Ummm... solo hemos dormido unas tres horas y nos levantamos muy pronto para hacer las maletas y dejar el hotel. Hemos reservado un coche con conductor para llevarnos a Agra, a unos 200km de Delhi, donde se encuentra el Taj Mahal, visita obligada de cualquier turista. A Cristina le hace mas ilusión que a mi. Yo preferiría salir zumbando hacia el norte cuanto antes para escapar del calor agobiante de las tierras bajas.
Nada mas salir pasamos junto al moderno templo de la fe Baha’hi, religión que me suena vagamente. Esta inspirado en la opera de Sydney y tiene la forma de una flor de loto abriéndose. Al parecer, atrae a millones de peregrinos de todo el mundo.
Avanzamos muy despacio por la autovía al abandonar Delhi. Los suburbios y el atasco se prolongan durante unos 30 kilometros. Junto al asfalto proliferan pequeños establecimientos que venden de todo, o hacen reparaciones. Mucha gente va en bicicleta o camina por el arcén a esta hora de la mañana. Las calles que desembocan en la autovía son inmundas, llenas de basura y grandes charcos.

Tardamos en abandonar las zonas comerciales/industriales y salimos a zonas agrarias. El relieve es absolutamente plano y los campos están salpicados de numerosos árboles. El color verde domina la vista. Cultivos de arroz se alternan con canales, plantaciones de caña y pequeños pueblos, cada uno con su montón de basura y su charca. En la distancia se observan las chimeneas de los hornos de carbón en los que se cuece el ladrillo, que luego se transporta en tractores, burros o camellos.
La vía del tren transcurre paralela a la carretera y soporta numeroso trafico. El conductor para en un motel con la esperanza de que gastemos algo y llevarse una comisión. Preferimos quedarnos fuera para hacer unas fotos y damos unas rupias a unos niños, que corren a llevar el premio a sus mayores, agricultores. Convenimos en que la gente del campo se ve mucho mas saludable que la de la ciudad.


Otra vez en marcha, nuestra velocidad rara vez supera los 60 km hora. La autopista esta llena de vacas, borricos, camellos, carros, motocarros, autobuses y camiones marca TATA. La gente cruza por todas partes y los vehículos se incorporan sin mirar. De cuando en cuando, encontramos una moto o un camión que viene en dirección contraria. Gracias a la baja velocidad y al uso masivo de la bocina, todos los agentes implicados se sortean unos a otros de forma orgánica.
Llegamos a Agra, el conductor nos deja en un parking barriobajero, donde tengo que visitar el excusado. Puaj! Puaj! No he toreado en peores plazas, pero salgo airoso. Los coches no están autorizados a pasar de este punto, y hay que optar por un carro o un rickshaw a pedales, optamos por este ultimo y nos conduce y pedalea un hombre muy flaco y pobre. Muy majo también. Nos deja en la puerta de entrada al complejo del Taj y se queda esperándonos.
Sacamos la entrada al precio para extranjeros de 750 rupias (unos 13 euros) por barba, 20 veces lo que pagan los ciudadanos indios. Aquí extranjero es sinónimo de persona con recursos a quien explotar. Mal enfoque, si quieren que vengan más.
Se nos adjunta un guía que nos lo va a explicar todo. En la entrada hay unos jardines rodeados de las estancias porticadas en las que pernoctaban los viajeros de la época originaria del Taj. Después una puerta monumental coronada por 22 cúpulas, en referencia a los 22 años que tardo en construirse. Tras ella se abren los jardines que conducen al Taj, nos hacemos las típicas fotos. No hay mucha gente debido al calor, la mayoría son familias indias.

Nos acercamos. La belleza del Taj es abrumadora cuando se contempla en vivo. Monumental y delicado a la vez, de una blancura prístina, perfecto. Las inscripciones y motivos florales que cubren la superficie de mármol no son pinturas, sino incrustaciones de ónice, lapislázuli y jade. Las elaboradas rejas del interior están talladas de una pieza en enormes losas de mármol. Se comprende que considere una de las 7 maravillas del mundo y hace que esta visita se convierta en unos de los mejores momentos del viaje. Cristina y yo nos sentamos en un banco a la sombra frente al Taj hacemos fotos y disfrutamos de la vista.
Dejamos el Taj a traves de los suburbios de Agra.

Después del Taj visitamos la fortaleza de Agra, a unos 10 km, no esperamos mucho después del precedente, sin embargo esta masiva fortaleza que fue capital del imperio mongol en la India también merece la pena. Pasamos un par de horas deambulando por las estancias de la corte y vemos a los operarios en sus labores de restauración.

Disfruto tanto del día, que soporto el calor sin rechistar, pero Lorenzo se despacha a gusto y al final se me impone. Volvamos!
Volvemos a Delhi, lo que nos toma cuatro horas de viaje por la ajetreada autovía.

Nos registramos a la pensión en la que nos albergamos por esta noche. Muy cuca, atendida por una damita hindú que nos prepara una cena vegetariana. Un templito hindú en la puerta vigila nuestro sueño.
