Dia 3. Hipnotizado
Hoy he empezado recorriendo lo que llaman París en el Nilo, un barrio del Cairo diseñado por arquitectos europeos que conoció su esplendor durante la primera mitad del siglo XX. Hoy, como toda la ciudad, está vetusto, povoriento y sin lustre. Los edificios están desconchados y su protagonismo devorado por el tráfico, pero tiene su gracia. Los prósperos negocios que albergaron migraron hace tiempo a otras latitudes o languidecieron hasta morir. Lo hicieron sin retirar de las fachadas los letreros con sus nombres, que se han aviejado y cubierto del hollín de los escapes. Rezan nombres como Delta Trading International o Chemical Agricultural Co.

En un cruce, un señor me pregunta la hora en árabe. No es la primera vez. Me preguntan muchas veces por la hora o por direcciones. Parece usted árabe me dice. Le respondo que los españoles somos todos medio árabes, y que me mi abuela es de Melilla. Eso le hace muchas gracia. Aquí todo el mundo recuerda Al-Andalus. Sus abuelos son de Marruecos, así que encuentra una cierta comunión conmigo. ¿Y qué piensa usted de los egipcios? Le respondo que es un poco pronto para poder hacerme una opinión, pero que por el momento me parece un pueblo cálido. Me da su tarjeta de visita y se despide amigable.

Continuo mi recorrido hasta llegar de nuevo a Midan Ataba. Allí empiezan los zocos interminables a lo largo de calles y callejas. Ayer, que era domingo, pensé que el comercio no descansa en esta ciudad dado que las calles estaban hirvientes de gente. Hoy he cambiado de opinión. Dios mío, es cierto, ayer era festivo. ¿Cómo puede haber tanta gente aquí? sólo puedo compararlo a una muchedumbre de san Fermín, pero no, es mucho más. Hago fotos y grabo unos videos para que alguien me crea. Las calles no dan abasto entre transeúntes, vehículos, comparadores y vendedores. Me dejo arrastrar, me sumerjo en la multitud mientras el muecín llama a la oración desde las mezquitas. Es un sentimiento de hipnosis. En algunos momentos me dejo llevar, en otros me poyo contra una pared para descansar y observar el apretado fluir de la gente.


Esta vez esquivo la zona turística de Al-Khalili y me adentro en las callejas que salen desde Muski. Miles de tiendas y de puestos callejeros convierten las calles en túneles de mercaderías. La ropa a la venta sube por las fachadas hasta el primer piso formando paredes de pijamas, vaqueros o camisones que los transeúntes atraviesan en su deambular. Las mujeres con fardos en la cabeza y los muchachos llevan repletas bandejas con té o comida sobre una mano sorteando la muchedumbre. Parece que la verdadera alma de esta ciudad sea el intercambio comercial más que ninguna otra cosa.


La mayor parte de la comida que se exhibe en los locales no tiene muy buen aspecto y no me atrevo a hacer ese tipo de experimento. Decido comprar un boniato asado a uno de los varios vendedores que he visto que los proveen. Arrastran un carrito con una especie de hornillo con chimenea sobre el que los colocan hasta que se hacen. Hace un rato uno de ellos me ha pasado tan cerca que he sentido el calor en la cara y me parece bastante peligrosillo que arrastren ese carro entre gente tan apretada, pero claro, esto es El Cairo.

Llego a la zona donde se venden las esencias para perfumes, un mercader me muestra la esencia de Musk y me dice que es la que los musulmanes usan para las oraciones, es cierto, reconozco el olor de las mezquitas. Se lo acerca a la nariz y exclama: ¡Alá!

Veo una madrasa muy antigua con dos hombres sentados en la puerta. Decido ver si se puede visitar y les pregunto. Closed. Me dicen, y pregunto si hay algún momento en el que se pueda visitar. Uno se lo piensa dos veces y me dice que le siga, no habla inglés pero me invita a entrar con él. Parece que no hay nada que no se pueda conseguir sólo con pedirlo en esta ciudad. Me va mostrando cada una de las estancias del edificio, que es imponente y está desierto. Es impresionante, sobre todo el espacio de oración que es un patio semicubierto con unas inmensas arcadas de piedra roja. Sobre la quibla, un magnífico ejercicio de madera policromada. Un pozo se asoma sobre un aljibe muy profundo. En una estancia superior un balcón, creo que otomano, tiene vistas sobre los puestos del mercado. Mi desconocimiento de la arquitectura árabe es total, pero intuyo que me encuentro ante un ejemplo magnífico. El edificio es majestuoso, al parecer acaban de restaurarlo. Una propina es de rigor, y el muchacho sonríe.

Lo que no entiendo es cómo no está esto lleno de turistas fisgoneando y haciendo fotos como yo. Creo que se asustan de acercarse a los edificios religiosos islámicos, mientras que no dudarían en entrar en una iglesia. Lo que observo es que aquí la gente está encantada de que tengas curiosidad por lo suyo, y más aún si no eres musulmán.

Las calles pedregosas y polvorientas hacen mella en mis zapatos y un limpiabotas me hace un servicio. Me muestra una foto con sus cinco hijos, me pregunta por mi mujer y mis hijos. No tengo. ¿Por que? Por que Alá no ha querido, le respondo presa del síndrome de Estocolmo. Él me habla de sus viajes a Jordania, Irak y Sudán. Muy buena gente en Sudán, pero poco trabajo.

Mi cámara se ha quedado sin batería y decido volver al hotel a por otra, el día está siendo muy productivo en imágenes y no me apetece parar. Tomo un taxi, el taxista se llama, como no, Muhammad y no habla inglés. Por el camino me dá la risa sobre su forma de conducir y la de los otros conductores, no hay clemencia con el peatón. Estos días he cogido frío y tengo algo de tos, y Muhammad me dice que debería tomar una caramelo o algo de jarabe haciendo en gesto como de frotarse el pecho. Me señala un puesto donde venden caramelos y le digo que gracias, que no es necesario.

Un par de minutos más tarde, aprovechando un semáforo Muhammad se baja del coche y se va corriendo. Yo me quedo perplejo, a los dos minutos el semáforo se pone en verde y los coches detrás hacen sonar sus bocinas. Al poco tiempo llega Muhammad jadeante, me tiende un puñado de caramelos Halls para la tos y arranca. Se lo agradezco efusivo. Eso es atención al cliente. Estoy asombrado, y me acuerdo de los avinagrados taxistas de Madrid, que jamás me han dado más que los buenos días y eso si acaso.

Muhammad me deja en hotel y le digo que vuelva en quince minutos mientras repongo mi cámara. La verdad es que después de esperarle durante veinte minutos no apareció y ya hacía frio así que me quedo en el hotel a ducharme y cenar. Mi intención es salir por la noche después de cenar y escribir estas líneas.
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