Día 9. La costa norte del Líbano
Esta mañana he alquilado un coche para comenzar mi exploración de otras ciudades del país. La encargada de traérmelo, una chica muy obesa de nombre Dolly, se ha quedado dormida y ha llegado una hora tarde.
Mientras esperaba, he tenido una conversación con Diab, uno de los mozos del hotel. Diab es un chico muy amable con una sonrisa permanente, y a mi entender es homosexual. Esta mañana, al verme en recepción, me pregunta: ¿Deja el hotel? Sí, le respondo. ¿Por qué? Me dice con un tono de pena pícara. Le respondo que porque quiero ver otras partes del país y que seguramente haré noche en Trípoli. ¿En Trípoli? Eso no es una buena idea, allí no hay nada que hacer. Me explica que es un sitio muy tradicional y que allí no hay vida nocturna. Le respondo que algo habrá, y que en cualquier caso, no me importa mucho. No quiero salir todos los días. Bueno, te doy mi teléfono por si necesitas cualquier cosa. Los libaneses somos gente con la que se puede contar, me dice. Pienso para mí que esta es una invitación que no voy a aceptar. Se lo agradezco y me voy.
Me preocupa cómo será conducir en Líbano. Mi experiencia como peatón me dice que no será demasiado malo, sin embargo el otro día en la cena, uno de los compañeros se sorprendió de que me atreviera a tomar un coche. Le respondí que después de conducir en Nápoles y Sicilia me encontraba preparado. Y la verdad es que se agradece tener escuela. Encontrarse de frente por tu carril a un coche adelantando es algo normal, sólo hay que apartarse. Donde caben dos, caben tres. Si en lugar de eso, lo intentas solucionar a la riojana, agarrando fuerte el volante, pitando y diciendo soy yo el que va por su carril, estás muerto.

Tomo el coche, un Seat Córdoba, y salgo a la primera de la ciudad. Llaman mi atención las innumerables vallas publicitarias que hay por todas partes. Sigo la autopista para salir de la ciudad, luego prefiero ir por la carretera de la costa que está más despejada de tráfico y atraviesa muchas poblaciones. Los primeros kilómetros el paisaje es escarpado y está muy urbanizado. Las montañas, con nieve en la cumbre, están muy cerca y caen hasta el mar. Multitud de bloques de pisos que suben por la montaña hasta el extremo que hacer preguntarme cómo se logra acceder a cada uno de ellos.

Llego a Jounieh que tiene fama de ser el lugar con más vida nocturna de todo Oriente Medio. De hecho es una especie de Benidorm cutrillo, pero con aspiraciones. Es aquí donde se halla el Casino du Liban, que atrae a las fortunas árabes que se dejan caer por Beirut y aquí viene James Bond cuando está de paso, seguro. He llegado con la intención de parar y echar un vistazo, pero el lugar, por lo menos a mediodía, no invita mucho, así que continúo.

Continuando por la carretera el paisaje se despeja y se torna más frondoso y menos urbanizado. Los bloques de pisos se sustituyen por casas bajas y entre ellas hay huertas o invernaderos. Las costa es rocosa y hay muy pocas playas de arena, la mayoría de ellas son privadas. Paso junto a un puesto de ejército junto al que hay almacenados cientos de tanques y blindados antiguos, imagino que de los tiempos de la guerra civil, que se oxidan pacientemente.

Llego a Byblos, la antigua ciudad fenicia que presta su nombre a bibliotecas y bibliografías. En la antigüedad Byblos estaba muy relacionada comercialmente con el antiguo Egipto, y desde aquí salían naves que abastecían a las ciudades del mediterráneo occidental de papiro, y que a su vez venían cargadas de objetos ornamentales y otras riquezas.


El núcleo de la ciudad es el antiguo puerto, que conserva una torre y un castillo de la época de los cruzados. Junto al castillo se encuentran las excavaciones de la antigua ciudad romana, excavadas por los franceses en los siglos XIX y XX. En las excavaciones encuentro un anfiteatro pequeño y bien conservado, ubicado frente al mar. Muy mono. La ciudad está bien preparada para el turismo. Decido comer en un restaurante frente al castillo y pido un Tabuleh (ensalada de perejil y tomate con aceite de oliva y zumo de limón) que está delicioso.


Se me ha hecho un poco tarde paseando por el lugar y pienso si no es un poco tarde para poder ver Trípoli, sólo me quedan dos horas, ya que aquí anochece a las seis. Decido ir de todas formas y tomo la autopista para ganar tiempo. Llego en media hora y aparco en el centro con facilidad. Al primer vistazo se advierte que esto no se parece mucho a Beirut.
Trípoli es la segunda ciudad del Líbano con 500.000 habitantes, y y si Beirut es la cara de la moneda, Trípoli es la cruz. Es una ciudad de mayoría musulmana, con un cierto aire otomano, y mucho más tradicional y pobre. La encuentro bastante sucia y desorganizada. Parece que el gran sueño libanés tarda en llegar a estos lugares, o bien las personas que viven aquí no se identifican mucho con el mismo. Me interno en el casco viejo a la búsqueda de los lugares notables indicados en mi guía, pero el mapa no es muy fiable y me pierdo enseguida. Entro en un zoco que a esta hora está cerrando y que está muy sucio. Mi faceta de viajero ansioso de exotismo se alegra de encontrar un descanso de las modernidades observadas en Beirut.


Me pierdo un rato por las oscuras calles del zoco a las que casi no llega el sol de la tarde. Encuentro tenderetes de verduras, fragantes puestos de especias, y también fragantes carnicerías que por poco me vuelven vegetariano. Cada poco hay talleres de oficios artesanos, zapateros o mecánicos.


Ya fuera del zoco, el ambiente es muy tranquilo, con niños trasteando por las calles y adultos sentados a la puerta de sus casas o jugando al backgammon. Acabo orientándome y encuentro la gran mezquita que de grande sólo tiene el nombre, junto a ella hay una plaza en la que se encuentran cinco pequeñas madrasas que se distinguen por usar piedra blanca y negra en sus fachadas. Entro en el patio de la mezquita, que está desierta y tomo algunas fotos. Se hace de noche y la ciudad no me tienta como lugar para pasar la noche así que resuelvo volver a Beirut y volver a alojarme en el hotel. Diab se alegrará de verme por la mañana.


Vuelvo por la autopista viendo el sol ponerse sobre el mar. Desde Jounieh hay retenciones y el atasco estimula a los libaneses a encontrar la forma de llegar antes a casa. La autopista que tiene tres carriles, se convierte en un desorganizado tumulto de automóviles que intentan avanzar a toda costa. En algún momento cuento hasta seis filas de coches, se cuelan por todas partes. Sano y salvo llego al hotel. No ha sido para tanto.

Una vez allí decido cambiar el final de mi viaje. Ya no voy a volver a Madrid a través de El Cairo. Me reservo una sorpresa, jiji.
1 Comments:
Quizá no te lo pasarías tan mal con Diab ...
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