos quedamos dando una vuelta por el patio, que con la iluminación nocturna y el brillo del mármol se ve precioso.

Se nos acerca el cuidador de la mezquita y nos ofrece enseñárnosla, aceptamos. Nos enseña las salas de enseñanza y la tumba de un sultán mameluco allí enterrado. Cuando termina la oración, entramos en la sala principal aunque aún hay muchos hombres rezando sobre las alfombras. El cuidador, que se llama Abdul, nos va enseñando las diferentes partes de la sala y nos indica su antigüedad, la mayor es la más antigua, tiene mil años. El viernes, nos dice, aquí habrá dos mil personas rezando.

Al salir Dianne no cabe en sí de gozo: ¡Nunca pensé que iba a entrar en una mezquita! ¡menuda experiencia! Me río. Pues ya ves que no es tan complicado. Atravesamos las calles y los atascos y cruzamos las calles a la egipcia esquivando los vehículos en marcha. Dianne pronto le coge el truco. En un momento dado, un autobús se abalanza sobre nosotros haciendo sonar el claxon amenazadoramente y tenemos que dar trompicones hacia atrás con un montón de gente para esquivarlo. Un hombre empuja a otro a nuestro lado, le salva por un pelo de ser golpeado en la cabeza por el retrovisor del autobús. Jadeantes, tomamos un taxi de vuelta.

Dianne tiene que hacer el equipaje porque su avión sale esta misma noche. Nos intercambiamos las direcciones y nos despedimos. Yo me vengo a la habitación a escribir mis notas y pido que me traigan algo de comer. Estoy agotado. Descargo las fotos del día y veo que son pocas y mediocres. Cuando el fotógrafo se convierte en turista, las fotos se quedan a la altura.

Mi avión a Beirut despega mañana temprano y tengo que estar a las ocho en el aeropuerto. Mejor que me ponga yo también a hacer la maleta.

1 Comments:

At 12:28 PM, Beleni said...

Hola chato, sigo tus pasos. Ya veo que lo pasas bien. Un beso grande

 

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