Día 6. El Cairo - Beirut
Sólo he dormido dos horas y me he levantado a las seis de la mañana. A esa hora ya es de día en El Cairo, y la ciudad está cubierta por una densa capa de smog que se despeja poco a poco. Tomo un taxi al aeropuerto. No tardamos mucho porque, al contrario de lo que pensaba, el tráfico de la ciudad no ha llegado aún a su hora punta.


Llegamos al aeropuerto con mucha antelación y me toca esperar. Un autobús me lleva al avión, un 737 que tendrá ya sus buenos quince añitos. El avión va casi vació lo que hace que despegue y suba como un cohete.

En unos minutos hemos dejado atrás la ciudad y sus suburbios, sobrevolamos la zona agrícola del delta del Nilo. La mayor parte de la población del país vive en el delta, en infinidad de poblaciones de tamaño mediano que, cada tres o cuatro kilómetros, motean de marrón el fondo verde de las tierras cultivadas. Dejamos atrás la costa y sobrevolamos el mediterráneo.

A los 45 minutos de vuelo el avión hace un giro de 90 grados y se dirige hacia el este, iniciando el descenso al poco tiempo. Imagino que seguimos una ruta en forma de L para evitar el espacio aéreo israelí. Sin novedad, aterrizamos en el aeropuerto de Beirut que se encuentra junto al mar. Para mi tiene una importancia especial el llegar a esta ciudad que he desado visitar desde hace muchos años.
En el control de pasaportes, me hacen el visado en un minuto y sin problemas de ningún tipo. El aeropuerto llama la atención por su pulcritud. Antes de tomar un taxi, paso por la agencia de turismo para hacer unas preguntas y averiguar el tipo de cambio de la moneda con el euro. En Líbano se utilizan indistintamente el dólar estadounidense y la libra libanesa. Un euro equivale a 2.000 libras.
En la oficina me dan varios folletos sobre las distintas zonas del país y uno específico sobre vida nocturna, restaurantes y night-clubs. Observo que la publicación de las guías está financiada por USAID, el departamento de ayuda exterior del Gobierno de Estados Unidos. Muchos de los trabajos de restauración en marcha en el centro del Cairo están también financiados por USAID. Al parecer, están interesados en estabilizar económicamente la zona, contribuyendo a su desarrollo turístico.
En la autopista al centro me llama la atención que por todas partes hay retratos del recientemente asesinado ex primer ministro, Rafik Hariri: Vallas publicitarias, carteles, incluso en las ventanillas de los coches. En en centro de la ciudad, casi todos los comercios e instituciones tienen un poster con su fotografía colgado en el exterior.

Tengo algún problema con la reserva del hotel, que no han recibido. Tengo que llamar a España y tardo un buen rato en arreglar el entuerto y establecerme. La habitación es pequeña, pero tiene conexión a Internet. Me establezco y bajo a comer, después me echo una larga siesta para descansar de tanto trajín y del madrugón.
Me despierto a tiempo de dar un paseo por la Corniche (paseo marítimo) y de ver el sol ponerse sobre el mar. No hay nubes, pero el día es fresco. La ciudad tiene un aire muy mediterráneo, con viejas casas con patios, contraventanas y terrazas con arcadas. Junto a estas villas, hay hoteles y edificios de partamentos no demasiado agraciados. Me recuerda a Mallorca y a Valencia, aunque con un aire más descuidado. La atmósfera es tranquila.


Las casas más pobres muestran todavía impactos de artillería y metralla de la guerra civil. Los edificios de las clases más pudientes están completamente rehabilitados y no muestran heridas de guerra. Algún alto edificio todavía sigue en ruinas como testigo de la violencia que asoló la ciudad hasta hace sólo una docena de años.
Sin embargo, hay muchas grúas y los trabajos de embellecimiento y rehabilitación se realizan a buen ritmo. He leído que está llegando mucho dinero saudí y de los emiratos del golfo que se está invirtiendo en promociones inmobiliarias y en compra de edificios. Como resultado, los precios de las viviendas están subiendo, aquí también, muy rápidamente.


Me cruzo con numerosos jóvenes de aspecto totalmente occidental. Muchos de ellos haciendo jogging por la Corniche en chándal, otros en patines. La mayoría de las mujeres van descubiertas. Dos mujeres chiíes van vestidas de negro con un chador. Un vendedor de helados, que empuja un carrito, tiene un aspecto más humilde y menos occidentalizado, me fijo en que de su cuello cuelga un pequeño retrato del líder de Hezbolah.
En mi paseo, llego hasta el lugar en el que fue asesinado Hariri con una potentísima bomba. Cincuenta personas perecieron en la explosión. La policía y el ejército libanés acordonan el lugar que está siendo todavía objeto de investigación. Los edificios adyacentes, incluyendo dos hoteles de cinco estrellas, están reventados, y hay un cráter en el suelo de varios metros de profundidad.

Algunas familias congregadas en el lugar contemplan la escena con expresión grave. A primera vista, se percibe como si el país entero se encuentre unido en un sentimiento de orfandad. Hay por toda la ciudad carteles negros que rezan: The truth (la verdad) reclamando la investigación de los sucedido.
Camino de vuelta hacia el hotel por calles empinadas que se adentran en la ciudad desde la Corniche. Beirut, como todo el país, tiene un marcado relieve, con numerosas colinas y pendientes. Esto pone a prueba mis piernas que llevan ya varios días trabajando con intensidad. Me fijo en que las diferentes vallas publicitarias que voy viendo están indistintamente en francés, inglés o árabe. La mayoría de la clase media habla los tres idiomas.
He cenado en un restaurante japonés atendido por personal nipón. En la gran mesa cuadrada que compartimos los comensales, hay una pareja de libaneses afrancesados -él fumando un gran puro- , dos musulmantes vestidos de blanco y con barba piadosa y un tipo de Logroño. Nos sirven unas chicas en kimono. Como música de fondo hay ambient electrónico de buen gusto. El sushi estaba buenísimo.
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